domingo, agosto 30

Romualda...


Después de besarlo con la convicción más tierna, después de amarle con la pasión más renovada,
después de dibujarle un te quiero en la frente, después de tanto y tanto darse, Romualda se convenció que ese hombre no podía ser más que el mismo ángel con ojos de mentira y álma de villano.
Entonces, durante todo el trayecto de regreso a sus años, lloró con la sensación más lugubre y amarga, dibujó en el cielo un sinfin de reproches al mismo tiempo que un día le prestó un lienzo para jugar a creer en el amor.
Caminó despacio por un muelle que no le pertenecía, miró las olas de un mar que también lloraba sus desamores, contempló a la gente que iba y venía con sus corazones machacados y se volvió de aire. Se dejó llevar por el viento que le sacudía la despedida y en un breve soplo de aire salino se secó completa....
Hoy Romualda le llora al amor muerto...
ella misma lo ha matado.
cieloazzul.
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domingo, agosto 2

Lucrecia...

Para Tí amiga mía, T...
de letras y vida,
de cariños y batallas,
de siempre!
con toda mi admiración.
Cuando Lucrecia pudo descansar los ojos llenos de sueño sobre la almohada se sintió desvalida y abandonada.
Amar con los años encima no era precisamente lo más coloquial al cumplir los cincuenticinco, menos amar a un hombre que sin mucha perspicacia podría parecer cualquiera de sus hijos o en tal de las suertes, el nieto primero.
Por toda su vida de mujer común, se imaginó tener que sufrir por todo, menos por un amor que le rechinaba en sus dolencias y a la misma vez, le resucitaba lo más muerto de su cuerpo impávido.
Lo había conocido una tarde de quehaceres de dama abnegada, de esas tardes que sin mucho reclamo se le gana al tiempo entre los anaqueles de los cereales, los pasillos de los utensilios de cocina, entre los enfriadores de verduras y el mostrador de la carne.
De esas tardes en que por alguna razón biológica, los cabellos se rebelan a estar en su sitio, y una arruga nueva ha decidido hacerla de protagónico, de esas tardes que en los pies duelen los años y en el corazón el ayer.
Lucrecia había olvidado el arte de mirar de lado, el preciso instante de morderse un labio y sobre todo, el perfecto vaivén de las caderas que parecen decir entre su ulular, “ven, ven ven…”
A él la vida se le estrenaba imperiosa, debajo de sus jeans despintados y su camisa con rayones grises se adivinaba un cuerpo desierto, lleno de caricias ocasionales, uno que otro gemido de héroe y dos que tres rasguños sin importancia.
Que importa lo que a ambos les separaban los años y la experiencia vivida, dentro de un instante cualquiera, al universo se le ocurre una broma y el que la pille, la toma.
Para Lucrecia regresar al instante de aquella tarde, le servía para querer callar las tantas preguntas que se le amontonaban debajo de su camisón de mujer, ¿cuanto vale un segundo en la vida que sigue después de creerse viva?
Después de haberse tropezado en el pasillo de los lácteos, Lucrecia sintió una serpiente resbalarle por la espalda, cascabeleándole en la nuca haciéndola temblar al grado de soltar el queso bajo en grasas que sostenía en las manos, para verle rodar hasta los pies de plomo que le movieron el mundo y le cambiaron la vida.
Y él, con la agilidad de un lince, levantó y puso en sus manos con la más gorda de las sonrisas.
- Mil perdones, muchas gracias- Dijo ella con la voz de los años revueltos.
Y él con la voz de un guerrero en plena victoria, respondió con un cumplido.
- Para servirle My Darling, un placer-
Lucrecia no pudo más que soltar una media sonrisa de agrado y una mirada encendida del puro gusto de saber que aún quedaban hombres, no mayores, con exquisitas maneras.
Lo que sucedió después, no habría tenido importancia, de no ser porque al estar cubriendo la cuenta del supermercado, a Lucrecia en otro capricho del destino, se le cayó al suelo el monedero y una lluvia de monedas saltó por todo lo ancho y largo del pasillo, todas de un solo golpe rodaron en sentidos contrarios haciendo girar la vista de los presentes hasta cubrirla entera de miradas compasivas y una nube roja que la cubrió de los pies a la cabeza de vergüenza.
Nuevamente él, con la rapidez de un mago, se apresuró a juntar las monedas y ponerlas sobre la mano de Lucrecia que sonreía agradecida, como quien vuelve a encontrarse con un amigo de toda la vida.
-My Darling, otra vez un placer- Dijo él antes de que ella pudiera agradecer la gentileza, y ella en un arranque de maternidad genética, le estrecho en un abrazo y un beso con sabor a ternura, al tiempo que le susurraba muy cerca,
-Gracias, nuevamente gracias, no se que me pasa hoy que todo se me cae de las manos, la edad me está volviendo torpe-
-Yo diría que la edad la está volviendo más bella, supongo, lo digo porque lo que se ve, no se juzga- Dijo el respondiendo con un mohín que parecía sonrisa.
- Nuevamente gracias Joven, ha sido muy gentil- Dijo Lucrecia queriendo regresar el tiempo para recordar la más elemental de las seducciones.
-Mauricio Romero, a sus pies- Dijo aquel muchachito de cabello espeso y cuerpo de desierto.
-Lucrecia Belenguer, un placer- Y diciendo aquello, se volvió para arrastrar el carrito de sus prisas y caminar directo a su destino.
Pasó una semana en que Lucrecia no volvió al supermercado, una semana en la que entre quehacer y descanso, aparecía el rostro de aquel muchacho de ojos profundos y voz de guerrero para recorrerle por la espalda la misma serpiente cascabeleando hasta hacerla trastabillar.
El siguiente Lunes de obligados cumplidos, Lucrecia pasó sin hora fija a comprar lo necesario para la semana siguiente, y fue alzar los ojos en los lácteos que volvió a encontrarse con aquellos ojos profundos saltando de una marca de yogurt a otra como canturreándole a la suerte.
Por otra curiosa razón, Lucrecia parecía haber hecho un convenio con las trampas biológicas, y ese día, ni el cansancio en los pies ni el cabello rebelde se habían acordado de mostrarse, así que con la soltura de los ayeres lejanísimos se acercó y saludó con apenas un hilo de voz.
-Que suerte volverte a ver- Dijo con una timidez tan alegre, que seducía
-My Darling! -Soltó él con la frescura de un prado – suerte la mía que pensé que jamás volvería a verla-
-Oh! Que amable, tanto halago a mi edad, trastorna- Dijo ella con el pecho erguido y las curvas de su silueta ululando.
- Bendita edad la suya My Darling, que hace a las mujeres Diosas para amarlas y mujeres para bendecirlas- espetó no sólo con la voz, sino con ambas manos como dibujando letras.
- Oh Por Dios!, que exquisita juventud la tuya que te mantiene la mente fresca y la inspiración latiendo- Dijo Lucrecia queriendo patear los protocolos para soltarle una carcajada de vanidad austera.
- Y usted, vive por aquí cerca? O es que el destino me quiere poner un ángel con ojos de hada para que los lunes se me hagan más simpáticos y el yogurt sin fruta me sepa más dulce.- dijo él con la más efectiva de las sonrisas.
- Que va!, vivo al oeste, pero es aquí donde encuentro el queso sin grasa y la carne más fresca para cubrir los gustos y exigencia de los de casa. -Dijo ella sin apenas querer contar que tenía tres hijos casi de su misma edad y un marido que apenas le miraba de vez en cuando.
- Pues yo vivo justo al cruzar la calle, ahí, donde se ve la puerta abierta y mi fiel perro me espera sin perderme de vista- Dijo él, señalando en dirección exacta.
- Ya veo!, eso significa que es probable que cada lunes que venga a comprar lo propio tenga la suerte de encontrarte y saludarte- dijo Lucrecia apretándose el estómago con el borde del carrito del super.
-Pues es más probable que me encuentres, si un día, aunque no sea lunes, tocas a mi puerta- Dijo él con la familiaridad de los amigos de toda la vida.

Y Lucrecia tocó un día a esa puerta, no era lunes, tampoco era día festivo, era un día de esos, en que nuevamente el capricho biológico se vuelve un demonio interno, y se confabula con los pensamientos y entre ambos se encargan de atormentar las dudas, de barrer pretextos, de ahogar preguntas y bautizar las culpas, fue un día, en que la carne duele de tanto olvido, que los ojos arden de tanto no querer mirar, que las manos tiemblan por la ausencia de donde aferrarse y el corazón se convulsiona porque quiere seguir latiendo.

Fue un día tan especial, en que Lucrecia cerró los ojos para no sentir pena por su vientre olvidado, por las pecas en sus brazos, por la gravedad altanera de sus pechos y la aún redondez de su trasero, pero sobre todo, un día en que tuvo que cerrar los ojos, por creer que había olvidado como abandonar el cuerpo, flexionar las piernas, hacer la espalda un arco y gemir como si los años, apenas significaran haber vivido cincuenta años para comenzar de nuevo al lado de quien con la juventud entre las piernas, le restaba entre gemidos, los arrepentimientos.
cieloazzul.
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sábado, junio 27

Lucina



Tenía entre sus trofeos de vida toda la colección de batallas y derrotas, nada se le escapaba de sus ojos de delfín y su instinto de serpiente, todo se le acomodaba entre los pliegues de una risa quieta y absolutamente todo lo no querido se le resbalaba con un simple soplo de ironía.
Así; lamía con lenta convicción todo aquello que le formaba un pasado y esperaba con la ingenuidad de un párvulo lo prometido.
Tenía oídos de ave de rapiña, por eso conoció absolutamente todas las penas ajenas que hizo suyas por el breve instante de cada hora, saboreando aquellas coincidencias de sus batallas y derrotas y celebrando aquellas victorias merecidas y no.
Soltera como ninguna virgen se reprochaba de vez en cuando la ausencia de aquel otro que le lavara las ganas y se entregaba con una convicción de ostra al inequívoco destino que su soledad le auguraba.
Se ganaba la vida en una mesita desvencijada, honor conferido por el aprecio infinito que Carmencita Rubio le tenía, de no haber sido por Lucina y sus augurios, nada del tesoro familiar quedaría bajo el colchón desvencijado de Carmencita.
Por eso, Lucina llegaba todos los días en punto de las 10 de la mañana al café
"la bola", encendía el primero de miles de cigarros largos y perfumados, con elegancia aristócrata alisaba un mantel blanquísimo, sobre él, acomodaba con una manía aprendida tres tazas de porcelana descolorida, un pocillo transparente, una cuchara de plata, un pomo con agua hirviendo, un saquito de yute con semillas negras que olían a café y una bolsita ruidosa con mentas verdes.
Y en cuestión de nada aparecía un alma en pena, hombre, mujer, adolescente o novia engañada a sentarse frente a ella.
Lucina saludaba con su instinto de serpiente al tiempo que sacudía las manos como espantando al miedo. Comenzaba su ritual, daba a elegir una de las tres tazas al humano angustiado, servía una cucharadita copeteada de granos negros, vertía suavemente el agua hirviendo y movía suavemente la mezcla negra y perfumada. Daba a beber su pócima y esperaba mientras daba hondos suspiros a su cigarro. Después, revolvía el asiento sobrante de la tacita y con un movimiento magistral, volteaba sobre un plato blanco y despostillado la tacita.
Mientras tanto, sus ojos de Delfín se volvían de agua al tiempo de regresar la taza hacia arriba y mirar las tantas líneas y figuras que se formaban dentro de la taza, mientras torcía la boca de un lado a otro.
Una mañana de Marzo, llegó antes de que Lucina terminara su ritual, una mujer distinta, por sus ropas y perfume dedujo que no era de los alrededores. Tenía los ojos tristes y las manos apretadas.
Lucina apuró su ritual cotidiano como queriendo ganarle una batalla a la muerte. Comenzó.
-Naciste en Febrero, eres Piscis con ascendente en Sagitario, combinación de la chingada-
-Te sientes sola, muy sola-
Dijo mientras le atravesaba sus ojos de Delfín en el centro del pecho.
- lloras, todos los días; lloras por un hombre.- hizo un silencio largo y repuso; -un hombre que no es con el que duermes-
La mujer se acomodó en la silla de palma y bajó la mirada como escondiendo un pudor añejo.
- Ah! tienes tres hijos pequeños, todos tienen el color de tus ojos ... son tu refugio y tu prisión.- Dijo Lucina contundente.
- Viajas cada cuando, viajas sonriente, regresas llorando, siempre llorando... tienes un dolor muy agrio en el alma... por el hombre que su nombre empieza con C, si, es una C...,lo reconoces?- dijo Lucina sin quitar los ojos de la taza.
La mujer extranjera tenía los ojos revueltos, la boca entre abierta y la espalda erguida como esperando ser atravesada por la mitad.
- No sabes como dejarlo, quieres, pero no puedes, lo intentas, pero siempre vuelves-
-Ah! veo un viaje largo, por el mar, mucho sol, mucha arena, no estás contenta con ese viaje, vas con L, si, su nombre empieza con L, lo identificas?, también van otras personas en ese viaje, personas que están ligadas a tu familia, no hay muy buena relación contigo, el viaje se hará aunque tu hagas todo lo posible por evitarlo-
-Ahí está el otra vez, siempre a tu lado, es guapo el cabrón, tienen buena cama...-
dijo casi en secreto.
La mujer hizo un movimiento con las manos en señal de alto. Lucina entonces se encontró con un rostro infinitamente triste.
-¿Qué es lo que quieres saber?- Dijo con la ternura de una abuela.
La mujer comenzó un relato sin respiro...
Yo... bueno... no se como decirlo... yo lo amo, nos amamos... bueno eso quiero creer, nos amamos... no hace mucho que volvimos a encontrarnos... bueno.... nunca hemos dejado de vernos... pero... si un tiempo dejamos de.... bueno.... de acostarnos.... es que yo, tengo que dejarlo, no puedo seguir con este dolor de no poder estar con él para siempre, es que mis hijos... mi esposo.... mi familia.... mi padre!!! ohhh!!! mi padre se muere de vergüenza... es que yo... no sé que hacer... mi esposo sospecha... mi suegra me espía... es que yo sólo quiero saber.... me habían hablado de usted... mi amiga Maruca me contó que usted la ayudó a recuperar a su marido, yo no creo en estas cosas,...bueno si creo, después de ver a Maruca tan feliz con su esposo, pero estoy desesperada, oiga... usted puede ayudarme a sacarme del corazón a este hombre?- Soltó de buena vez la mujer que ya tenía un semblante más suave después de vaciar sus penas...
Lucina que había fumado tres cigarros mientras escuchaba con los sus oídos de ave de rapiña, mordió una menta y moviendo la cabeza de un lado a otro soltó:
- Hay promesas que se hacen en la cama, promesas que salen desde allá abajo, que son dichas en la calentura del momento....promesas que se dicen bajo el eco de los besos, en un instante de lujuria y entusiasmo....si, se aman, no me queda duda, a su manera, pero se aman... de manera distinta, claro, el te ama como aman los hombres, y tu lo amas como aman las mujeres, el te ama con el pito bien parado, tu lo amas con el corazón destartalado.... tu esposo no sospecha, tu esposo lo sabe, pero prefiere hacerse el sordo... tu suegra no te espía, tu suegra te sigue los pasos muy cerca... tu amiga Maruca es feliz no porque tenga al marido con ella, es feliz porque está enamorada de un ex alumno de su marido... que importa… es feliz ¿no?...ah! si, te decía, las promesas son la prisión del amor, tu has prometido muchas veces amor eterno, él ha prometido tener ese amor, ah!! que pendejas somos las mujeres...-dijo Lucina mientras encendía otro cigarro y daba un vistazo más a la tacita con vetas zigzagueantes...- mira... ves aquí esta gota seca? es la promesa que hiciste de amarlo para siempre, de estar con él pase lo que pase, para siempre también.... Mírala que redonda, mírala que profunda, mírala que eterna... es como una lagrima… las promesas son como las lagrimas, son cadenas que se hacen en el universo, atas de manera infinita corazones a diestra y siniestra, ahh! es que la gente promete y promete y después no cumple, y aunque quiesiera cumplir, no siempre se puede, vamos... no siempre se puede...y el cosmos se llena de promesas encadenadas, sin cumplir... no puedes sacarlo de tu corazón por que lo tienes encadenado....
La mujer miró la gota y cerró los ojos como queriendo traer a su mente el instante exacto de su arrebato. Una lagrima igual de redonda, eterna e infinita se le escurrió hasta el borde de la boca. Sonrió como queriendo consolar su descuido.
-Yo no puedo sacarlo de tu corazón, vaya como carajos le hago, lo que si puedo es decirte como lo saques tu, claro si es que de verdad quieres sacarlo, ahh! Porque no quiero que después vengas a decirme que quieres tenerlo contigo de nuevo, como lo tienes ahora…encadenado…con dolor, sufriendo imposibles… porque lo puedes tener contigo pero sin promesas, sin prisiones, sin prisas ni protocolos. El amor es un acto de libertad insolente, es un acto de ser, no un convenio de te doy me das… aunque en la cama a veces resulte- dijo Lucina con la ironía serpenteándo.
Cada noche- continuó Lucina, - que te venga a la mente el pensamiento de ese hombre repetirás tres veces, “estás fuera y lejos de mi…”..... ahhh! Al principio duele, verás que duele, siete días, fíjate bien, siete días con sus noches, cada vez que te venga a la mente el dolor de amarle, repites tres veces… " estas fuera y lejos de mi...". Después, en un momento que tengas para ti, recuerda una a una las promesas hechas, y repítelas tres veces, diciendo su nombre seguido de “te devuelvo la promesa de…”. También duele eh? No vayas a pensar que no duele, devolver lo prometido duele, como chingados no!!… pero después renaces, después aprendes que el amor que duele no es amor, sino egoísmo, espejismo. Recuperas el gobierno de tus emociones y comprendes que el amor verdadero es el que se disfruta en el instante vivido, ni antes, ni después. En el aquí y ahora.
La mujer tenía el semblante relajado, 20 años menos sobre su media sonrisa y un suspiro ahogado repleto de promesas malgastadas.
Después de un largo silencio, la mujer preguntó cuando debía pagar por la consulta, a lo que Lucina con sus ojos de delfín, la voz llorona y resucitada...respondió:
-Nada… no me debes nada… Yo aún conservo una promesa que me ahoga, y de no ser por ti, no habría recordado la deuda que tengo con mi mañana.-
cieloazzul.
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lunes, mayo 11

Dominga...


Cuando el amor se le hizo mudo, la sonrisa le comenzó a cambiar de color.
Dominga despertaba con la nostalgia que los años del matrimonio imprime en cada mañana, sentía pena por la falta de entusiasmo en que se había sumido después de haberse sorteado los años cruciales por los que pasa el matrimonio.
Que si el séptimo año es determinante, que si pasas el onceavo ganaste el para toda la vida, que después del decimoquinto viene una crisis de miedo, que después de los veintiuno siempre hay separación. Que las bodas de plata no son más que un recordatorio de la ilusión, que quien celebra los cincuenta años de matrimonio se gana la santificación. Que el amor eterno no es precisamente el que se profesan los esposos y que cuando el amor se acaba, se acabó sin más.
Pero a Dominga ninguna de esas sentencias le parecía verdadera, y sus razones tendría porque ella había sorteado cada año de matrimonio perdida entre los imprevistos de ser madre, esposa, amiga y ejecutiva de la vida. A veces amante, pero menos veces que las demás. Vivía con los años pendientes, con la sonrisa alquilada en un amor inconcluso que le había costado todos esos años de matrimonio estancado. Con apenas una vida que se le resbalaba entre las comidas familiares, los saludos fantoches, las visitas al santísimo y el buenas noches a su vida de mujer.
Cuando pensaba en la muerte se estremecía completa, le prometía a la vida no dejar para mañana la única cuenta pendiente con aquel amor.
Como es la vida de tramposa!, una mañana cualquiera Dominga despertó con la edad al revés, sus 52 años se le volvieron 25 y no encontró sombra mas brillante, ni zapatos mas obscenos que los que su hija mayor guardaba entre sus tesoros. Se miró en silencio y se espantó los miedos, se probó el pantalón negro que su mediana hija usaba en sus tardes de conquista, se perfumó con crema anti estrías las caderas y se sonrío.
Hurgó entre una agenda amarillenta hasta encontrar la trampa con nombre de mujer que escondía el de aquel amor y salió de casa con la lista de pendientes en la mano.
Pasó a la tintorería a dejar los pantalones del marido, pasó a firmar documentos bancarios, pasó por las mismas calles que le recordaban aquel adeudo de vida inconclusa, se compró unos cigarros para dejar de fumar y rezó una oración inventada para ganar valor.
Atravesó la explanada del parque del pueblo, se alisó la sonrisa en señal de razón, se miró en el reflejo del vitral de la iglesia y se atrevió.
Cruzó la puerta de aquellas oficinas con olor a hastío, saludó cortes como quien se conoce de años, se anunció tajante y sin respiro. Esperó.
Una mujer con cara de espanto le anunció que podía pasar.
Dominga respiró profundamente y cuando volvió a tener de frente a aquel hombre incompleto, se presentó.
- Vengo a saldar mi deuda pendiente.- Dijo mientras los años se le volvían verdad.
- Y el hombre que parecía de mil años, sonrío como sonríen los niños.
Extendió las manos y se dejó saldar.
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lunes, mayo 4

Rafaela...


Tenía en su vida tragedias de color a susto, los ojos llenos de lágrimas invisibles y una risa que por ruidosa parecía un lamento.
Se enamoró de un solo hombre que era de todas, menos de ella.
Lo amó en secreto, a viva voz, entre figuraciones y sueños, así, como se ama lo que nunca será propio.
Y se hizo de todas las astucias, las contradicciones, las explicaciones y religiones con tal de permanecer cerca de ese mismo hombre que a expreso desdén seducía a todas, menos a ella.
Rafaela se hizo niña-vieja, aceptó alargar su vida a la suerte de estar cerca de él sin estar, aceptó agradecida la presencia a medias y se secó despacio mirando a su único amor, besando a otras, amando a otras, paseándose con otras, menos con ella.
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jueves, abril 23

Hilaria...


Esa noche se besaron a medias, se tocaron con el conocimiento que los años permiten, brevemente se reconocieron.
Hicieron el amor acompañados por el canto de un grillo intruso.
Afuera llovía.
Adentro también.
Unos minutos después cada uno se acomodó sobre su isla durmiente.
No hizo falta apagar la luz.
- Feliz aniversario- Dijo él entre murmullos.
- Feliz aniversario- respondió Hilaria con una sonrisa añeja.
- Te amo- Dijeron los dos para sí mismos.
Y amaneció.
Afuera había un sol inmenso.
Adentro, no paraba de llover.

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viernes, abril 3

Manuela...

Un día Manuela despertó con la sensación de haberse muerto por fuera.
Se miró al espejo y se horrorizó al ver que sus ojos que antes eran del color del atardecer , se habían vuelto completamente blancos, que su boca estaba seca y amarilla, que el resto de su cuerpo, incluyendo el ombligo tenían el aspecto de un muerto.
Sin dar crédito a su horror, comprobó que todo lo que tocaba con sus manos de muerta estaba tan frío como su cuerpo, que el mismo piso que tantas veces caminó descalza le era insensible al tacto, entonces lo notó, flotaba.
Corrió como un fantasma por toda la casa, abriendo puertas y ventanas para sentir el aire y de paso despertar por completo de la pesadilla que le seguía aún con los ojos abiertos.
Pasó delante de sus cuatro hijos que la miraron así, como se mira lo invisible, pasó encima del perro que dormía en el umbral de la puerta y el perro ni se inmutó. Buscó al marido que se le había olvidado que existía y éste apenas la reconoció.
- Que te pasa mujer?- Dijo sin mirarla.
- Me ves? Dime me ves?- Dijo Manuela sacudiendo los brazos.
- Te veo y parece que viste un muerto- Dijo el marido sin mirar
- Exacto, lo vi- Dijo Manuela con los ojos aterrados.
Y el marido que conocía esas muertes repentinas desde hacía años, no la volvió a mirar.
Manuela insistió…
- Estoy muerta-
- Estás loca- Dijo el marido alzando los ojos para sonreír.
- No te rías, soñé que se me moría el cuerpo y mírame bien, estoy muerta- Dijo Manuela con un nudo en la garganta.
- Pues yo te veo andando y rezongando y eso los muertos no lo hacen- Dijo el marido ya preocupado por la expresión de muerta de Manuela
- Tócame, tengo la piel seca y fría, de muerta- Dijo Manuela acercándose con un dejo infantil hacia su esposo.
El marido que se había olvidado también de Manuela y del terciopelo de su piel, le quitó las ropas despacio y pasó su mano desde el cuello hasta el ombligo, entonces se horrorizó al ver que por donde pasaba su mano la piel se pulverizaba dejando a Manuela un camino de carne encendida y húmeda.
- Me lleva! Te duele? – Dijo el marido mirándose la palma de la mano, para inmediatamente pasarle ambas manos por todo el cuerpo, por entre las piernas, por entre los brazos, por los senos y la espalda, por entre los pliegues y por entre lo ya olvidado.
Manuela que se sabía muerta cerró los ojos para abandonarse al último instante de vida, apretando los dientes, los puños y la boca.
El marido pronto pasó del horror al gusto por sentir la piel de una extraña conocida. Pasó una y otra vez las manos y la lengua por toda aquella piel enrojecida y palpitante, hasta que Manuela tuvo la sensación de morirse de una vez por todas.
- Me muero!, Ahora si me muero completa!- Dijo abandonándose al instante con los ojos encendidos.
Entonces el marido, que se sabía ya viudo, cerró la puerta por dentro y después de besarle y tocarle lo que le faltaba le dio un entierro digno de resucitar.