viernes, enero 1

BIENVENIDO 2010!!!


Feliz 2010 queridos amigos y compañeros de vida!!!
Que el primer segundo de éste nuevo año haya significado el inicio de una abundante razón para ser felices!!!
Yo he terminado el 2009 con una alegría inmensa!!!
Me siento profundamente emocionada, alhagada y sobre todo motivada!
Gracias a
La voz de la palabra escrita Internacional
Por tan significativo honor!!!
Este no me sería tan especial si no lo comparto con ustedes, compañeros de ruta , emoción y palabra.

BIENVENIDO ERES 2010!!!
FELICIDADES A LOS GANADORES!
¡FELIZ AÑO NUEVO!ALICIA ROSELL.
(BILBAO, 31 DE DICIEMBRE DE 2009)
LA VOZ DE LA PALABRA ESCRITA INTERNACIONAL© L.V.D.L.P.E.I.- H.L.
Estimados todos:Hace apenas una hora he emitido y publicado en el Foro, la Relación de Relatos, Autores y seudónimos que han quedado los TREINTA primeros como ganadores absolutos del Concurso 'LVDLEPEI'.Ha sido un Concurso LIMPIO, donde quienes integran el JURADO aún no se conocen entre ellos. Me extenderé más y mejor en el 'Comunicado de Prensa' que emitiré dentro de unos días, pasadas las fiestas, para dar a conocer los nombres de los miembros que han conformado el INSIGNE JURADO, y otros detalles.
¡GRACIAS A TODOS POR PARTICIPAR Y FELICIDADES A LOS GANADORES!
¡FELIZ AÑO NUEVO 2010!
Este año verá la luz
la Primera Antología 'LVDLPEI' de Narrativa Corta Hispanoamericana.
PUNTOS -NOMBRE AUTOR/A (SEUDÓNIMO) -TÍTULO RELATOS
LOS TRES FINALISTAS DEL CONCURSO
38 JESÚS ANDRÉS P. REBOLLO ( ALCORALBO) EL MERCADER
37 GUSTAVO CRESTA (SUSURROS DE LA ALBORADA) ESTA LLUVIA MANSA
37 JUAN CARLOS RIVERA (EL CUENTERO MENOR) VISITACIÓN OLAY!... SIN PECADO CONCEBIDA
GUSTAVO CRESTA Y JUAN CARLOS RIVERA han quedado empatados.
RELACIÓN DE LOS 27 RESTANTES GANADORES
1 EDDA OTTONIERI (ALBANA) EN EL TEMPLO MILENARIO DE HACHEPSUT
2 ALEJANDRO FÉLIX RAIMUNDO (RR) CRISTO RESUCITADO
3 MARIO FROILAN REYES BECERRA (WARAIRA REPANO) EL NUEVO INQUILINO
4 FRANCISCO VARGAS FERNÁNDEZ (ALTAMIRANO) EL PLACER DEL SILENCIO
5 MICHAELANGELO BARNEZ (JUAN NOBLES) EL ÓMNIBUS
6 CÉSAR GASTÓN INSAURRALDE ( SAELIUS) ÉRASE LA MUERTE DE UNA LINEALIDAD
7 MARCELA VANMARK ( CLEPSIDRA) ESENCIA DE MUJER
8 ELOÍSA ECHEVERRÍA (MAD MAX) FANTASMA LIMPIANDO
9 ROSA LÍA CUELLO (GATARSIS) FILOSOFÍA PARA GATOS
10 ALEJO URDANETA ( EZEQUIEL) FOLLAJE INMENSO DE RUMORES
11 IMANOL CANEYADA PASCUAL (EL ESPINO DE FEREL) IS SO GOOD
12 BEATRIZ ALICIA DURÁN (BRUJA) LLUVIA
13 CARLOS LÓPEZ DZUR (FLORIS) MEMORIA DEL ULTRAJE DE FLORIS
14 EVA ISABEL RUIZ BARRIOS ( ODIN) MÍRALE LOS OJOS
15 RUDY ALFONZO GÓMEZ R. ( RUALGORI) NUEVOS CAMINOS
16 JAVIER LUQUE (ENRIC FUSTER) OCTUBRE, UN CRUEL ABRIL
17 ANTONIO TREJO ( INCONCLUSO MARTES 13) PARADOR CARRETERO
18 ANDREA YUNGBLUT (ANDREA MILANO) PENÉLOPE
19 CARMEN BERENICE BETANCOURT ( PETITE VIEILLE) RECOSTADA DESDE AQUÍ
20 OBED GONZÁLEZ M. (ADA PAULINA) RECUÉRDAME FRENTE A LA PROFUNDIDAD DE UN MAR VOLCADO
21 DOLORES ESPINOSA MÁRQUEZ (LORES MARTIN) SEGISMUNDO
22 ÁUREA LUCRECIA LÓPEZ QUILES (AUREALU) SETAS AMARILLAS
23 D. CRISTINA C. H. (CIELOAZZUL)

24 RICARDO CAMPOS RUELAS (LOCOCHÓN) UN POCO DE AMOR
25 MIGUEL ÁNGEL AGUILAR (MAAH) VIENTOS DE ARENA
26 RICARDO ARREGUI GNAUTIK (FINITO) LOS OFICIOS. EL OFICIO
27 Mª ELENA SOLÓRZANO (MARINELA) GIRASOLES DE PAPEL

miércoles, diciembre 30

Victoria...


Para Tati,
porque me ha movido el ánimo y se lo merece...
Te quiero amiga...
Cerró el cajón donde guardaba aquellos pendientes especiales, se miró al espejo y se supo viva.
El tiempo se le había instalado en el cuerpo, cada vivencia y cada sentir habían dejado una huella en forma de surco en alguna parte de su cuerpo y rostro, se miró las palmas de las manos y trató de encontrar una señal que le diera motivos para creer.
Afuera el trajín de la gente se confundía con el crujir de las horas, un año estaba a punto de terminar y Victoria aún no tenía claro lo que deseaba para si misma.
En cambio, se había pasado 365 días completos dando y completando el bienestar de todos los que conformaban su vida, esa vida concedida a todos, menos a ella.
Caminó despacio buscando sus zapatos de fiesta, aquellos con que los 12 centímetros de más le eran suficientes para sentirse capaz de rozar el cielo con la yema de los dedos, se perfumó el recuerdo y se sentó a esperar a que el reloj marcara la hora para recibir el amanecer de un nuevo año, para cerrar un tiempo que le había dejado entre sus asignaturas, las vivencias y el temblor oculto de los placeres silenciosos, también la espera interminable entre paredes blancas y una oración olvidada aún pegada en el contorno de sus labios, entre muchos sentires más que le impacientaban y sosegaban de vez en cuando el estar…
Cerró los ojos para recordar un sólo instante que le devolviera la fe y encontró escondido tras los adioses fallidos, un beso infinito, una caricia inmediata, un frenético desalojo de culpas y una ráfaga de segundos colmada de amor.
Dejó que las lágrimas se llevaran todo aquello que le estorbaba en la sonrisa y tosió mil maldiciones por los efectos de las despedidas, también un perdón.
Estiró las piernas, se alargó sobre el sillón que la abrazaba y sonrió para si misma mientras se limpiaba las lagrimas, se inventó un motivo para brindar con la copa de vino espumoso y se creyó el mañana, sin propósitos concretos, sin proyectos delineados, sin promesas fallecidas, sin urgencias ni despedidas.
Al fin y al cabo, la Esperanza la habitaba y el nuevo año la bautizaba.
Nadie más que ella sabía que lo inmediato era,
SER FELIZ...

FELIZ 2010 QUERIDOS AMIGOS, GRACIAS POR ACOMPAÑAR MIS SECRETOS A LO LARGO DE ESTE 2009.
LES QUIERO CON TODO MI CORAZÓN.
SEAN TAN FELICES COMO LO ANHELEN!
Cristina.
cieloazzul.
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domingo, agosto 30

Romualda...


Después de besarlo con la convicción más tierna, después de amarle con la pasión más renovada,
después de dibujarle un te quiero en la frente, después de tanto y tanto darse, Romualda se convenció que ese hombre no podía ser más que el mismo ángel con ojos de mentira y álma de villano.
Entonces, durante todo el trayecto de regreso a sus años, lloró con la sensación más lugubre y amarga, dibujó en el cielo un sinfin de reproches al mismo tiempo que un día le prestó un lienzo para jugar a creer en el amor.
Caminó despacio por un muelle que no le pertenecía, miró las olas de un mar que también lloraba sus desamores, contempló a la gente que iba y venía con sus corazones machacados y se volvió de aire. Se dejó llevar por el viento que le sacudía la despedida y en un breve soplo de aire salino se secó completa....
Hoy Romualda le llora al amor muerto...
ella misma lo ha matado.
cieloazzul.
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domingo, agosto 2

Lucrecia...

Para Tí amiga mía, T...
de letras y vida,
de cariños y batallas,
de siempre!
con toda mi admiración.
Cuando Lucrecia pudo descansar los ojos llenos de sueño sobre la almohada se sintió desvalida y abandonada.
Amar con los años encima no era precisamente lo más coloquial al cumplir los cincuenticinco, menos amar a un hombre que sin mucha perspicacia podría parecer cualquiera de sus hijos o en tal de las suertes, el nieto primero.
Por toda su vida de mujer común, se imaginó tener que sufrir por todo, menos por un amor que le rechinaba en sus dolencias y a la misma vez, le resucitaba lo más muerto de su cuerpo impávido.
Lo había conocido una tarde de quehaceres de dama abnegada, de esas tardes que sin mucho reclamo se le gana al tiempo entre los anaqueles de los cereales, los pasillos de los utensilios de cocina, entre los enfriadores de verduras y el mostrador de la carne.
De esas tardes en que por alguna razón biológica, los cabellos se rebelan a estar en su sitio, y una arruga nueva ha decidido hacerla de protagónico, de esas tardes que en los pies duelen los años y en el corazón el ayer.
Lucrecia había olvidado el arte de mirar de lado, el preciso instante de morderse un labio y sobre todo, el perfecto vaivén de las caderas que parecen decir entre su ulular, “ven, ven ven…”
A él la vida se le estrenaba imperiosa, debajo de sus jeans despintados y su camisa con rayones grises se adivinaba un cuerpo desierto, lleno de caricias ocasionales, uno que otro gemido de héroe y dos que tres rasguños sin importancia.
Que importa lo que a ambos les separaban los años y la experiencia vivida, dentro de un instante cualquiera, al universo se le ocurre una broma y el que la pille, la toma.
Para Lucrecia regresar al instante de aquella tarde, le servía para querer callar las tantas preguntas que se le amontonaban debajo de su camisón de mujer, ¿cuanto vale un segundo en la vida que sigue después de creerse viva?
Después de haberse tropezado en el pasillo de los lácteos, Lucrecia sintió una serpiente resbalarle por la espalda, cascabeleándole en la nuca haciéndola temblar al grado de soltar el queso bajo en grasas que sostenía en las manos, para verle rodar hasta los pies de plomo que le movieron el mundo y le cambiaron la vida.
Y él, con la agilidad de un lince, levantó y puso en sus manos con la más gorda de las sonrisas.
- Mil perdones, muchas gracias- Dijo ella con la voz de los años revueltos.
Y él con la voz de un guerrero en plena victoria, respondió con un cumplido.
- Para servirle My Darling, un placer-
Lucrecia no pudo más que soltar una media sonrisa de agrado y una mirada encendida del puro gusto de saber que aún quedaban hombres, no mayores, con exquisitas maneras.
Lo que sucedió después, no habría tenido importancia, de no ser porque al estar cubriendo la cuenta del supermercado, a Lucrecia en otro capricho del destino, se le cayó al suelo el monedero y una lluvia de monedas saltó por todo lo ancho y largo del pasillo, todas de un solo golpe rodaron en sentidos contrarios haciendo girar la vista de los presentes hasta cubrirla entera de miradas compasivas y una nube roja que la cubrió de los pies a la cabeza de vergüenza.
Nuevamente él, con la rapidez de un mago, se apresuró a juntar las monedas y ponerlas sobre la mano de Lucrecia que sonreía agradecida, como quien vuelve a encontrarse con un amigo de toda la vida.
-My Darling, otra vez un placer- Dijo él antes de que ella pudiera agradecer la gentileza, y ella en un arranque de maternidad genética, le estrecho en un abrazo y un beso con sabor a ternura, al tiempo que le susurraba muy cerca,
-Gracias, nuevamente gracias, no se que me pasa hoy que todo se me cae de las manos, la edad me está volviendo torpe-
-Yo diría que la edad la está volviendo más bella, supongo, lo digo porque lo que se ve, no se juzga- Dijo el respondiendo con un mohín que parecía sonrisa.
- Nuevamente gracias Joven, ha sido muy gentil- Dijo Lucrecia queriendo regresar el tiempo para recordar la más elemental de las seducciones.
-Mauricio Romero, a sus pies- Dijo aquel muchachito de cabello espeso y cuerpo de desierto.
-Lucrecia Belenguer, un placer- Y diciendo aquello, se volvió para arrastrar el carrito de sus prisas y caminar directo a su destino.
Pasó una semana en que Lucrecia no volvió al supermercado, una semana en la que entre quehacer y descanso, aparecía el rostro de aquel muchacho de ojos profundos y voz de guerrero para recorrerle por la espalda la misma serpiente cascabeleando hasta hacerla trastabillar.
El siguiente Lunes de obligados cumplidos, Lucrecia pasó sin hora fija a comprar lo necesario para la semana siguiente, y fue alzar los ojos en los lácteos que volvió a encontrarse con aquellos ojos profundos saltando de una marca de yogurt a otra como canturreándole a la suerte.
Por otra curiosa razón, Lucrecia parecía haber hecho un convenio con las trampas biológicas, y ese día, ni el cansancio en los pies ni el cabello rebelde se habían acordado de mostrarse, así que con la soltura de los ayeres lejanísimos se acercó y saludó con apenas un hilo de voz.
-Que suerte volverte a ver- Dijo con una timidez tan alegre, que seducía
-My Darling! -Soltó él con la frescura de un prado – suerte la mía que pensé que jamás volvería a verla-
-Oh! Que amable, tanto halago a mi edad, trastorna- Dijo ella con el pecho erguido y las curvas de su silueta ululando.
- Bendita edad la suya My Darling, que hace a las mujeres Diosas para amarlas y mujeres para bendecirlas- espetó no sólo con la voz, sino con ambas manos como dibujando letras.
- Oh Por Dios!, que exquisita juventud la tuya que te mantiene la mente fresca y la inspiración latiendo- Dijo Lucrecia queriendo patear los protocolos para soltarle una carcajada de vanidad austera.
- Y usted, vive por aquí cerca? O es que el destino me quiere poner un ángel con ojos de hada para que los lunes se me hagan más simpáticos y el yogurt sin fruta me sepa más dulce.- dijo él con la más efectiva de las sonrisas.
- Que va!, vivo al oeste, pero es aquí donde encuentro el queso sin grasa y la carne más fresca para cubrir los gustos y exigencia de los de casa. -Dijo ella sin apenas querer contar que tenía tres hijos casi de su misma edad y un marido que apenas le miraba de vez en cuando.
- Pues yo vivo justo al cruzar la calle, ahí, donde se ve la puerta abierta y mi fiel perro me espera sin perderme de vista- Dijo él, señalando en dirección exacta.
- Ya veo!, eso significa que es probable que cada lunes que venga a comprar lo propio tenga la suerte de encontrarte y saludarte- dijo Lucrecia apretándose el estómago con el borde del carrito del super.
-Pues es más probable que me encuentres, si un día, aunque no sea lunes, tocas a mi puerta- Dijo él con la familiaridad de los amigos de toda la vida.

Y Lucrecia tocó un día a esa puerta, no era lunes, tampoco era día festivo, era un día de esos, en que nuevamente el capricho biológico se vuelve un demonio interno, y se confabula con los pensamientos y entre ambos se encargan de atormentar las dudas, de barrer pretextos, de ahogar preguntas y bautizar las culpas, fue un día, en que la carne duele de tanto olvido, que los ojos arden de tanto no querer mirar, que las manos tiemblan por la ausencia de donde aferrarse y el corazón se convulsiona porque quiere seguir latiendo.

Fue un día tan especial, en que Lucrecia cerró los ojos para no sentir pena por su vientre olvidado, por las pecas en sus brazos, por la gravedad altanera de sus pechos y la aún redondez de su trasero, pero sobre todo, un día en que tuvo que cerrar los ojos, por creer que había olvidado como abandonar el cuerpo, flexionar las piernas, hacer la espalda un arco y gemir como si los años, apenas significaran haber vivido cincuenta años para comenzar de nuevo al lado de quien con la juventud entre las piernas, le restaba entre gemidos, los arrepentimientos.
cieloazzul.
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sábado, junio 27

Lucina



Tenía entre sus trofeos de vida toda la colección de batallas y derrotas, nada se le escapaba de sus ojos de delfín y su instinto de serpiente, todo se le acomodaba entre los pliegues de una risa quieta y absolutamente todo lo no querido se le resbalaba con un simple soplo de ironía.
Así; lamía con lenta convicción todo aquello que le formaba un pasado y esperaba con la ingenuidad de un párvulo lo prometido.
Tenía oídos de ave de rapiña, por eso conoció absolutamente todas las penas ajenas que hizo suyas por el breve instante de cada hora, saboreando aquellas coincidencias de sus batallas y derrotas y celebrando aquellas victorias merecidas y no.
Soltera como ninguna virgen se reprochaba de vez en cuando la ausencia de aquel otro que le lavara las ganas y se entregaba con una convicción de ostra al inequívoco destino que su soledad le auguraba.
Se ganaba la vida en una mesita desvencijada, honor conferido por el aprecio infinito que Carmencita Rubio le tenía, de no haber sido por Lucina y sus augurios, nada del tesoro familiar quedaría bajo el colchón desvencijado de Carmencita.
Por eso, Lucina llegaba todos los días en punto de las 10 de la mañana al café
"la bola", encendía el primero de miles de cigarros largos y perfumados, con elegancia aristócrata alisaba un mantel blanquísimo, sobre él, acomodaba con una manía aprendida tres tazas de porcelana descolorida, un pocillo transparente, una cuchara de plata, un pomo con agua hirviendo, un saquito de yute con semillas negras que olían a café y una bolsita ruidosa con mentas verdes.
Y en cuestión de nada aparecía un alma en pena, hombre, mujer, adolescente o novia engañada a sentarse frente a ella.
Lucina saludaba con su instinto de serpiente al tiempo que sacudía las manos como espantando al miedo. Comenzaba su ritual, daba a elegir una de las tres tazas al humano angustiado, servía una cucharadita copeteada de granos negros, vertía suavemente el agua hirviendo y movía suavemente la mezcla negra y perfumada. Daba a beber su pócima y esperaba mientras daba hondos suspiros a su cigarro. Después, revolvía el asiento sobrante de la tacita y con un movimiento magistral, volteaba sobre un plato blanco y despostillado la tacita.
Mientras tanto, sus ojos de Delfín se volvían de agua al tiempo de regresar la taza hacia arriba y mirar las tantas líneas y figuras que se formaban dentro de la taza, mientras torcía la boca de un lado a otro.
Una mañana de Marzo, llegó antes de que Lucina terminara su ritual, una mujer distinta, por sus ropas y perfume dedujo que no era de los alrededores. Tenía los ojos tristes y las manos apretadas.
Lucina apuró su ritual cotidiano como queriendo ganarle una batalla a la muerte. Comenzó.
-Naciste en Febrero, eres Piscis con ascendente en Sagitario, combinación de la chingada-
-Te sientes sola, muy sola-
Dijo mientras le atravesaba sus ojos de Delfín en el centro del pecho.
- lloras, todos los días; lloras por un hombre.- hizo un silencio largo y repuso; -un hombre que no es con el que duermes-
La mujer se acomodó en la silla de palma y bajó la mirada como escondiendo un pudor añejo.
- Ah! tienes tres hijos pequeños, todos tienen el color de tus ojos ... son tu refugio y tu prisión.- Dijo Lucina contundente.
- Viajas cada cuando, viajas sonriente, regresas llorando, siempre llorando... tienes un dolor muy agrio en el alma... por el hombre que su nombre empieza con C, si, es una C...,lo reconoces?- dijo Lucina sin quitar los ojos de la taza.
La mujer extranjera tenía los ojos revueltos, la boca entre abierta y la espalda erguida como esperando ser atravesada por la mitad.
- No sabes como dejarlo, quieres, pero no puedes, lo intentas, pero siempre vuelves-
-Ah! veo un viaje largo, por el mar, mucho sol, mucha arena, no estás contenta con ese viaje, vas con L, si, su nombre empieza con L, lo identificas?, también van otras personas en ese viaje, personas que están ligadas a tu familia, no hay muy buena relación contigo, el viaje se hará aunque tu hagas todo lo posible por evitarlo-
-Ahí está el otra vez, siempre a tu lado, es guapo el cabrón, tienen buena cama...-
dijo casi en secreto.
La mujer hizo un movimiento con las manos en señal de alto. Lucina entonces se encontró con un rostro infinitamente triste.
-¿Qué es lo que quieres saber?- Dijo con la ternura de una abuela.
La mujer comenzó un relato sin respiro...
Yo... bueno... no se como decirlo... yo lo amo, nos amamos... bueno eso quiero creer, nos amamos... no hace mucho que volvimos a encontrarnos... bueno.... nunca hemos dejado de vernos... pero... si un tiempo dejamos de.... bueno.... de acostarnos.... es que yo, tengo que dejarlo, no puedo seguir con este dolor de no poder estar con él para siempre, es que mis hijos... mi esposo.... mi familia.... mi padre!!! ohhh!!! mi padre se muere de vergüenza... es que yo... no sé que hacer... mi esposo sospecha... mi suegra me espía... es que yo sólo quiero saber.... me habían hablado de usted... mi amiga Maruca me contó que usted la ayudó a recuperar a su marido, yo no creo en estas cosas,...bueno si creo, después de ver a Maruca tan feliz con su esposo, pero estoy desesperada, oiga... usted puede ayudarme a sacarme del corazón a este hombre?- Soltó de buena vez la mujer que ya tenía un semblante más suave después de vaciar sus penas...
Lucina que había fumado tres cigarros mientras escuchaba con los sus oídos de ave de rapiña, mordió una menta y moviendo la cabeza de un lado a otro soltó:
- Hay promesas que se hacen en la cama, promesas que salen desde allá abajo, que son dichas en la calentura del momento....promesas que se dicen bajo el eco de los besos, en un instante de lujuria y entusiasmo....si, se aman, no me queda duda, a su manera, pero se aman... de manera distinta, claro, el te ama como aman los hombres, y tu lo amas como aman las mujeres, el te ama con el pito bien parado, tu lo amas con el corazón destartalado.... tu esposo no sospecha, tu esposo lo sabe, pero prefiere hacerse el sordo... tu suegra no te espía, tu suegra te sigue los pasos muy cerca... tu amiga Maruca es feliz no porque tenga al marido con ella, es feliz porque está enamorada de un ex alumno de su marido... que importa… es feliz ¿no?...ah! si, te decía, las promesas son la prisión del amor, tu has prometido muchas veces amor eterno, él ha prometido tener ese amor, ah!! que pendejas somos las mujeres...-dijo Lucina mientras encendía otro cigarro y daba un vistazo más a la tacita con vetas zigzagueantes...- mira... ves aquí esta gota seca? es la promesa que hiciste de amarlo para siempre, de estar con él pase lo que pase, para siempre también.... Mírala que redonda, mírala que profunda, mírala que eterna... es como una lagrima… las promesas son como las lagrimas, son cadenas que se hacen en el universo, atas de manera infinita corazones a diestra y siniestra, ahh! es que la gente promete y promete y después no cumple, y aunque quiesiera cumplir, no siempre se puede, vamos... no siempre se puede...y el cosmos se llena de promesas encadenadas, sin cumplir... no puedes sacarlo de tu corazón por que lo tienes encadenado....
La mujer miró la gota y cerró los ojos como queriendo traer a su mente el instante exacto de su arrebato. Una lagrima igual de redonda, eterna e infinita se le escurrió hasta el borde de la boca. Sonrió como queriendo consolar su descuido.
-Yo no puedo sacarlo de tu corazón, vaya como carajos le hago, lo que si puedo es decirte como lo saques tu, claro si es que de verdad quieres sacarlo, ahh! Porque no quiero que después vengas a decirme que quieres tenerlo contigo de nuevo, como lo tienes ahora…encadenado…con dolor, sufriendo imposibles… porque lo puedes tener contigo pero sin promesas, sin prisiones, sin prisas ni protocolos. El amor es un acto de libertad insolente, es un acto de ser, no un convenio de te doy me das… aunque en la cama a veces resulte- dijo Lucina con la ironía serpenteándo.
Cada noche- continuó Lucina, - que te venga a la mente el pensamiento de ese hombre repetirás tres veces, “estás fuera y lejos de mi…”..... ahhh! Al principio duele, verás que duele, siete días, fíjate bien, siete días con sus noches, cada vez que te venga a la mente el dolor de amarle, repites tres veces… " estas fuera y lejos de mi...". Después, en un momento que tengas para ti, recuerda una a una las promesas hechas, y repítelas tres veces, diciendo su nombre seguido de “te devuelvo la promesa de…”. También duele eh? No vayas a pensar que no duele, devolver lo prometido duele, como chingados no!!… pero después renaces, después aprendes que el amor que duele no es amor, sino egoísmo, espejismo. Recuperas el gobierno de tus emociones y comprendes que el amor verdadero es el que se disfruta en el instante vivido, ni antes, ni después. En el aquí y ahora.
La mujer tenía el semblante relajado, 20 años menos sobre su media sonrisa y un suspiro ahogado repleto de promesas malgastadas.
Después de un largo silencio, la mujer preguntó cuando debía pagar por la consulta, a lo que Lucina con sus ojos de delfín, la voz llorona y resucitada...respondió:
-Nada… no me debes nada… Yo aún conservo una promesa que me ahoga, y de no ser por ti, no habría recordado la deuda que tengo con mi mañana.-
cieloazzul.
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lunes, mayo 11

Dominga...


Cuando el amor se le hizo mudo, la sonrisa le comenzó a cambiar de color.
Dominga despertaba con la nostalgia que los años del matrimonio imprime en cada mañana, sentía pena por la falta de entusiasmo en que se había sumido después de haberse sorteado los años cruciales por los que pasa el matrimonio.
Que si el séptimo año es determinante, que si pasas el onceavo ganaste el para toda la vida, que después del decimoquinto viene una crisis de miedo, que después de los veintiuno siempre hay separación. Que las bodas de plata no son más que un recordatorio de la ilusión, que quien celebra los cincuenta años de matrimonio se gana la santificación. Que el amor eterno no es precisamente el que se profesan los esposos y que cuando el amor se acaba, se acabó sin más.
Pero a Dominga ninguna de esas sentencias le parecía verdadera, y sus razones tendría porque ella había sorteado cada año de matrimonio perdida entre los imprevistos de ser madre, esposa, amiga y ejecutiva de la vida. A veces amante, pero menos veces que las demás. Vivía con los años pendientes, con la sonrisa alquilada en un amor inconcluso que le había costado todos esos años de matrimonio estancado. Con apenas una vida que se le resbalaba entre las comidas familiares, los saludos fantoches, las visitas al santísimo y el buenas noches a su vida de mujer.
Cuando pensaba en la muerte se estremecía completa, le prometía a la vida no dejar para mañana la única cuenta pendiente con aquel amor.
Como es la vida de tramposa!, una mañana cualquiera Dominga despertó con la edad al revés, sus 52 años se le volvieron 25 y no encontró sombra mas brillante, ni zapatos mas obscenos que los que su hija mayor guardaba entre sus tesoros. Se miró en silencio y se espantó los miedos, se probó el pantalón negro que su mediana hija usaba en sus tardes de conquista, se perfumó con crema anti estrías las caderas y se sonrío.
Hurgó entre una agenda amarillenta hasta encontrar la trampa con nombre de mujer que escondía el de aquel amor y salió de casa con la lista de pendientes en la mano.
Pasó a la tintorería a dejar los pantalones del marido, pasó a firmar documentos bancarios, pasó por las mismas calles que le recordaban aquel adeudo de vida inconclusa, se compró unos cigarros para dejar de fumar y rezó una oración inventada para ganar valor.
Atravesó la explanada del parque del pueblo, se alisó la sonrisa en señal de razón, se miró en el reflejo del vitral de la iglesia y se atrevió.
Cruzó la puerta de aquellas oficinas con olor a hastío, saludó cortes como quien se conoce de años, se anunció tajante y sin respiro. Esperó.
Una mujer con cara de espanto le anunció que podía pasar.
Dominga respiró profundamente y cuando volvió a tener de frente a aquel hombre incompleto, se presentó.
- Vengo a saldar mi deuda pendiente.- Dijo mientras los años se le volvían verdad.
- Y el hombre que parecía de mil años, sonrío como sonríen los niños.
Extendió las manos y se dejó saldar.
cieloazzul.
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lunes, mayo 4

Rafaela...


Tenía en su vida tragedias de color a susto, los ojos llenos de lágrimas invisibles y una risa que por ruidosa parecía un lamento.
Se enamoró de un solo hombre que era de todas, menos de ella.
Lo amó en secreto, a viva voz, entre figuraciones y sueños, así, como se ama lo que nunca será propio.
Y se hizo de todas las astucias, las contradicciones, las explicaciones y religiones con tal de permanecer cerca de ese mismo hombre que a expreso desdén seducía a todas, menos a ella.
Rafaela se hizo niña-vieja, aceptó alargar su vida a la suerte de estar cerca de él sin estar, aceptó agradecida la presencia a medias y se secó despacio mirando a su único amor, besando a otras, amando a otras, paseándose con otras, menos con ella.
cieloazzul.
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jueves, abril 23

Hilaria...


Esa noche se besaron a medias, se tocaron con el conocimiento que los años permiten, brevemente se reconocieron.
Hicieron el amor acompañados por el canto de un grillo intruso.
Afuera llovía.
Adentro también.
Unos minutos después cada uno se acomodó sobre su isla durmiente.
No hizo falta apagar la luz.
- Feliz aniversario- Dijo él entre murmullos.
- Feliz aniversario- respondió Hilaria con una sonrisa añeja.
- Te amo- Dijeron los dos para sí mismos.
Y amaneció.
Afuera había un sol inmenso.
Adentro, no paraba de llover.

cieloazzul.
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viernes, abril 3

Manuela...

Un día Manuela despertó con la sensación de haberse muerto por fuera.
Se miró al espejo y se horrorizó al ver que sus ojos que antes eran del color del atardecer , se habían vuelto completamente blancos, que su boca estaba seca y amarilla, que el resto de su cuerpo, incluyendo el ombligo tenían el aspecto de un muerto.
Sin dar crédito a su horror, comprobó que todo lo que tocaba con sus manos de muerta estaba tan frío como su cuerpo, que el mismo piso que tantas veces caminó descalza le era insensible al tacto, entonces lo notó, flotaba.
Corrió como un fantasma por toda la casa, abriendo puertas y ventanas para sentir el aire y de paso despertar por completo de la pesadilla que le seguía aún con los ojos abiertos.
Pasó delante de sus cuatro hijos que la miraron así, como se mira lo invisible, pasó encima del perro que dormía en el umbral de la puerta y el perro ni se inmutó. Buscó al marido que se le había olvidado que existía y éste apenas la reconoció.
- Que te pasa mujer?- Dijo sin mirarla.
- Me ves? Dime me ves?- Dijo Manuela sacudiendo los brazos.
- Te veo y parece que viste un muerto- Dijo el marido sin mirar
- Exacto, lo vi- Dijo Manuela con los ojos aterrados.
Y el marido que conocía esas muertes repentinas desde hacía años, no la volvió a mirar.
Manuela insistió…
- Estoy muerta-
- Estás loca- Dijo el marido alzando los ojos para sonreír.
- No te rías, soñé que se me moría el cuerpo y mírame bien, estoy muerta- Dijo Manuela con un nudo en la garganta.
- Pues yo te veo andando y rezongando y eso los muertos no lo hacen- Dijo el marido ya preocupado por la expresión de muerta de Manuela
- Tócame, tengo la piel seca y fría, de muerta- Dijo Manuela acercándose con un dejo infantil hacia su esposo.
El marido que se había olvidado también de Manuela y del terciopelo de su piel, le quitó las ropas despacio y pasó su mano desde el cuello hasta el ombligo, entonces se horrorizó al ver que por donde pasaba su mano la piel se pulverizaba dejando a Manuela un camino de carne encendida y húmeda.
- Me lleva! Te duele? – Dijo el marido mirándose la palma de la mano, para inmediatamente pasarle ambas manos por todo el cuerpo, por entre las piernas, por entre los brazos, por los senos y la espalda, por entre los pliegues y por entre lo ya olvidado.
Manuela que se sabía muerta cerró los ojos para abandonarse al último instante de vida, apretando los dientes, los puños y la boca.
El marido pronto pasó del horror al gusto por sentir la piel de una extraña conocida. Pasó una y otra vez las manos y la lengua por toda aquella piel enrojecida y palpitante, hasta que Manuela tuvo la sensación de morirse de una vez por todas.
- Me muero!, Ahora si me muero completa!- Dijo abandonándose al instante con los ojos encendidos.
Entonces el marido, que se sabía ya viudo, cerró la puerta por dentro y después de besarle y tocarle lo que le faltaba le dio un entierro digno de resucitar.

jueves, febrero 5

Torcuata y Matilde...

Para Aleida Ruelas.
Por toda la vida.

Torcuata dejó de hablar el día que Ramiro se casó con la gorda que le daría un hijo.
Durante un montón de años había pasado su vida de parlanchina seductora en los brazos de ese hombre que por mustio y silencioso le había contado apenas una que otra pena en agonía, mientras que a ella la palabra le brotaba hasta por los poros, no tenía mejor vestido que las miles de historias que se inventaba después de cada encuentro de amor y así, pasaba del retozo a la lujuria, de la tarde al otro día y de la palabrería al otra vez.
Pero así nomás, de repente, Torcuata se calló para siempre en sus murmullos y las palabras se le fueron enroscando por los cabellos desordenados, por la fila de dientes blancos, por debajo de la lengua y por debajo de las piernas. Ni una sola palabra volvió a brotarle, ni para bien, ni para mal.
Alguna vez de tanta indigestión de palabras, Torcuata recitaba un decreto de lagrimas y entre sollozo y sollozo se adivinaba un lamento lánguido y ronco, pero inteligible.
Los meses pasaban con su letanía de palabras por la frente de Torcuata, mientras que la gorda se hacía más gorda y Ramiro se les extraviaba de entre los deberes.
Torcuata envejecía un siglo por cada silencio que pronunciaba, dejó de bañarse y cepillarse el pelo y los dientes, apenas si comía unas migajas de pan de trigo y caldos transparentes que su madre preparaba con fervor de augurios. Y nada. Ni una palabra se le escuchaba decir.
Los dientes se le pegaron, las manos se le arrugaron, y un millar de líneas le trazaron el cuerpo como si  una historia sin palabras se le escribiera de noche en noche.
No había esperanzas para Torcuata, el silencio se le había instalado de tajo y las palabras se le borraron de la mente y el corazón.
Cuando escuchó entre paredes que Ramiro paseaba orgulloso entre sus brazos un muchachito de cabellos crespos y cara redonda, dejó de comer y abrir los ojos, su cama se llenó de palabritas moribundas y toda ella se abandonó a esperar a la muerte sin siquiera pronunciar amén alguno.
Mientras Torcuata callaba, las murmuraciones llenaban el pueblo entero, una muda que moría de amor y una gorda que alardeaba a viva voz su estado civil gozoso.
Cuando Matilde se enteró de la suerte de quien había sido su mejor amiga de la infancia, se derrumbó de pena y rabia, no entendía como una mujer que había nacido con la palabra en la boca, se abandonara de esa manera por el amor de un insensato, así que se propuso devolverle el discurso y la razón.
Durante los siguientes días, Matilde pasó las tardes enteras contemplando el desastre de Torcuata, recordándole historias de la infancia y obligándola a abrir los ojos aunque fuera por educación. Nada. Torcuata abría un solo ojo y se perdía entre la baraña de cabellos opacos que le habían crecido desde la nariz hasta la espalda.
Al segundo día, Matilde puso hierbas amargas en la tina y obligó a Torcuata a meterse con todo y ropa, ahí la lavó con la devoción más tierna, le restregó cada línea que le atravesaba el cuerpo y le desenredó el cabello al tiempo de contarle las últimas nuevas de la nación.
Al tercer día, Matilde abrió las cortinas de la habitación, sacudió la fila de palabras regadas por los rincones hasta levantar una polvareda gris que hizo toser a Torcuata hasta sacudirle el vientre, un murmullo llorón brotó de la garganta de Torcuata y una esperanza redonda impulsó a Matilde a seguir.
Al cuarto Día Torcuata había vuelto a probar alimentos, abría la boca con la certeza del silencio y trituraba cada sorbo de agua y caldos con impaciencia atroz.
Al quinto día, después del baño de hierbas amargas, después cepillarle el cabello, de contarle 20 líneas menos del cuerpo, Matilde abrió la ventana y dejó que el murmullo del viento le antojara la palabra a Torcuata, quien volvía a mantener los ojos abiertos, el cabello ordenado y un brillo tímido que le hacía juego perfecto a sus treinta y tantos años.
Se pararon ambas a mirar por la ventana, Matilde no dejaba de hablar y hacer recuerdos, de repente Torcuata murmuró:
-Que se vaya a la chingada-
Matilde se estremeció de gusto pero no quiso parecer exagerada y siguió hablando…
-Te acuerdas del vecino que era un amargado? Se ha ido para siempre del pueblo….
- Así se debió haber ido éste cabrón- Murmuró con claridad Torcuata.
-Pero no se fue amiga- Dijo Matilde apretando los ojos.
Torcuata volvió a guardar silencio, Matilde habló y habló pero Torcuata no volvió a pronunciar palabra.
Pasaron tres días más, en que Matilde repetía la hazaña de abrir la ventana, para hablar y hablar de recuerdos vagos, pero Torcuata siguió en el silencio primero.
Una tarde de tantas en que Matilde recitaba inventos, Torcuata la interrumpió:

- La gorda le contará historias como las mías?-
-No lo creo, nadie como tú para inventarse historias- Respondió Matilde con un nudo en la garganta.
-Crees que aún me recuerde?-
-Supongo que si- Volvió a responder Matilde con un vacío en el estómago
- Yo le hubiera dado un hijo, de haber sabido….- Dijo Torcuata separando algunas hebras de cabello que le tapaban los ojos…
-Pero se lo puedes dar a otro, ni que fuera el único, no jodas Torcuata..-
-Para mi lo era…hijo de su madre- Sentenció Torcuata con la misma gravedad con que contaba un cuento.
-Vendrán otros, aunque si te quedas en ésta piltrafa que te has impuesto, estará difícil..- Dijo Matilde con la picardía de una santa.
-Tenía las nalgas tan lindas….- Dijo Torcuata con media sonrisa
-Habrá más lindas, te lo aseguro- soltó Matilde con media carcajada.
-Tenía el pilín horrible- Dijo Torcuata apretando la risa
-Hay mejores, te lo juro- Dijo Matilde acalorada de risa
-Roncaba…- Dijo Torcuata mirando a Matilde resoplar de risa
-Pobre pendejo- Dijo Matilde alzando los brazos en señal de triunfo.
-Pendeja yo, que me morí por días…- dijo Torcuata dejando ver su rostro sin silencios…
-Menos mal que resucitas- Dijo Matilde estrechándola en un abrazo largo
-Menos mal que te tengo amiga mía…- susurró Torcuata con la palabra bendita
Al día siguiente Torcuata amaneció con el fulgor de los treinta y tantos, con miles de palabras brotándole por los ojos, la boca y la entrepierna, con una sonrisa de estreno y su amiga de la infancia dispuesta a reír a la par de la misma historia de aquel Ramiro insípido, contada mil veces hasta aburrirse de simplezas…
-Ni que valiera la pena callarme tanto- Dijo una tarde Torcuata a Matilde.
-Pues lo fue para casi matarte de silencios - soltó Matilde como pólvora
-Ya ni me acuerdo de sus nalgas…tan lindas- susurró Torcuata con un mohín de picardía
-Búscate unas nuevas, verás que hay mejores…- Retó Matilde al tiempo de proclamarse héroe.
-Busquemos…- Recitó Torcuata con la gratitud de la palabra envolviéndole el mañana...
cieloazzul.
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Cuento ganador
31/Dic/2009

sábado, enero 3

Silvana...



Se despidieron sin lamentaciones,
como se despiden los amantes que auguran un mañana sin futuro...

Cuando Silvana se dio cuenta que no volvería a tener entre sus despertares la clandestina manera de sentirse amada, se enroscó bajo las sábanas y lloró como llora un delincuente inexperto.
Por primera vez en 9 años de dividir su corazón, estaba convencida que no había más destino que el que ya se había escrito.
Durante muchos años se había imaginado el final de su descaro, durante muchos años también había sorteado el silencio del rumor bajo sus ademanes de dama antigua, durante más días se había lavado con hierbas perfumadas el rastro indeleble de aquel cuerpo que le encajaba a la perfección desde el ombligo hasta sus pensamientos. Durante noches enteras se arrullaba con el recuerdo de cualquier tarde improvisada repleta de besos y fantasías, cerraba los ojos y acompañada de la respiración de quien dormía a su lado se abandonaba a su único pecado sagrado, no había penitencia más eficaz que el despertar de cada día con la prisa de volver a pecar.
Silvana tenía la estampa de las mujeres que han vivido mil vidas, una mirada inocente y manos de cortesana, caminaba como quien busca donde sembrar sus sueños y sonreía con una precisión tal que era capaz de apagar cualquier infierno, en cambio él, tenía la conversación de un forastero, la mirada curiosa y las manos redondas, la palabra le brotaba en cada paso y su sonrisa era como un relámpago de madrugada.
Se habían conocido como se conocen los amantes, en medio de un caos de emociones intimas y una búsqueda implacable por la realización, se habían encontrado en el momento justo en que ella necesitaba quien le mirara en silencio y él a quien mirar, se habían reconocido en el mismísimo instante en que él le aplacó la soberbia con un beso arrebatado.
Se habían ido queriendo de a poquito, como se quiere lo que se va hilvanando a fuerza de coincidir, y se quisieron hasta sentir que la querencia ya no les alcanzaba para comenzar a sentir amor, del amor pasaron a conquistarse los miedos y de los miedos pasaron a la confusión.
Cuando se dieron cuenta que el rumbo se les había extraviado, se buscaron entre los pliegues una razón más para continuar, pero el amor a medias se les había vuelto incompleto, las palabras vagas, los besos tibios y el mañana sin noche; entonces, el dolor se les plantó en la boca y el adiós en el corazón.
Cuando Silvana lloró la última lágrima con su nombre, un relámpago atravesó sus pupilas.
entonces, le amaneció....sin su gran amor.
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lunes, diciembre 15

Eufemia...


Eufemia despertó con sus cuarenta años por fuera y una revolución adolescente por dentro, se miró al espejo y se contó las veinte arrugas de cada lado de los ojos que en perfecta ecuación de suma le resultaban los 40 años de vida puritana...
Se bañó despacio tratando de comprender porque en ese preciso día de su cumpleaños ella sentía la nostalgia de la juventud lejana y la amargura de los años que dicen, deben ser sabios...
Desnuda frente al espejo, se miró las carnes con apenas un brillo amarillento, una que otra línea añeja cruzándole el vientre abultado y se detuvo en sus casi redondos senos que en los años mozos le enmarcaron el corazón.
Se miró el cabello que alguna vez le causó envidia a la luna y se sonrió de lágrimas al descubrirse una cascada de cabellos blancos revueltos entre sus ondas castañas. Siguió contemplándose desnuda, ruborizada por el pudor del descaro por mirarse, se miró los muslos que ahora eran flácidos y sin tibieza, y observó el ensortijado que salía de entre sus piernas, tan negro como se tiene en la mitad de su ahora, entonces, se estremeció de gusto por saber que la juventud apenas se le estaba anunciando.
Tenía 20 años de casada con Diógenes del Valle, un hombre con el sabor del campo y aroma a yerba, de pocas palabras y muchos silencios, de grandes sonrisas y mayores disgustos, de manos torpes, de dientes blandos, de ojos pequeñitos, costumbres arcaicas y sexo primitivo.
Con él, los días pasaban sin apuro alguno, los pocos imprevistos que se daban en el año pertenecían al clima y las noches de los días se diferenciaban por las maneras en que los trastos se ponían sobre la mesa.
Eufemia se había dado a la vida de esposa por herencia de costumbre, mientras que Diógenes se adornaba la vida pregonando que además del apellido a esa mujer le daba casa, vestido y sustento. Así nomás, el resto de los deberes se daban por la gratitud santa del cuerpo.
Pero Eufemia sabía que entre todas las veces que los deberes se daban, el rubor de sus mejillas y la humedad de sus rincones se las debía al recuerdo de aquel hombre que por efímero y audaz, le correspondía la única ocasión en que el placer le había apretado el cuerpo, las caricias y el recorrido del cuerpo eran ciertamente la antesala al paraíso.
Y ahora, que los cuarenta años le anunciaban una nueva década para estrenar, se reconocía mujer a medias, reina sin reino, templo sin Dios, años sin causa.
Se vistió despacio, con el peso de las culpas y los temores, con el temblor de las ansias maduras, con la contradicción de lo prohibido, con la aventura de lo desconocido, con el impulso del sexo y la sensación de lo sentido.
Rezó un Ave María para el perdón eterno, besó el recuerdo de la promesa del para toda la vida, se buscó el mechón de cabellos plateados y los trenzó en un moño, contempló el surco que le lucía en el escote y por primera vez reconoció estar en el lugar equivocado y lejos del hombre añorado.
Guiada por el rumor de su entrepierna y el susurro de sus verdades, tomó un suéter color malva, calzó sus zapatos de abuela recién estrenada y salió dispuesta a encontrar aquel orgasmo que le celebraría la vida.
cieloazzul.
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domingo, noviembre 30

Benigna...


Benigna tenía la piel de aceituna y los ojos de media luna, caminaba como caminan las mujeres que cargan durante toda su vida los menesteres de esposa. Por que ella nació para ser esposa. Y por eso disfrutó los cinco maridos que se cargó a lo largo de su vida.

Cuando apenas cumplía los 18 años se enamoró perdidamente de un hombre pequeñito y risueño, que no tenía más herencia que un perfil de Dios romano y un resplandor en cada mano.
No hubo forma de persuadirla, Benigna sabía que con ese hombre debía de compartir el resto de su larga vida y se lo quedó.

De aquellas manos Benigna quedó embarazada en la primera noche que le pasearon el cuerpo.
Y cuatro veces más, Benigna se embarazó con el recorrido contento de aquellas manos por sus rincones aceitunados. Siempre supo que esa herencia había de hacerle la vida segura y las hambres saciadas. Vivió entregada a los cinco hombres que la compartían con generosa querencia, tenía besos de tamaños distintos para cada uno y caricias de distinta temperatura. Según la ocasión.

Se vestía de colores distintos según cada uno de sus hombres necesitara de amores y un solo aroma a jazmín para dejarles apenas un rastro inolvidable en cada cercanía.

Benigna nunca se quejó de las prisas que le provocaban los cinco hombres que la tenían cautiva, sonreía con un dejo de ternura cuando el cansancio se le instalaba entre las costillas y la planta de sus pies hinchados, y se dejaba reclamar por cada uno de los cinco hombres que le pisaban la sombra.

Una mañana de primavera lluviosa, Benigna se sintió dichosa por cada uno de los hombres que la vivieron, y entre sus 68 años se le escurrió por primera vez una nostalgia salada que la hizo llorar. Recordó a cada uno de sus hombres como la patria recuerda a sus héroes, y fue de uno a otro saltando entre sus amores hasta sentirse pletórica de felicidad.

Definitivamente a los cinco los quería por igual pero de maneras distintas, al mayor lo quería por ser el primero, por su perfil de Dios griego y su herencia deliciosa, por sus manos resplandecientes, y aquellos ojos de niño solitario que cada noche le cobijaban el rato. Al segundo lo quería como se le quiere al primogénito, como se le quiere al primer sol de las mañanas y al caldo de pollo de los resfriados. Al tercero lo quería porque tenía en las manos el resplandor del primero, los cabellos necios y la voz de soldado herido. Al cuarto lo quería por su espíritu risueño, por ser como las tempestades y los amaneceres anaranjados, por hablar indecencias y pelear por todo, pero más por sus caricias. Al quinto lo quería por su color a aceituna, por tener el dedo gordo del pié más corto que los otros cuatro. Como el de ella. Y por que sus besos eran lo más parecido al perdón.

Benigna sintió entonces una pena muy grande instalársele en el pecho, pensó en los años que le quedaban para seguir cumpliendo con sus menesteres de esposa y en lo que la vida le multiplicaba cada vez que uno de sus hombres se dejaba acunar entre sus ojos de media luna. Lloró despacito pensando en que esposas como ella quedaban pocas, lloró un poco más fuerte pensando que hombres como los suyos no alcanzarían para aquellas pocas esposas que quedaban, lloró casi hasta el ahogo cuando se dio cuenta que no había dejado escrito y firmado un instructivo para dejar la ropa de cama perfumada, el caldo de pollo con sabor a remedio para los dos mayores, el arroz picosito y esponjado para los dos siguientes, la gelatina de anís para el más pequeño, la mezcla de jabón y una pizca de almidón para las camisas blancas, el punto cangrejo para zurcir calcetines, la cantidad de agua para los frijoles de olla y la medida exacta para el café con sabor a canela. Lloró con apenas un hilo de lágrimas imaginando que no podía morirse sin haber encontrado una buena esposa para todos juntos, o todos juntos para una buena mujer. Sintió apenas un poco de celos pensando que cualquier otra pudiera quedarse con sus cinco hombres sin haber siquiera aprendido a poner al sol cada una de las camisas de mangas largas sin estropearles el cuello almidonado, sintió rabia de imaginar otros ojos de media luna mirando a sus cinco hombres despertar un domingo cualquiera, sintió una amargura filosa imaginando lo que imaginaba y entonces se enfureció.

- Ninguna mujer como yo- se dijo como quien se consuela a si misma.

Entonces se puso de pié, se limpió las lagrimas y el cansancio. Abrió un cuaderno de pastas verdes y lo partió en cinco partes iguales. Escribió el nombre de cada uno de sus hombres y comenzó a escribir seguido de dos puntos:
Para los frijoles de olla se necesita…

cieloazzul.
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domingo, octubre 26

Angélica...


Después de un silencio largo y amargo, ambos decidieron dejarle a la suerte su destino…
Y no pasó más de un atardecer para que el mismo destino se volviera hacia ellos y les encontrara a media calle y con los ojos perdidos en el mismo pensamiento…
Sobre ella caía un manto de nostalgia dorada, sin embargo, el mirarle en ese intempestivo momento le hizo sonreír como quien enciende un cirio, en cambio él, tenía la barba crecida, la sonrisa invisible y un halo de abandono que antojaba a arroparlo como a un recién nacido…
Después de mirarse, sin más, se saludaron como en los viejos tiempos en que fueron los mejores amigos, para después sentir esa descarga de luz que vino cuando se hicieron los mejores amantes de sus tiempos, para finalizar con ese escalofrío que quedaba desde que se habían vuelto invisibles el uno para el otro.
Y se saludaron como quien se sabe de memoria las respuestas, anticipándose al presente que ya no les pertenecía y arañando con la astucia de un niño un futuro con nuevas aventuras, se parafrasearon como en los viejos tiempos y se aspiraron entre la gente que pasaba a su lado esquivando el perfume de los reencuentros.
- Te veo tranquila- Dijo él recorriéndola con los ojos…
- Lo estoy- dijo ella urgiendo una sonrisa…
- Me alegra, por ti, lo mereces- dijo él soltando un suspiro…
-También tu mereces estar bien..- dijo ella lanzando un decreto..
- Sin ti….no veo como…- Dijo él mirándole la boca…
-Así las cosas, todo tiene un para bien..- Dijo ella reprimiendo un lamento..
- Tu eres mi para bien… te invito un café..- dijo tomándola de la cintura para llevarla al café que parecía les esperaba con una mesa.
En ese café había puros hombres mayores, algunos se acompañaban con una partida de dominó reñida y silenciosa, otros más, discutían sobre las últimas reformas inútiles del gobierno, en una mesa cercana un hombre de hombros cansados y zapatos bien lustrados parecía conversar con su taza de chocolate y dos piezas de pan dulce, en una esquina dos más parecían recordar tiempos no gratos, el aroma del lugar era extraño, olía a tabaco añejo, a vejez solitaria, a experiencia y saberes, también a orfandad.
-Me gusta haberte encontrado- Dijo él casi susurrando…
-A mi también- Dijo ella apretando un beso…
- Aún no entiendo que fue lo que nos perdió..- Dijo él en un reclamo
-La prisa..- Dijo ella como acariciando la excusa…
- Cual prisa-
- La de amarnos sin tiempo ni tregua, la indisoluble manera de querer estar sin estar… en fin, que caso tiene ya…- Dijo ella mirando al hombre solitario…
- Aún me amas?- Dijo el atravesándole el alma…
- Siempre…- Dijo ella casi para si misma…
- ¿Entonces?, ¿Tu crees de verdad que nuestro amor se terminará así nada más, por que no estemos juntos?-
- No..-
- Entonces por que amarnos sin estar, cuando podríamos amarnos estando juntos-
- Porque no estábamos juntos, y porque… así debía ser…-
- ¿Según quien?,¿ el oráculo?- Dijo él con los años encima…
El hombre más cercano a ellos giró su cabeza para mirarles, detuvo su mirada en él por breves instantes, para parsimoniosamente pasar a los ojos de ella y con una leve inclinación de su cabeza, le sonrió… Ella sintió en esa mirada, un montón de cariños olvidados, un impulso de aferrarse a sus sueños y una fuerza inquebrantable que tenía días extrañando…
-Por que no podemos estar juntos…- Volvió a preguntar él
-Tu crees que sea posible con todo lo ya vivido?-
- Yo creo que nos amamos y bien vale la pena volver a comenzar…- Dijo él con los ojos infantiles.
- Y después?- Dijo ella sorbiendo su café ya frío…
- Después…vendremos a éste café y seremos la única pareja de ancianos besándose y comiendo del mismo pastel…- Dijo él con la sonrisa más tierna…
-Acepto..- dijo ella acercándole los labios…
Pidieron la cuenta mientras se murmuraban con caricias y sonrisas, retomando un aire nuevo y fortalecido, hasta que les interrumpió el mesero con una pequeña charolita y un papel que no tenía pinta de factura… en un retazo de papel amarillento, unas palabras con caligrafía perfecta se leían…

"Hace más de 45 años entré con la que fue el amor de mi vida, eran otros tiempos y el miedo nos venció…
Hoy hace 9 años que ella murió y no logro reponerme de no haber luchado por nuestro amor. Sean felices y punto
. "

Al tiempo que el mesero recogía los sobres de azúcar y les notificaba que la cuenta había sido pagada, él leía en voz alta el mensaje y le apretaba la mano en señal de promesa...
Entonces, ambos sintieron la fuerza suficiente para salir tomados de la mano a recuperarse…
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sábado, agosto 2

Cecilia.


-Algún día deberás encontrar una novia- le dijo Cecilia al hombre con quien había compartido la mitad de su vida de mujer casada.
- No la necesito- respondió él con la convicción más tierna.
-Pero sucederá- Dijo Cecilia frunciendo la lagrima y escondiendo la colérica idea de perderle.
- Así estoy bien- respondió él como quien tira una burbuja de jabón al destino.
- Y yo me moriré de tristeza- Dijo Cecilia con una sonrisa llorona.
- Tú lo tienes a él- dijo él con un aire de reclamo inevitable.
- Y tu me tienes a mi- Dijo ella disculpando su pecado.
- Yo te amo-dijo él, rozándole el alma.
- Y yo a ti - dijo Cecilia sonriéndole a los ojos.

Habían pasado toda la vida amándose, aún sin conocerse. Tenían la firme creencia que en alguna otra vida ambos habían vivido un amor de historia. Quizá por eso llevaban tantos años brincando la suerte de dejarse y reencontrarse, habían probado toda suerte de olvidarse y terminaban siempre recordándose. Más veces habían tenido que culparse, que terminaban siempre perdonándose. Y así, el amor se les pegaba al cuerpo, a los sueños y a la realidad de estar sin estar.

- ¿Tu crees que algún día estaremos juntos para siempre?- Preguntó Cecilia una tarde de tantas en que se encontraban a tientas y con caricias.
- Si – respondió el con la mirada ausente.
- ¿Tu crees que podremos vivir juntos, después de vivir tantos años a pausas?- dijo Cecilia buscando el punto en el que él tenía perdida la mirada.
- No lo sé, en eso mismo pensaba- dijo él besándole los labios.
- Y no lo creo – Dijo Cecilia sentándose en el borde de la cama.
- ¿Tu que crees?- dijo él mientras le miraba la espalda.
- Que encontrarás una novia- dijo Cecilia con los ojos cerrados.

- Tal parece que eso quisieras- soltó él con media sonrisa.
- Y me muero de celos-respondió de tajo Cecilia como incendiada por dentro.
- Deja de pensar en eso, no ando buscando novia, y si sucede, pues sucederá-
- Mira tu que cabrón- soltó Cecilia creyendo firmemente la sentencia.
- ¿Que harías?- dijo él alargando el juego.
- Te mentaría la madre toda la vida- prometió Cecilia como quien jura un “para toda la vida” .

- ¿Y si tenemos un hijo?, yo quiero tener un hijo contigo- dijo él como quien escribe una carta a los reyes magos.
- ¿Para que quieres un hijo?-dijo ella como quien se atraganta con el viento .
- Para que si algún día nos dejamos, te quede un recuerdo mío- Dijo el otro tan fresco como el sereno.
- ¡Que huevos los tuyos! Y yo para que quiero un hijo sin padre?- respondió Cecilia retando la propuesta.
- Para que me recuerdes siempre- Dijo él con una sonrisa de héroe.

- Mejor tenemos al hijo y nos vamos a vivir lejos de aquí-dijo ella imaginándose en exilio.

- Cancún?- dijo él planeando la huida.

- Cancún no, allá está la lagartona que quiere contigo- Dijo Ella frunciendo la boca.

- Los cabos?- soltó el aventurero.

- Los cabos no, está muy lejos y es carísimo- respondió Cecilia con una sonrisa austera.

- La luna?- dijo él acariciándole la mano.

- Allá no, porque están tus papás y no me quieren por ser casada.- dijo Cecilia con nostalgia agridulce.

- Entonces nos quedamos aquí- dijo él atrapándola en un beso largo.
- Pero encontrarás una novia – dijo Cecilia mordiéndole los labios.

- Ya te encontré a ti, ¿Quieres ser mi novia?- dijo él como quien resucita a un muerto.
- Para siempre-
dijo ella con una sonrisa de novia eterna.
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viernes, junio 27

Valentína...

Porque existe en el mundo
una esperanza definitiva...
el amor con capacidades diferentes...


Después de tanto tiempo haber estado viviendo en un cuerpo específico, y amado al amor, se encontró cualquier mañana con unos ojos distintos, con un cuerpo distinto, con una voz distinta, pero el mismo corazón…
Valentína tenía en su historia, secretos y desventuras, una simplicidad de manías y hábitos arrancados de un ancestral árbol genealógico de frutos diversos y una distinción especial para ser simplemente ella…
era hermosa por que su nombre le imprimía ese aire misterioso y contradictorio para quien se llama de semejante manera y habita un cuerpo rellenito, con una cabellera escasa y un encanto agridulce entre los ojos.
Su nombre nunca necesitó de un apellido que le diera condominio en esa sociedad que se proclama perfecta, mucho menos necesitó de un mote de cariño para llamarla aún en los momentos de más urgencia de cariño, Valentína era así completa, sin abreviaturas ni medias tintas.
Cuando nació, todos pensaron que era un castigo de ese Dios que no hay que olvidar que castiga, incluso su propia madre culpó a la luna que ese mismo Dios había dotado de hechizos malditos, nadie aceptó las culpas, pero tampoco nadie se indultó, entonces fue más fácil responsabilizar a los ausentes, a la ciencia, a la genética, al horóscopo y así cerrar los ojos a la realidad.
Creció como crecen las personas diferentes, entre ruidosas murmuraciones y falsa conmiseración, creció en un mundo donde lo fácil se confunde con lo sencillo y los silencios con la comprensión.
Pero a Valentína la vida le sonreía aún en los momentos más amargos, la misma diferencia que para el resto del mundo significaba tormentos para ella representaba la magnificencia del amor. La sensualidad y el amor tenían lugar en su vida desde que tuvo conciencia de su ser como mujer, así que para ella, una caricia no provocaba el mismo efecto que en cualquier otra, Valentína se incendiaba con la simple caricia del aire trémulo que le rozaba las pantorrillas como también en el mismo acto natural de orinar.
Se hizo mujer una mañana de primavera, mientras jugaba entre ruidos y eminentes descargas emotivas, y con el mismo silencio con que se le trató siempre, se le confinó durante 5 días naturales dentro de una habitación apenas iluminada y se le procuró lo necesario para sobrevivir.
-Habrá que cuidarla de los lobos marrulleros-, dijeron las interesadas en el porvenir de Valentína, mientras los lobos marrulleros se relamieron los bigotes aguardando la luna llena de cada mes.
Pero a Valentína 5 días y una hora significaban lo mismo, su mundo interior era suficiente para hacer de un insignificante zumbido de insectos, una banda sonora de alta fidelidad.
Ella amaba redondamente como su cuerpo crecía, amaba todo lo que miraba, todo lo que sentía, todo lo que cruzaba por sus capacidades diferentes y su característico humor y miraba sonriendo al igual que los ruidos que su garganta emitían, Valentía crecía y con ella crecía el amor.

Pero un descuido se vive a diario y Valentína fue descuidando sus horas de juego con los ruidos de los insectos para comenzar a jugar con los rostros que iban y venían por las calles de su pueblo, se sentaba en la esquina del parque y dejaba que el tiempo le llevara hasta sus ojos la diversión.
Fue así como aprendió el tránsito de cada persona, la hora exacta en que se iba y la hora exacta en que se retornaba, el instante en que la iglesia se quedaba vacía y el momento en que dos se besaban para seguir en sentido contrario, fue así como descubrió que los hombres la miraban y las mujeres la evitaban, y también fue cuando se dio cuenta que la soledad duele y la compañía antoja.
Poco a poco comenzó a sentirse sola, a desear conversar y sentirse acompañada, a intensificar querencias y desterrar miedos, a conocer emociones y darles nombre, pero sobre todo a sentirse mujer con deseos especiales y necesidades terrenales.
Fue así como aprendió a mirar a Tomás, el único hombre que la miró con ojos misericordiosos y simpatía con aroma a pan, el único que detenía su apresurado rumbo para saludarla llamándola por su nombre, y se sentaba junto a ella mientras ambos compartían las migajas de una charla gutural explicita. Fue Tomás quien le rozó el ante brazo con una carcajada y le torció los ojos de puro reír. Y fue Tomás quien le permitió florecer en sus desvaríos especiales como si la naturaleza no necesitara de un certificado de buena razón.
Y la gente se hacía la ciega, y los pecados se hicieron ignorar, y la vida se detenía en cada tarde que Valentína se volvía invisible y Tomás su dibujante.
Para los más santurrones las leyes celestiales se estaban provocando, para los más ilusos todo se trataba de una experiencia subnormal, para los más libidinosos se trataba de una demente calentura, para los ignorantes nada sucedió, para los más sensatos esto debía suceder así… mientras que para Tomás y Valentina se trataba de hacer el amor sin prejuicios de ninguna clase, perdonando las culpas del mundo entero en cada beso envuelto en sinrazón, esculpiendo la natural simpleza de encontrarse en un mundo de diferencias disfrazadas que buscan encontrarse aceptando simplemente: EL AMOR.
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sábado, marzo 22

Amantes...

Para cuando se hizo de día el amor se había convertido en una paloma de alas doradas, con ojos brillantes y el corazón hinchado de ansias de libertad….

Había una sola razón para que los amantes se existieran y era la verdad absoluta de saberse uno para el otro, la levedad de lo imposible sobre lo posible y la incongruencia del deber sobre el ser…por eso, amantes como siempre, se prodigaban silencios en forma de besos y frazadas de palabras como caminos florecidos, no había más que el explosivo deseo de existirse aún en las tantas muertes que en las noches les rondaba junto a la distancia del cuerpo.

Amigos fueron siempre que la razón se les dormía, entonces el parloteo de un cotidiano se les venía encima entre saltos de conciencia, el simple tacto de los sentidos era suficiente para existirse y prolongarse, no había más que dejarse invadir por el invisible capricho de pertenecerse para evolucionar en forma de tiempo hacia el mañana.
Hermanos fueron siempre que la sangre se les amalgamaba en un torrente de añoranzas, cuando se reconocían hijos de un mismo universo en el cual los ojos y la sonrisa tenían la misma carga genética del sol, cuando la caricia y el ombligo la misma tersura de la tierra, cuando el deseo se les convertía en fluidos de caramelo y les bastaba saberse hijos de un mismo tiempo.

Esposos fueron cuando había que permanecer a una sociedad de apariencias disfrazadas, cuando en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en lo prospero y en lo adverso había que prolongarse, cuando en la cotidiana rutina el beso de despedida y el abrazo de “buenas noches” bastaban para saberse núcleo de armonía.

Pero amantes fueron siempre que se amaron en plenitud de querencias, en la evolución de la existencia compartida, en la diáfana conquista de un minuto más para sentirse y en el minúsculo instante de un adiós irrevocable.

Amantes fueron siempre que se reconocieron, con el pan y el vino en comunión de lo prohibido, con el perdón sin arrepentimiento y la indulgencia en el destino.

-Tan lejanos-, - tan desconocidos-
- tan cercanos-, - tan conocidos-
-Tan ellos-

Amantes fueron siempre que se complacieron, en la caricia del hijo, en la mirada del anciano, en el llanto del recién nacido, en la lagrima del duelo, en la madrugada con miedo y en el crepúsculo del mañana.

Amantes fueron en el beso delincuente, en el roce indecente que les despertaba el instinto, en el darse a cuenta gotas para beberse en manantiales, en el orgasmo redondo que se alargaba en el infinito, en el sudor que como un bautizo nuevo los redimía, en el frotarse hasta tatuarse la carne con el siempre de un jamás, hasta olvidarse de los finales inevitables y renacerse.
Amantes, amigos, amantes, siempre amantes, en el verbo, en la palabra, en el silencio y en el mismo instante en que se reconocieron.

Amantes... hasta aquel día en que se hizo de día y el amor se había convertido en una paloma de alas doradas, con ojos brillantes y el corazón hinchado de ansias de libertad y AMOR.

cieloazzul.
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sábado, enero 26

Antonia...

Gracias Antonia.
Por regalarme tu locura
y despertar mi inspiración...
Antonia se repartía entre miles de sensaciones mundanas, como canario herido se dejaba abrazar por pecaminosos lamentos hasta quedar exhausta y vacía de antojos dementes.
Su delirio se extendía en las noches más oscuras, en los fríos más helados y las puestas de sol más incandescentes, así nomás, se le instalaba en el centro del pecho un fueguito de cinco flamas que se le alargaba en espiral hasta salirle por las pupilas. Odio enamorado le resbalaba por los caireles maltrechos que le quedaban aún con algunas ramitas de azares blancos que conservaba como estatuas sangrantes.
En un rincón de sus cuatro esquinas dormía carcomido por el tiempo aquel vestido blanco de encaje antiguo con sus 60 botones nacarados simulando una espina dorsal perfecta, un albo tul coronado por diminutas perlas en forma de lágrima y un pergamino manchado de ira y sinrazón.
Desnuda como ninfa exiliada se paseaba por las cuatro paredes que la mantenían alejada de todo embiste humano innecesario desde que Ignacio Langaruto había caído muerto de un entuerto al intestino justo en el momento en que había de pronunciar ante el altar el “si acepto” sin siquiera haberle desposado el dedo anular y atravesarle el nombre con un apellido tan jocoso.
Desde entonces, la habían considerado una viuda santa, una santa loca, una loca virgen.
Y toda ella, desquiciada y atolondrada, se dejaba atravesar por ese fueguito de cinco flamas para encontrarse con la cordura frente a frente y decretarse en un idioma casi angelical un casamiento de alcurnia y agasajo, para después, desnuda como una ninfa purificada tararear un vals con ritmo de réquiem mientras sus mejillas encendidas y pudorosas le pintaban el rostro de conmiseración.
Los años le guardaban un respeto lastimero, algunas arrugas se le fueron instalando en la nuca y detrás de las rodillas, otras más atrevidas formaron pequeñas rosetillas en la comisura de los labios, una más, le atravesó el pecho en forma de la inicial de Ignacio para dibujarle un arroyito coquetón, y así, como partida en dos, Antonia se dividía entre la razón y la locura, entre el odio y el amor, entre el sueño y la vigilia, entre la muerte en vida y la vida moribunda, entre el manicomio como hogar y la casa de su infancia como refugio en las navidades.
No había de otra, o seguía preservando la honra del destino o se decidía a aceptar los infortunios inmerecidos y le daba a los años pendientes una segunda oportunidad.
Una mañana cualquiera, Antonia decidió enfrentar al mundo, salir de ese limbo de cuatro paredes e incendiarse de una buena vez en una sola llamarada.
Justamente el día que se cumplían 6 años de aquella muerte compartida Antonia despertó entre esas cuatro esquinas sin gritos y temblores, sintió pudor de danzar desnuda , sintió un frío obsceno erizarle los pezones, un vacío profundo en la boca del estómago y recordó su nombre completo sin agregarle sonidos de ultratumba.
Miró un cristal de humo que siempre le había parecido un amanecer incandescente y lloró hasta bañarse completa, dispuesta a recomenzar.
Nunca se supo cual de todos las sustancias intravenosas le devolvió la razón, ni siquiera consta en expediente alguno la terapia eficaz que le devolvió a la vida, mucho menos detalles cercanos de lo que la vida le remuneró, la única evidencia de que esta historia sucedió, es que Antonia ahora acuna entre sus brazos longevos a su quinto nieto, primogénito de su tercer hijo, llamado Ignacio y nunca antes había estado tan cuerda como para contarlo.

cieloazzul.
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jueves, diciembre 20

Aurora...

Toda ella era una caricia al deseo, un pecado imposible y una prohibición latente en cada sentir, Aurora tenía en su andar de gata un rastro de lamento ahogado que la vestía de orgasmo de caramelo y antojo por sentir.
En su andar cotidiano se le resbalan todos los recuerdos, los abrazos y las despedidas obligadas que la vida arrastra, amores de todas edades le anidaban en el vientre y besos inventados le abrazaban soledades.
Un amor con todas sus letras le escurría por las tempestades hormonales y tantos más sentires le ahogaban aquel recuerdo con nombre largo y extranjero que le permanecía.
Cada Diciembre Aurora se disfrazaba de adviento y se permitía retornar al mismo escenario en que vivió la única noche buena que las tradiciones no cuentan, así, cada celebración le dejaba un sin fin de lagrimas ácidas y corrosivas.
La misma noche en que el mundo entero celebra el nacimiento del redentor, Aurora abrazaba con sus muslos la cadera de su salvador, pariendo entre gemidos y un compás musical el único amor al cual celebrar navidad tras navidad justo cuando el alba atravesaba su entrepierna con el cometa fulgurante del sexo de su redentor.
Entre paja y pesebre, un amor universal se arrullaba en un suspiro eterno, en una larga existencia moribunda como testimonio del verdadero amor que muere y resucita en cada evocación.
Aurora sabía que a pesar de los silencios y la locura de su sacrilegio no habría Navidad más sentida que la que el nacimiento de un amor santificado y pecador.
Como una virgen exiliada de su propio paraíso, como un mortal arrebatado por las penurias, ellos dos, Aurora y su redentor con nombre largo y extranjero se prometieron atravesar el desierto de sus soledades saltando sortilegios y relámpagos amenazantes, pidieron mil veces posada en los corazones huérfanos, bebieron lagrimas con sabor a imposibles, comieron de sueños mancos que les indigestaron la esperanza y se ofrecieron mustiamente al crepúsculo de la nochebuena con el frío de lo inevitable vistiéndoles el cuerpo y el fuego divino haciendo hoguera en sus sexos encontrados.
Un portal desvencijado con una sola ventana al patio trasero de un cementerio de cachivaches, un pesebre oxidado con rechinidos musicales, un frío colándose por las rendijas de lo precario, el hambre de todos los niños del mundo y la esperanza vestida de razones, una mula de papel maché y un gallo de barro despintado que no cantó tres veces ni una, un sequito de mortales transitando por el callejón de al lado y tres reyes magos extraviados en un bar de mala muerte fueron los únicos testigos y evidencias de la historia de éste invierno, en donde ellos dos, pintaron el horizonte del medio oriente de sus deseos, dejaron rastros espolvoreados en el silencio, se prolongaron en un oración sacrílega para celebrarse en presencia o en ausencia cada navidad ajena y propia y morir para siempre.
Aurora retiene aquella navidad única en su vida, la celebra en soledad con el recuerdo encendido, se arrodilla en señal de absoluta condena y se llora entera, sin su redentor de carne y su virginal promesa.


Feliz Navidad queridos amigos y amigas,
que éste nuevo 2008 nos replete de sentir, de amor, de bienestar y compañía!
Gracias por un año más en travesía y cariño.
Les quiero con todo mi corazón.
cieloazzul.
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