
Tomasa bailaba en una esquina del bar en el que creció.
El tiempo había borrado casi toda su historia de vida, serena y acongojada se dejaba llevar por el vaivén tembloroso de aquel hombre con quien bailaba desde que se había olvidado de sentir.
Ya no despertaba en los hombres ningún deseo, ni siquiera ella recordaba lo que significaba desear, desde la última vez que cumplió 35 años y la muerte le escupió a la cara una factura ensangrentada de reclamos.
Tenía entre sus recuerdos todos los besos y los orgasmos con su nombre, noches interminables con rostros ajados de hastío y abandono, su bolso guardaba entre brillos y labiales, papelitos de soledad compartida, horarios escalonados, nombres inventados, una promesa de ser mamá escrita en un sobre de azúcar dietética y una llave descolorida sin puerta que abrir.
Mientras la música añeja trastabillaba en sus ojos perdidos Tomasa repasaba su vida, su breve y larga vida, en donde los te quiero tenían doble sentido y las caricias cristales hirientes con cicatrices de recuerdo.
Su boca ya no recitaba gemidos, sus piernas ya no bailaban sobre las espaldas, sus ojos habían dejado de consolar desvelos, sus senos habían dejado de alimentar fantasías, sus mejillas ya no tenían el candor de las doncellas, su sexo ya no olía a manzana, ya no sabía a mujer.
Tomasa cierra los ojos mientras recuesta su cabeza en el hombre con quien ha bailado los últimos años en el mismo bar que la vio crecer, en el mismo rincón en que dejó de ser ella.
Tiene aprendido el sonsonete de la música y ya no necesita repetir entre dientes el estribillo…
“Nosotros que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más, no es falta de cariño, te quiero con el alma, te juro que te adoro y en nombre de este amor y por tu bien… te digo adiós…”
Su vida la abandona dejándole recuerdos incinerados a lagrima viva, ¿Cuanto es capaz el corazón de resistir los recuerdos sin perder la razón?...
La última vez que cumplió 35 se vistió de encajes negros, su piel despedía perfumes enamorados, sus ojos eran callejones para perderse y su sexo, poesía en rima.
Una secuencia de aromas la hace tropezar con el hombre con quien ha bailado los últimos años en el mismo bar que la vio crecer, mientras la melodía le sangra en la garganta, y los pies se le descomponen tratando de retomar un ritmo moribundo, no se disculpa ni se avergüenza, sigue el sonsonete musical que la lleva a revivir cada secuencia de su muerte viva, cada lagrima de amoniaco le consume el nombre y su historia, mientras las manos se le mojan de sudor adolescente y la espalda de aquel hombre le lanza fumarolas de virilidad mundana…
Un charco de sangre le hierve en la boca del estómago, un cuerpo tendido con los ojos entre abiertos le oscurece el ambiente, la peste a tabaco le obstruye los pulmones, la respiración se le alarga, se le extingue…la melodía ha vuelto a comenzar y el vaivén retoma su majestuoso estribillo, un disparo le retumba en la cabeza, una bala extraviada se le aloja en el sexo viudo, gritos, confusión, un ultimo beso que le arrebata la vida, un festín de sinrazones le sentencia una despedida enmudecida, luces percudidas le ciegan la consciencia,le arrebatan la cordura, más gritos, más sangre, la muerte se pavonea en minifalda y escote indecente, ebria y desparpajada equivocó el blanco de sus celos, el disparo le atravesó el cuello, le reventó el estribillo compartido, el olor a manzana se volvió de pólvora, el día que Tomasa cumplía 35 sería el ultimo que su cuerpo vendería. Se lo había prometido a ella misma.
Celebraba, se restregaba en todos los machos calientes, se desprendía de ella para existirse en ellos, los hombres, todos suyos y ella de ninguno.
Tomasa sigue bailando con el hombre con quien ha bailado los últimos años en el mismo bar que la vio crecer, se vuelve pequeñita balbuceando reclamos inocentes, se deja apretar contra un sexo que le atraviesa el ritmo, mientras recuerda el ultimo día que cumplió 35 y la vida le asesinó los sueños.
Un relámpago en sus recuerdos le devuelve el estribillo de la melodía añeja, besos alcoholizados le recorrían el escote, su cabello espeso hacía cascada sobre su espalda que hacía un arco resbaladilla, toda ella sería señora cuando tuviera 35 cumplidos, entonces tendría un hijo, pondría una casa con ventanas y visillos, tendría un canario y dos jilgueros y una cama de sábanas blancas.
La muerte celosa y atiborrada de odios, vestía minifalda, guardaba entre sus miserias un revolver percudido, ebria de placeres y desdenes disparó a quemarropa a Tomasa que se abría completa a las caricias ya pagadas, la bala se desperdigó en la niebla de deseos, encontró el cuello del amante asesinado, le reventó los acordes y le desplomó los sueños.
Tomasa siguió bailando, desde entonces, en el mismo rincón del bar que la vio crecer, con el mismo hombre que le mataron sin permiso, sin que nadie la interrumpa se contonea y se despide, no cierra los ojos para no perder el estribillo, nadie la observa, nadie la compadece...
a Tomasa la puta muerte le debe disculpas,
y el mundo entero,
respeto a su locura.
cieloazzul.
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