sábado, enero 3

Silvana...



Se despidieron sin lamentaciones,
como se despiden los amantes que auguran un mañana sin futuro...

Cuando Silvana se dio cuenta que no volvería a tener entre sus despertares la clandestina manera de sentirse amada, se enroscó bajo las sábanas y lloró como llora un delincuente inexperto.
Por primera vez en 9 años de dividir su corazón, estaba convencida que no había más destino que el que ya se había escrito.
Durante muchos años se había imaginado el final de su descaro, durante muchos años también había sorteado el silencio del rumor bajo sus ademanes de dama antigua, durante más días se había lavado con hierbas perfumadas el rastro indeleble de aquel cuerpo que le encajaba a la perfección desde el ombligo hasta sus pensamientos. Durante noches enteras se arrullaba con el recuerdo de cualquier tarde improvisada repleta de besos y fantasías, cerraba los ojos y acompañada de la respiración de quien dormía a su lado se abandonaba a su único pecado sagrado, no había penitencia más eficaz que el despertar de cada día con la prisa de volver a pecar.
Silvana tenía la estampa de las mujeres que han vivido mil vidas, una mirada inocente y manos de cortesana, caminaba como quien busca donde sembrar sus sueños y sonreía con una precisión tal que era capaz de apagar cualquier infierno, en cambio él, tenía la conversación de un forastero, la mirada curiosa y las manos redondas, la palabra le brotaba en cada paso y su sonrisa era como un relámpago de madrugada.
Se habían conocido como se conocen los amantes, en medio de un caos de emociones intimas y una búsqueda implacable por la realización, se habían encontrado en el momento justo en que ella necesitaba quien le mirara en silencio y él a quien mirar, se habían reconocido en el mismísimo instante en que él le aplacó la soberbia con un beso arrebatado.
Se habían ido queriendo de a poquito, como se quiere lo que se va hilvanando a fuerza de coincidir, y se quisieron hasta sentir que la querencia ya no les alcanzaba para comenzar a sentir amor, del amor pasaron a conquistarse los miedos y de los miedos pasaron a la confusión.
Cuando se dieron cuenta que el rumbo se les había extraviado, se buscaron entre los pliegues una razón más para continuar, pero el amor a medias se les había vuelto incompleto, las palabras vagas, los besos tibios y el mañana sin noche; entonces, el dolor se les plantó en la boca y el adiós en el corazón.
Cuando Silvana lloró la última lágrima con su nombre, un relámpago atravesó sus pupilas.
entonces, le amaneció....sin su gran amor.
cieloazzul.
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lunes, diciembre 15

Eufemia...


Eufemia despertó con sus cuarenta años por fuera y una revolución adolescente por dentro, se miró al espejo y se contó las veinte arrugas de cada lado de los ojos que en perfecta ecuación de suma le resultaban los 40 años de vida puritana...
Se bañó despacio tratando de comprender porque en ese preciso día de su cumpleaños ella sentía la nostalgia de la juventud lejana y la amargura de los años que dicen, deben ser sabios...
Desnuda frente al espejo, se miró las carnes con apenas un brillo amarillento, una que otra línea añeja cruzándole el vientre abultado y se detuvo en sus casi redondos senos que en los años mozos le enmarcaron el corazón.
Se miró el cabello que alguna vez le causó envidia a la luna y se sonrió de lágrimas al descubrirse una cascada de cabellos blancos revueltos entre sus ondas castañas. Siguió contemplándose desnuda, ruborizada por el pudor del descaro por mirarse, se miró los muslos que ahora eran flácidos y sin tibieza, y observó el ensortijado que salía de entre sus piernas, tan negro como se tiene en la mitad de su ahora, entonces, se estremeció de gusto por saber que la juventud apenas se le estaba anunciando.
Tenía 20 años de casada con Diógenes del Valle, un hombre con el sabor del campo y aroma a yerba, de pocas palabras y muchos silencios, de grandes sonrisas y mayores disgustos, de manos torpes, de dientes blandos, de ojos pequeñitos, costumbres arcaicas y sexo primitivo.
Con él, los días pasaban sin apuro alguno, los pocos imprevistos que se daban en el año pertenecían al clima y las noches de los días se diferenciaban por las maneras en que los trastos se ponían sobre la mesa.
Eufemia se había dado a la vida de esposa por herencia de costumbre, mientras que Diógenes se adornaba la vida pregonando que además del apellido a esa mujer le daba casa, vestido y sustento. Así nomás, el resto de los deberes se daban por la gratitud santa del cuerpo.
Pero Eufemia sabía que entre todas las veces que los deberes se daban, el rubor de sus mejillas y la humedad de sus rincones se las debía al recuerdo de aquel hombre que por efímero y audaz, le correspondía la única ocasión en que el placer le había apretado el cuerpo, las caricias y el recorrido del cuerpo eran ciertamente la antesala al paraíso.
Y ahora, que los cuarenta años le anunciaban una nueva década para estrenar, se reconocía mujer a medias, reina sin reino, templo sin Dios, años sin causa.
Se vistió despacio, con el peso de las culpas y los temores, con el temblor de las ansias maduras, con la contradicción de lo prohibido, con la aventura de lo desconocido, con el impulso del sexo y la sensación de lo sentido.
Rezó un Ave María para el perdón eterno, besó el recuerdo de la promesa del para toda la vida, se buscó el mechón de cabellos plateados y los trenzó en un moño, contempló el surco que le lucía en el escote y por primera vez reconoció estar en el lugar equivocado y lejos del hombre añorado.
Guiada por el rumor de su entrepierna y el susurro de sus verdades, tomó un suéter color malva, calzó sus zapatos de abuela recién estrenada y salió dispuesta a encontrar aquel orgasmo que le celebraría la vida.
cieloazzul.
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domingo, noviembre 30

Benigna...


Benigna tenía la piel de aceituna y los ojos de media luna, caminaba como caminan las mujeres que cargan durante toda su vida los menesteres de esposa. Por que ella nació para ser esposa. Y por eso disfrutó los cinco maridos que se cargó a lo largo de su vida.

Cuando apenas cumplía los 18 años se enamoró perdidamente de un hombre pequeñito y risueño, que no tenía más herencia que un perfil de Dios romano y un resplandor en cada mano.
No hubo forma de persuadirla, Benigna sabía que con ese hombre debía de compartir el resto de su larga vida y se lo quedó.

De aquellas manos Benigna quedó embarazada en la primera noche que le pasearon el cuerpo.
Y cuatro veces más, Benigna se embarazó con el recorrido contento de aquellas manos por sus rincones aceitunados. Siempre supo que esa herencia había de hacerle la vida segura y las hambres saciadas. Vivió entregada a los cinco hombres que la compartían con generosa querencia, tenía besos de tamaños distintos para cada uno y caricias de distinta temperatura. Según la ocasión.

Se vestía de colores distintos según cada uno de sus hombres necesitara de amores y un solo aroma a jazmín para dejarles apenas un rastro inolvidable en cada cercanía.

Benigna nunca se quejó de las prisas que le provocaban los cinco hombres que la tenían cautiva, sonreía con un dejo de ternura cuando el cansancio se le instalaba entre las costillas y la planta de sus pies hinchados, y se dejaba reclamar por cada uno de los cinco hombres que le pisaban la sombra.

Una mañana de primavera lluviosa, Benigna se sintió dichosa por cada uno de los hombres que la vivieron, y entre sus 68 años se le escurrió por primera vez una nostalgia salada que la hizo llorar. Recordó a cada uno de sus hombres como la patria recuerda a sus héroes, y fue de uno a otro saltando entre sus amores hasta sentirse pletórica de felicidad.

Definitivamente a los cinco los quería por igual pero de maneras distintas, al mayor lo quería por ser el primero, por su perfil de Dios griego y su herencia deliciosa, por sus manos resplandecientes, y aquellos ojos de niño solitario que cada noche le cobijaban el rato. Al segundo lo quería como se le quiere al primogénito, como se le quiere al primer sol de las mañanas y al caldo de pollo de los resfriados. Al tercero lo quería porque tenía en las manos el resplandor del primero, los cabellos necios y la voz de soldado herido. Al cuarto lo quería por su espíritu risueño, por ser como las tempestades y los amaneceres anaranjados, por hablar indecencias y pelear por todo, pero más por sus caricias. Al quinto lo quería por su color a aceituna, por tener el dedo gordo del pié más corto que los otros cuatro. Como el de ella. Y por que sus besos eran lo más parecido al perdón.

Benigna sintió entonces una pena muy grande instalársele en el pecho, pensó en los años que le quedaban para seguir cumpliendo con sus menesteres de esposa y en lo que la vida le multiplicaba cada vez que uno de sus hombres se dejaba acunar entre sus ojos de media luna. Lloró despacito pensando en que esposas como ella quedaban pocas, lloró un poco más fuerte pensando que hombres como los suyos no alcanzarían para aquellas pocas esposas que quedaban, lloró casi hasta el ahogo cuando se dio cuenta que no había dejado escrito y firmado un instructivo para dejar la ropa de cama perfumada, el caldo de pollo con sabor a remedio para los dos mayores, el arroz picosito y esponjado para los dos siguientes, la gelatina de anís para el más pequeño, la mezcla de jabón y una pizca de almidón para las camisas blancas, el punto cangrejo para zurcir calcetines, la cantidad de agua para los frijoles de olla y la medida exacta para el café con sabor a canela. Lloró con apenas un hilo de lágrimas imaginando que no podía morirse sin haber encontrado una buena esposa para todos juntos, o todos juntos para una buena mujer. Sintió apenas un poco de celos pensando que cualquier otra pudiera quedarse con sus cinco hombres sin haber siquiera aprendido a poner al sol cada una de las camisas de mangas largas sin estropearles el cuello almidonado, sintió rabia de imaginar otros ojos de media luna mirando a sus cinco hombres despertar un domingo cualquiera, sintió una amargura filosa imaginando lo que imaginaba y entonces se enfureció.

- Ninguna mujer como yo- se dijo como quien se consuela a si misma.

Entonces se puso de pié, se limpió las lagrimas y el cansancio. Abrió un cuaderno de pastas verdes y lo partió en cinco partes iguales. Escribió el nombre de cada uno de sus hombres y comenzó a escribir seguido de dos puntos:
Para los frijoles de olla se necesita…

cieloazzul.
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domingo, octubre 26

Angélica...


Después de un silencio largo y amargo, ambos decidieron dejarle a la suerte su destino…
Y no pasó más de un atardecer para que el mismo destino se volviera hacia ellos y les encontrara a media calle y con los ojos perdidos en el mismo pensamiento…
Sobre ella caía un manto de nostalgia dorada, sin embargo, el mirarle en ese intempestivo momento le hizo sonreír como quien enciende un cirio, en cambio él, tenía la barba crecida, la sonrisa invisible y un halo de abandono que antojaba a arroparlo como a un recién nacido…
Después de mirarse, sin más, se saludaron como en los viejos tiempos en que fueron los mejores amigos, para después sentir esa descarga de luz que vino cuando se hicieron los mejores amantes de sus tiempos, para finalizar con ese escalofrío que quedaba desde que se habían vuelto invisibles el uno para el otro.
Y se saludaron como quien se sabe de memoria las respuestas, anticipándose al presente que ya no les pertenecía y arañando con la astucia de un niño un futuro con nuevas aventuras, se parafrasearon como en los viejos tiempos y se aspiraron entre la gente que pasaba a su lado esquivando el perfume de los reencuentros.
- Te veo tranquila- Dijo él recorriéndola con los ojos…
- Lo estoy- dijo ella urgiendo una sonrisa…
- Me alegra, por ti, lo mereces- dijo él soltando un suspiro…
-También tu mereces estar bien..- dijo ella lanzando un decreto..
- Sin ti….no veo como…- Dijo él mirándole la boca…
-Así las cosas, todo tiene un para bien..- Dijo ella reprimiendo un lamento..
- Tu eres mi para bien… te invito un café..- dijo tomándola de la cintura para llevarla al café que parecía les esperaba con una mesa.
En ese café había puros hombres mayores, algunos se acompañaban con una partida de dominó reñida y silenciosa, otros más, discutían sobre las últimas reformas inútiles del gobierno, en una mesa cercana un hombre de hombros cansados y zapatos bien lustrados parecía conversar con su taza de chocolate y dos piezas de pan dulce, en una esquina dos más parecían recordar tiempos no gratos, el aroma del lugar era extraño, olía a tabaco añejo, a vejez solitaria, a experiencia y saberes, también a orfandad.
-Me gusta haberte encontrado- Dijo él casi susurrando…
-A mi también- Dijo ella apretando un beso…
- Aún no entiendo que fue lo que nos perdió..- Dijo él en un reclamo
-La prisa..- Dijo ella como acariciando la excusa…
- Cual prisa-
- La de amarnos sin tiempo ni tregua, la indisoluble manera de querer estar sin estar… en fin, que caso tiene ya…- Dijo ella mirando al hombre solitario…
- Aún me amas?- Dijo el atravesándole el alma…
- Siempre…- Dijo ella casi para si misma…
- ¿Entonces?, ¿Tu crees de verdad que nuestro amor se terminará así nada más, por que no estemos juntos?-
- No..-
- Entonces por que amarnos sin estar, cuando podríamos amarnos estando juntos-
- Porque no estábamos juntos, y porque… así debía ser…-
- ¿Según quien?,¿ el oráculo?- Dijo él con los años encima…
El hombre más cercano a ellos giró su cabeza para mirarles, detuvo su mirada en él por breves instantes, para parsimoniosamente pasar a los ojos de ella y con una leve inclinación de su cabeza, le sonrió… Ella sintió en esa mirada, un montón de cariños olvidados, un impulso de aferrarse a sus sueños y una fuerza inquebrantable que tenía días extrañando…
-Por que no podemos estar juntos…- Volvió a preguntar él
-Tu crees que sea posible con todo lo ya vivido?-
- Yo creo que nos amamos y bien vale la pena volver a comenzar…- Dijo él con los ojos infantiles.
- Y después?- Dijo ella sorbiendo su café ya frío…
- Después…vendremos a éste café y seremos la única pareja de ancianos besándose y comiendo del mismo pastel…- Dijo él con la sonrisa más tierna…
-Acepto..- dijo ella acercándole los labios…
Pidieron la cuenta mientras se murmuraban con caricias y sonrisas, retomando un aire nuevo y fortalecido, hasta que les interrumpió el mesero con una pequeña charolita y un papel que no tenía pinta de factura… en un retazo de papel amarillento, unas palabras con caligrafía perfecta se leían…

"Hace más de 45 años entré con la que fue el amor de mi vida, eran otros tiempos y el miedo nos venció…
Hoy hace 9 años que ella murió y no logro reponerme de no haber luchado por nuestro amor. Sean felices y punto
. "

Al tiempo que el mesero recogía los sobres de azúcar y les notificaba que la cuenta había sido pagada, él leía en voz alta el mensaje y le apretaba la mano en señal de promesa...
Entonces, ambos sintieron la fuerza suficiente para salir tomados de la mano a recuperarse…
cieloazzul.
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sábado, agosto 2

Cecilia.


-Algún día deberás encontrar una novia- le dijo Cecilia al hombre con quien había compartido la mitad de su vida de mujer casada.
- No la necesito- respondió él con la convicción más tierna.
-Pero sucederá- Dijo Cecilia frunciendo la lagrima y escondiendo la colérica idea de perderle.
- Así estoy bien- respondió él como quien tira una burbuja de jabón al destino.
- Y yo me moriré de tristeza- Dijo Cecilia con una sonrisa llorona.
- Tú lo tienes a él- dijo él con un aire de reclamo inevitable.
- Y tu me tienes a mi- Dijo ella disculpando su pecado.
- Yo te amo-dijo él, rozándole el alma.
- Y yo a ti - dijo Cecilia sonriéndole a los ojos.

Habían pasado toda la vida amándose, aún sin conocerse. Tenían la firme creencia que en alguna otra vida ambos habían vivido un amor de historia. Quizá por eso llevaban tantos años brincando la suerte de dejarse y reencontrarse, habían probado toda suerte de olvidarse y terminaban siempre recordándose. Más veces habían tenido que culparse, que terminaban siempre perdonándose. Y así, el amor se les pegaba al cuerpo, a los sueños y a la realidad de estar sin estar.

- ¿Tu crees que algún día estaremos juntos para siempre?- Preguntó Cecilia una tarde de tantas en que se encontraban a tientas y con caricias.
- Si – respondió el con la mirada ausente.
- ¿Tu crees que podremos vivir juntos, después de vivir tantos años a pausas?- dijo Cecilia buscando el punto en el que él tenía perdida la mirada.
- No lo sé, en eso mismo pensaba- dijo él besándole los labios.
- Y no lo creo – Dijo Cecilia sentándose en el borde de la cama.
- ¿Tu que crees?- dijo él mientras le miraba la espalda.
- Que encontrarás una novia- dijo Cecilia con los ojos cerrados.

- Tal parece que eso quisieras- soltó él con media sonrisa.
- Y me muero de celos-respondió de tajo Cecilia como incendiada por dentro.
- Deja de pensar en eso, no ando buscando novia, y si sucede, pues sucederá-
- Mira tu que cabrón- soltó Cecilia creyendo firmemente la sentencia.
- ¿Que harías?- dijo él alargando el juego.
- Te mentaría la madre toda la vida- prometió Cecilia como quien jura un “para toda la vida” .

- ¿Y si tenemos un hijo?, yo quiero tener un hijo contigo- dijo él como quien escribe una carta a los reyes magos.
- ¿Para que quieres un hijo?-dijo ella como quien se atraganta con el viento .
- Para que si algún día nos dejamos, te quede un recuerdo mío- Dijo el otro tan fresco como el sereno.
- ¡Que huevos los tuyos! Y yo para que quiero un hijo sin padre?- respondió Cecilia retando la propuesta.
- Para que me recuerdes siempre- Dijo él con una sonrisa de héroe.

- Mejor tenemos al hijo y nos vamos a vivir lejos de aquí-dijo ella imaginándose en exilio.

- Cancún?- dijo él planeando la huida.

- Cancún no, allá está la lagartona que quiere contigo- Dijo Ella frunciendo la boca.

- Los cabos?- soltó el aventurero.

- Los cabos no, está muy lejos y es carísimo- respondió Cecilia con una sonrisa austera.

- La luna?- dijo él acariciándole la mano.

- Allá no, porque están tus papás y no me quieren por ser casada.- dijo Cecilia con nostalgia agridulce.

- Entonces nos quedamos aquí- dijo él atrapándola en un beso largo.
- Pero encontrarás una novia – dijo Cecilia mordiéndole los labios.

- Ya te encontré a ti, ¿Quieres ser mi novia?- dijo él como quien resucita a un muerto.
- Para siempre-
dijo ella con una sonrisa de novia eterna.
cieloazzul.
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viernes, junio 27

Valentína...

Porque existe en el mundo
una esperanza definitiva...
el amor con capacidades diferentes...


Después de tanto tiempo haber estado viviendo en un cuerpo específico, y amado al amor, se encontró cualquier mañana con unos ojos distintos, con un cuerpo distinto, con una voz distinta, pero el mismo corazón…
Valentína tenía en su historia, secretos y desventuras, una simplicidad de manías y hábitos arrancados de un ancestral árbol genealógico de frutos diversos y una distinción especial para ser simplemente ella…
era hermosa por que su nombre le imprimía ese aire misterioso y contradictorio para quien se llama de semejante manera y habita un cuerpo rellenito, con una cabellera escasa y un encanto agridulce entre los ojos.
Su nombre nunca necesitó de un apellido que le diera condominio en esa sociedad que se proclama perfecta, mucho menos necesitó de un mote de cariño para llamarla aún en los momentos de más urgencia de cariño, Valentína era así completa, sin abreviaturas ni medias tintas.
Cuando nació, todos pensaron que era un castigo de ese Dios que no hay que olvidar que castiga, incluso su propia madre culpó a la luna que ese mismo Dios había dotado de hechizos malditos, nadie aceptó las culpas, pero tampoco nadie se indultó, entonces fue más fácil responsabilizar a los ausentes, a la ciencia, a la genética, al horóscopo y así cerrar los ojos a la realidad.
Creció como crecen las personas diferentes, entre ruidosas murmuraciones y falsa conmiseración, creció en un mundo donde lo fácil se confunde con lo sencillo y los silencios con la comprensión.
Pero a Valentína la vida le sonreía aún en los momentos más amargos, la misma diferencia que para el resto del mundo significaba tormentos para ella representaba la magnificencia del amor. La sensualidad y el amor tenían lugar en su vida desde que tuvo conciencia de su ser como mujer, así que para ella, una caricia no provocaba el mismo efecto que en cualquier otra, Valentína se incendiaba con la simple caricia del aire trémulo que le rozaba las pantorrillas como también en el mismo acto natural de orinar.
Se hizo mujer una mañana de primavera, mientras jugaba entre ruidos y eminentes descargas emotivas, y con el mismo silencio con que se le trató siempre, se le confinó durante 5 días naturales dentro de una habitación apenas iluminada y se le procuró lo necesario para sobrevivir.
-Habrá que cuidarla de los lobos marrulleros-, dijeron las interesadas en el porvenir de Valentína, mientras los lobos marrulleros se relamieron los bigotes aguardando la luna llena de cada mes.
Pero a Valentína 5 días y una hora significaban lo mismo, su mundo interior era suficiente para hacer de un insignificante zumbido de insectos, una banda sonora de alta fidelidad.
Ella amaba redondamente como su cuerpo crecía, amaba todo lo que miraba, todo lo que sentía, todo lo que cruzaba por sus capacidades diferentes y su característico humor y miraba sonriendo al igual que los ruidos que su garganta emitían, Valentía crecía y con ella crecía el amor.

Pero un descuido se vive a diario y Valentína fue descuidando sus horas de juego con los ruidos de los insectos para comenzar a jugar con los rostros que iban y venían por las calles de su pueblo, se sentaba en la esquina del parque y dejaba que el tiempo le llevara hasta sus ojos la diversión.
Fue así como aprendió el tránsito de cada persona, la hora exacta en que se iba y la hora exacta en que se retornaba, el instante en que la iglesia se quedaba vacía y el momento en que dos se besaban para seguir en sentido contrario, fue así como descubrió que los hombres la miraban y las mujeres la evitaban, y también fue cuando se dio cuenta que la soledad duele y la compañía antoja.
Poco a poco comenzó a sentirse sola, a desear conversar y sentirse acompañada, a intensificar querencias y desterrar miedos, a conocer emociones y darles nombre, pero sobre todo a sentirse mujer con deseos especiales y necesidades terrenales.
Fue así como aprendió a mirar a Tomás, el único hombre que la miró con ojos misericordiosos y simpatía con aroma a pan, el único que detenía su apresurado rumbo para saludarla llamándola por su nombre, y se sentaba junto a ella mientras ambos compartían las migajas de una charla gutural explicita. Fue Tomás quien le rozó el ante brazo con una carcajada y le torció los ojos de puro reír. Y fue Tomás quien le permitió florecer en sus desvaríos especiales como si la naturaleza no necesitara de un certificado de buena razón.
Y la gente se hacía la ciega, y los pecados se hicieron ignorar, y la vida se detenía en cada tarde que Valentína se volvía invisible y Tomás su dibujante.
Para los más santurrones las leyes celestiales se estaban provocando, para los más ilusos todo se trataba de una experiencia subnormal, para los más libidinosos se trataba de una demente calentura, para los ignorantes nada sucedió, para los más sensatos esto debía suceder así… mientras que para Tomás y Valentina se trataba de hacer el amor sin prejuicios de ninguna clase, perdonando las culpas del mundo entero en cada beso envuelto en sinrazón, esculpiendo la natural simpleza de encontrarse en un mundo de diferencias disfrazadas que buscan encontrarse aceptando simplemente: EL AMOR.
cieloazzul.
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sábado, marzo 22

Amantes...

Para cuando se hizo de día el amor se había convertido en una paloma de alas doradas, con ojos brillantes y el corazón hinchado de ansias de libertad….

Había una sola razón para que los amantes se existieran y era la verdad absoluta de saberse uno para el otro, la levedad de lo imposible sobre lo posible y la incongruencia del deber sobre el ser…por eso, amantes como siempre, se prodigaban silencios en forma de besos y frazadas de palabras como caminos florecidos, no había más que el explosivo deseo de existirse aún en las tantas muertes que en las noches les rondaba junto a la distancia del cuerpo.

Amigos fueron siempre que la razón se les dormía, entonces el parloteo de un cotidiano se les venía encima entre saltos de conciencia, el simple tacto de los sentidos era suficiente para existirse y prolongarse, no había más que dejarse invadir por el invisible capricho de pertenecerse para evolucionar en forma de tiempo hacia el mañana.
Hermanos fueron siempre que la sangre se les amalgamaba en un torrente de añoranzas, cuando se reconocían hijos de un mismo universo en el cual los ojos y la sonrisa tenían la misma carga genética del sol, cuando la caricia y el ombligo la misma tersura de la tierra, cuando el deseo se les convertía en fluidos de caramelo y les bastaba saberse hijos de un mismo tiempo.

Esposos fueron cuando había que permanecer a una sociedad de apariencias disfrazadas, cuando en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en lo prospero y en lo adverso había que prolongarse, cuando en la cotidiana rutina el beso de despedida y el abrazo de “buenas noches” bastaban para saberse núcleo de armonía.

Pero amantes fueron siempre que se amaron en plenitud de querencias, en la evolución de la existencia compartida, en la diáfana conquista de un minuto más para sentirse y en el minúsculo instante de un adiós irrevocable.

Amantes fueron siempre que se reconocieron, con el pan y el vino en comunión de lo prohibido, con el perdón sin arrepentimiento y la indulgencia en el destino.

-Tan lejanos-, - tan desconocidos-
- tan cercanos-, - tan conocidos-
-Tan ellos-

Amantes fueron siempre que se complacieron, en la caricia del hijo, en la mirada del anciano, en el llanto del recién nacido, en la lagrima del duelo, en la madrugada con miedo y en el crepúsculo del mañana.

Amantes fueron en el beso delincuente, en el roce indecente que les despertaba el instinto, en el darse a cuenta gotas para beberse en manantiales, en el orgasmo redondo que se alargaba en el infinito, en el sudor que como un bautizo nuevo los redimía, en el frotarse hasta tatuarse la carne con el siempre de un jamás, hasta olvidarse de los finales inevitables y renacerse.
Amantes, amigos, amantes, siempre amantes, en el verbo, en la palabra, en el silencio y en el mismo instante en que se reconocieron.

Amantes... hasta aquel día en que se hizo de día y el amor se había convertido en una paloma de alas doradas, con ojos brillantes y el corazón hinchado de ansias de libertad y AMOR.

cieloazzul.
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sábado, enero 26

Antonia...

Gracias Antonia.
Por regalarme tu locura
y despertar mi inspiración...
Antonia se repartía entre miles de sensaciones mundanas, como canario herido se dejaba abrazar por pecaminosos lamentos hasta quedar exhausta y vacía de antojos dementes.
Su delirio se extendía en las noches más oscuras, en los fríos más helados y las puestas de sol más incandescentes, así nomás, se le instalaba en el centro del pecho un fueguito de cinco flamas que se le alargaba en espiral hasta salirle por las pupilas. Odio enamorado le resbalaba por los caireles maltrechos que le quedaban aún con algunas ramitas de azares blancos que conservaba como estatuas sangrantes.
En un rincón de sus cuatro esquinas dormía carcomido por el tiempo aquel vestido blanco de encaje antiguo con sus 60 botones nacarados simulando una espina dorsal perfecta, un albo tul coronado por diminutas perlas en forma de lágrima y un pergamino manchado de ira y sinrazón.
Desnuda como ninfa exiliada se paseaba por las cuatro paredes que la mantenían alejada de todo embiste humano innecesario desde que Ignacio Langaruto había caído muerto de un entuerto al intestino justo en el momento en que había de pronunciar ante el altar el “si acepto” sin siquiera haberle desposado el dedo anular y atravesarle el nombre con un apellido tan jocoso.
Desde entonces, la habían considerado una viuda santa, una santa loca, una loca virgen.
Y toda ella, desquiciada y atolondrada, se dejaba atravesar por ese fueguito de cinco flamas para encontrarse con la cordura frente a frente y decretarse en un idioma casi angelical un casamiento de alcurnia y agasajo, para después, desnuda como una ninfa purificada tararear un vals con ritmo de réquiem mientras sus mejillas encendidas y pudorosas le pintaban el rostro de conmiseración.
Los años le guardaban un respeto lastimero, algunas arrugas se le fueron instalando en la nuca y detrás de las rodillas, otras más atrevidas formaron pequeñas rosetillas en la comisura de los labios, una más, le atravesó el pecho en forma de la inicial de Ignacio para dibujarle un arroyito coquetón, y así, como partida en dos, Antonia se dividía entre la razón y la locura, entre el odio y el amor, entre el sueño y la vigilia, entre la muerte en vida y la vida moribunda, entre el manicomio como hogar y la casa de su infancia como refugio en las navidades.
No había de otra, o seguía preservando la honra del destino o se decidía a aceptar los infortunios inmerecidos y le daba a los años pendientes una segunda oportunidad.
Una mañana cualquiera, Antonia decidió enfrentar al mundo, salir de ese limbo de cuatro paredes e incendiarse de una buena vez en una sola llamarada.
Justamente el día que se cumplían 6 años de aquella muerte compartida Antonia despertó entre esas cuatro esquinas sin gritos y temblores, sintió pudor de danzar desnuda , sintió un frío obsceno erizarle los pezones, un vacío profundo en la boca del estómago y recordó su nombre completo sin agregarle sonidos de ultratumba.
Miró un cristal de humo que siempre le había parecido un amanecer incandescente y lloró hasta bañarse completa, dispuesta a recomenzar.
Nunca se supo cual de todos las sustancias intravenosas le devolvió la razón, ni siquiera consta en expediente alguno la terapia eficaz que le devolvió a la vida, mucho menos detalles cercanos de lo que la vida le remuneró, la única evidencia de que esta historia sucedió, es que Antonia ahora acuna entre sus brazos longevos a su quinto nieto, primogénito de su tercer hijo, llamado Ignacio y nunca antes había estado tan cuerda como para contarlo.

cieloazzul.
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jueves, diciembre 20

Aurora...

Toda ella era una caricia al deseo, un pecado imposible y una prohibición latente en cada sentir, Aurora tenía en su andar de gata un rastro de lamento ahogado que la vestía de orgasmo de caramelo y antojo por sentir.
En su andar cotidiano se le resbalan todos los recuerdos, los abrazos y las despedidas obligadas que la vida arrastra, amores de todas edades le anidaban en el vientre y besos inventados le abrazaban soledades.
Un amor con todas sus letras le escurría por las tempestades hormonales y tantos más sentires le ahogaban aquel recuerdo con nombre largo y extranjero que le permanecía.
Cada Diciembre Aurora se disfrazaba de adviento y se permitía retornar al mismo escenario en que vivió la única noche buena que las tradiciones no cuentan, así, cada celebración le dejaba un sin fin de lagrimas ácidas y corrosivas.
La misma noche en que el mundo entero celebra el nacimiento del redentor, Aurora abrazaba con sus muslos la cadera de su salvador, pariendo entre gemidos y un compás musical el único amor al cual celebrar navidad tras navidad justo cuando el alba atravesaba su entrepierna con el cometa fulgurante del sexo de su redentor.
Entre paja y pesebre, un amor universal se arrullaba en un suspiro eterno, en una larga existencia moribunda como testimonio del verdadero amor que muere y resucita en cada evocación.
Aurora sabía que a pesar de los silencios y la locura de su sacrilegio no habría Navidad más sentida que la que el nacimiento de un amor santificado y pecador.
Como una virgen exiliada de su propio paraíso, como un mortal arrebatado por las penurias, ellos dos, Aurora y su redentor con nombre largo y extranjero se prometieron atravesar el desierto de sus soledades saltando sortilegios y relámpagos amenazantes, pidieron mil veces posada en los corazones huérfanos, bebieron lagrimas con sabor a imposibles, comieron de sueños mancos que les indigestaron la esperanza y se ofrecieron mustiamente al crepúsculo de la nochebuena con el frío de lo inevitable vistiéndoles el cuerpo y el fuego divino haciendo hoguera en sus sexos encontrados.
Un portal desvencijado con una sola ventana al patio trasero de un cementerio de cachivaches, un pesebre oxidado con rechinidos musicales, un frío colándose por las rendijas de lo precario, el hambre de todos los niños del mundo y la esperanza vestida de razones, una mula de papel maché y un gallo de barro despintado que no cantó tres veces ni una, un sequito de mortales transitando por el callejón de al lado y tres reyes magos extraviados en un bar de mala muerte fueron los únicos testigos y evidencias de la historia de éste invierno, en donde ellos dos, pintaron el horizonte del medio oriente de sus deseos, dejaron rastros espolvoreados en el silencio, se prolongaron en un oración sacrílega para celebrarse en presencia o en ausencia cada navidad ajena y propia y morir para siempre.
Aurora retiene aquella navidad única en su vida, la celebra en soledad con el recuerdo encendido, se arrodilla en señal de absoluta condena y se llora entera, sin su redentor de carne y su virginal promesa.


Feliz Navidad queridos amigos y amigas,
que éste nuevo 2008 nos replete de sentir, de amor, de bienestar y compañía!
Gracias por un año más en travesía y cariño.
Les quiero con todo mi corazón.
cieloazzul.
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lunes, noviembre 19

Tomasa...


Tomasa bailaba en una esquina del bar en el que creció.
El tiempo había borrado casi toda su historia de vida, serena y acongojada se dejaba llevar por el vaivén tembloroso de aquel hombre con quien bailaba desde que se había olvidado de sentir.
Ya no despertaba en los hombres ningún deseo, ni siquiera ella recordaba lo que significaba desear, desde la última vez que cumplió 35 años y la muerte le escupió a la cara una factura ensangrentada de reclamos.
Tenía entre sus recuerdos todos los besos y los orgasmos con su nombre, noches interminables con rostros ajados de hastío y abandono, su bolso guardaba entre brillos y labiales, papelitos de soledad compartida, horarios escalonados, nombres inventados, una promesa de ser mamá escrita en un sobre de azúcar dietética y una llave descolorida sin puerta que abrir.
Mientras la música añeja trastabillaba en sus ojos perdidos Tomasa repasaba su vida, su breve y larga vida, en donde los te quiero tenían doble sentido y las caricias cristales hirientes con cicatrices de recuerdo.
Su boca ya no recitaba gemidos, sus piernas ya no bailaban sobre las espaldas, sus ojos habían dejado de consolar desvelos, sus senos habían dejado de alimentar fantasías, sus mejillas ya no tenían el candor de las doncellas, su sexo ya no olía a manzana, ya no sabía a mujer.
Tomasa cierra los ojos mientras recuesta su cabeza en el hombre con quien ha bailado los últimos años en el mismo bar que la vio crecer, en el mismo rincón en que dejó de ser ella.
Tiene aprendido el sonsonete de la música y ya no necesita repetir entre dientes el estribillo…
“Nosotros que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más, no es falta de cariño, te quiero con el alma, te juro que te adoro y en nombre de este amor y por tu bien… te digo adiós…”
Su vida la abandona dejándole recuerdos incinerados a lagrima viva, ¿Cuanto es capaz el corazón de resistir los recuerdos sin perder la razón?...
La última vez que cumplió 35 se vistió de encajes negros, su piel despedía perfumes enamorados, sus ojos eran callejones para perderse y su sexo, poesía en rima.
Una secuencia de aromas la hace tropezar con el hombre con quien ha bailado los últimos años en el mismo bar que la vio crecer, mientras la melodía le sangra en la garganta, y los pies se le descomponen tratando de retomar un ritmo moribundo, no se disculpa ni se avergüenza, sigue el sonsonete musical que la lleva a revivir cada secuencia de su muerte viva, cada lagrima de amoniaco le consume el nombre y su historia, mientras las manos se le mojan de sudor adolescente y la espalda de aquel hombre le lanza fumarolas de virilidad mundana…
Un charco de sangre le hierve en la boca del estómago, un cuerpo tendido con los ojos entre abiertos le oscurece el ambiente, la peste a tabaco le obstruye los pulmones, la respiración se le alarga, se le extingue…la melodía ha vuelto a comenzar y el vaivén retoma su majestuoso estribillo, un disparo le retumba en la cabeza, una bala extraviada se le aloja en el sexo viudo, gritos, confusión, un ultimo beso que le arrebata la vida, un festín de sinrazones le sentencia una despedida enmudecida, luces percudidas le ciegan la consciencia,le arrebatan la cordura, más gritos, más sangre, la muerte se pavonea en minifalda y escote indecente, ebria y desparpajada equivocó el blanco de sus celos, el disparo le atravesó el cuello, le reventó el estribillo compartido, el olor a manzana se volvió de pólvora, el día que Tomasa cumplía 35 sería el ultimo que su cuerpo vendería. Se lo había prometido a ella misma.
Celebraba, se restregaba en todos los machos calientes, se desprendía de ella para existirse en ellos, los hombres, todos suyos y ella de ninguno.
Tomasa sigue bailando con el hombre con quien ha bailado los últimos años en el mismo bar que la vio crecer, se vuelve pequeñita balbuceando reclamos inocentes, se deja apretar contra un sexo que le atraviesa el ritmo, mientras recuerda el ultimo día que cumplió 35 y la vida le asesinó los sueños.
Un relámpago en sus recuerdos le devuelve el estribillo de la melodía añeja, besos alcoholizados le recorrían el escote, su cabello espeso hacía cascada sobre su espalda que hacía un arco resbaladilla, toda ella sería señora cuando tuviera 35 cumplidos, entonces tendría un hijo, pondría una casa con ventanas y visillos, tendría un canario y dos jilgueros y una cama de sábanas blancas.
La muerte celosa y atiborrada de odios, vestía minifalda, guardaba entre sus miserias un revolver percudido, ebria de placeres y desdenes disparó a quemarropa a Tomasa que se abría completa a las caricias ya pagadas, la bala se desperdigó en la niebla de deseos, encontró el cuello del amante asesinado, le reventó los acordes y le desplomó los sueños.
Tomasa siguió bailando, desde entonces, en el mismo rincón del bar que la vio crecer, con el mismo hombre que le mataron sin permiso, sin que nadie la interrumpa se contonea y se despide, no cierra los ojos para no perder el estribillo, nadie la observa, nadie la compadece...
a Tomasa la puta muerte le debe disculpas,
y el mundo entero,
respeto a su locura.

cieloazzul.
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domingo, noviembre 11

La niña de mis ojos...


Antes de que nacieras,
una constelación de estrellas
formaba tu nombre,
y todos los dones
esperaban vestirte,
niña mía.


Ella se formó en el vientre de su madre el mismo instante en que una suplica sacudió al cielo: “Permíteme ser mamá, dame a esa niña que tanto deseo, concédeme el Don de la maternidad, Dios mío…” y en ese momento, una luz resplandeciente iluminó su interior, unos pies descalzos elevados del suelo, un aroma a flores y madera, una mano que se acercaba a su cabeza postrada en oración le impidieron alzar la cabeza para mirar, se limitó a sentir en medio del asombro de quienes vivían un testimonio de amor y fe.
Después de haber perdido un embarazo en condiciones casi mortales, los que serían sus padres se habían cobijado en un grupo de oración con la única intención de encontrar paz y aceptación ante lo inexplicable.
Durante una oración comunitaria, en que cerca de 16 personas se encontraban tomadas de la mano formando un círculo y oraban con los ojos cerrados, sucedió, del lado derecho apretaba su mano el futuro padre conmovido, del lado izquierdo, la que sería la abuela paterna.
Cuando la madre terminó su suplica envuelta en llanto, se desvaneció, quienes estaban ahí, aseguran que el ambiente se llenó de perfume y la madre lucía un semblante rozagante y sonriente.
Como si se hubiese tratado de un milagro.
Fue una tarde de Febrero, en que el cielo estaba diáfano y tibio que su madre se quedó dormida entre prados verdes y cantos de jilgueros, se trataba de la ultima sesión de aquellos talleres de oración y mientras el resto de los participantes se entregaban a oraciones y meditaciones profundas, la madre se acomodó a dormir placidamente hasta que hubo que despertarla. Durante ese sueño placentero ella pudo ver a una niña de cabellos brillantes danzar entre flores blancas, descalza y con los ojos redondos y profundos.
Al despertar, no le quedaba ninguna duda.
Estaba embarazada.
Tres meses antes, había estado al borde de la muerte, un paro respiratorio, una hemorragia interna, un embarazo extrauterino, una herida que le cruzaba de norte a sur el vientre con 30 puntadas, cuidados extremos y una consigna determinante: “ No embarazo por el momento, debes recuperarte, lo que has tenido no fue nada sencillo, perdiste mucha sangre, algunos de tus órganos están lastimados por el contacto con la sangre, la cirugía no ha sido sencilla, recuerda, te hemos extirpado un ovario y una trompa, hay que darle tiempo a la matriz de recuperarse”…
Pero como cumplir con 22 años encima y el cuerpo desquiciado…
Una sola vez se le burló a la orden, una sola! Y fue el 5 de Febrero.
A partir de ahí, la vida se hizo maravillosa, ella crecía al mismo paso que la barriga de la madre, mientras que el padre y todo cercano masculino se peleaban por elegir el nombre, el deporte en el que destacaría, la de mujeres que tendría, lo guapo que sería, por que para todos , ese bebé tendría que ser varón.
Y nació, entre la algarabía de las apuestas:
“tendrá mis ojos, decía el tío, nada de eso! Tendrá los míos decía el otro tío, pero se llamará como yo! sentenciaba el abuelo paterno, será tan galán como yo, se pavoneaba el abuelo materno, y la madre pujaba con la sonrisa congelada, y la abuela materna escondía entre sus manos aquellos primeros aretes de la madre, y la abuela paterna bajaba a todos los santos entre rezos interrumpidos y la tía paseaba por los pasillos estrenando una cámara de video adquirida especialmente para la ocasión, y el hospital se llenaba de rumores, y el padre se vestía de azul como los médicos y la madre pujaba sin descanso, y los ángeles jugaban haciendo rondas…
-“ si es niño, por que será niño, me regalas un rolex? ”- dijo el padre para no desmayarse cuando una aguja gorda le atravesaba la espina dorsal a la madre…
- “Si es niña, por que será niña, me regalas ese collar de perlas que tanto quiero”?- Dijo la madre apretando los dientes.
Y el tiempo se detuvo, un llanto musical se presentó con olor a canela, dos ojos despiertos como luceros nocturnos, manitas extendidas que antojaban remanso y toda ella con ese perfume de amor que inmortaliza los instantes.
Es niña!!!! Es niña!!!!
Gritaron los médicos mientras uno miraba la hora:
01:22 del 11 de Noviembre de 1993.
Otro médico la pasaba a los brazos del padre que lloraba de emoción e inexperiencia, otro más trataba de aplicar dosis extras de sedantes a la madre que extendía sus besos hasta aquella pequeña que le traía además de una promesa del cielo, un collar de perlas y una vida repleta de caricias y realidades.
Y a partir de ese instante toda ella se dedicó a crecer y amar.
Bajo sus cabellos oscuros traía esperanzas para dos familias que habían de unirse para quererla como se le quiere a un milagro.
Tras su sonrisa traviesa, se desparramaba toda la seducción de la luna, entre sus pies regordetes el confort que antojan los prados en primavera, de sus brazos rosados, tres pliegues formaban ríos de gratitud a la vida, de su ombligo florecía una herencia que le alargaría el nombre y la historia.
Creció como crecen las flores en el desierto, firme, templada, seductora, repleta de besos y bendiciones inéditas, creció como crece una mujer de fuerza inmensa, de espíritu soñador y sonrisa bandida, creció como crecen las azucenas de mayo, se alargó etérea hasta los afectos perdidos, se transformó completa en mujer con rostro de niña y se consagró princesa de un cuento que antoja a soñar con los ojos abiertos.
Se convirtió en caricia que duerme entre remansos, se vistió de fuerza para amainar tormentas, se lustró el corazón para consolar los miedos y se hizo lucero que alumbra mi existencia.
Se vuelve luna llena, menguante y enamorada, se disfraza de sol con gafas rosadas, se eleva como tornado cuando de un capricho se columpia y se derrite entre mimos cuando ha de conseguir algo.
Se alimenta de vida, se baña entre ninfas, se duerme entre ángeles y despierta entre pétalos de rosas.
Seguirá creciendo, consumando amores y entregas, seguirá viviendo alcanzando su magia.
Y con el milagro de su llegada, cubrirá los años que papá y mamá le aguardan.
Se hará de antojos, se dibujará entre brillitos y esencias perfumadas, se peinará las pestañas con amores azzules y se volverá festín cuando la música la alcance, se prolongará eterna hasta las madrugadas y será la musa de cupido en cada morada.
Que Dios te guarde y cuide siempre niña de mis ojos.

Mi niña hermosa
me convierte en soberana.
Me vuelve sensata,
mujer enamorada,
lagrima sonriente
fuerza para el mañana.
Te amo mi amor.
Feliz cumpleaños, Princesa.
Mamá.
cieloazzul.
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lunes, octubre 1

Yolanda...


Yolanda tenía la dulzura de los atardeceres bisiestos, la voz de canario herido y los ojos del color del mar muerto, sonreía y toda ella quedaba convertida en un festín de antojos indecentes que hasta al mismo diablo conmovía, tenía para los casos de urgencia un repertorio sagrado de decretos que habría de tejer en las noches de soledades agrias para no sentirse más invadida que un sol eclipsado por tormentas…

Yolanda creció como crecen las flores silvestres, sin gobierno ni feudales, sin demora y con arrojo… con sus decretos de sentencia y sus dotes de despilfarro…
No fue hasta que cumplió más de 30 años que hubo de experimentar toda suerte de transformaciones amargas, sentencias mudas que la arropaban sin piedad y deseos mundanos que la condenaban irremediablemente a una vida repleta de excusas y escondites…

Las noches entonces comenzaron a ser de día y los días oscuros con una luna flaca y sin color, las tardes no existían como tampoco los retozos vespertinos que habrían de anunciar lo prohibido por carecer de permiso.
Y Yolanda se hacía presa de sus prohibiciones, gota de sus deseos y silencio de sus reclamos.

La vida de casada le sentaba bien a pesar de que los años compartidos se habían convertido en un cuadro al óleo con matices tristes, un estribillo desentonado en las noches de roces mansos y uno que otro beso despistado para celebraciones alternadas. Así se le iba la vida, repartida en dos vidas que la terminarían partiendo por mitad.

Y es que Yolanda mucho antes de saberlo, amó intensamente hasta la locura, hasta perder conciencia de lo habido y olvidado, hasta perderse entre besos inventados y palabras secuestradas, hasta el desvarío…
Fue justo en uno de esos años bisiestos que Yolanda encontró la fractura de su identidad, justo cuando volvía de sus tareas cotidianas sumergida en uno de esos ataques de búsqueda atrincherada cuando al subir al autobús se topó con el hombre que habría de voltearle los demonios y los ojos.

La excusa la dio el calor que se agolpa en los sitios abarrotados de emociones, el ambiente empañado de tantas urgencias agotadas y una sonrisa limpia y solitaria que la encontró justo cuando Yolanda sorteaba de antojo en antojo su trayecto.
Fue inmediato el temblor que la sacudió de lado a lado así como inmediata la sonrisa que se le quedó pegada en el medio de las piernas de la emoción estrenada, Yolanda por primera vez, experimentaba un amor a primera vista y una aventura para morirse cada día de arrepentido amor.

No fue fácil la vida de Yolanda a partir de entonces, como tampoco fue fácil recorrer los trayectos pronunciando los te quiero con los ojos, más difícil fue inventarse nombres cojos para no confundir las manzanas con los besos y la sopa con el sexo.

Todo habría seguido siendo caricia desentonada de no ser por que el amor se le trepó hasta la cabeza y comenzó a tener pesadillas y hablar al revés. Confundía los sies con los noes y lo prohibido con lo permitido, con facilidad pasaba de la risa al llanto y de tener hambre a inanición…
A veces andaba desnuda y se miraba al espejo tratando de planchar las arrugas de una seda inexistente, otras salía al mercado con un pijama descolorido y contoneándose como si en una pasarela danzara… Yolanda se olvidaba de si misma y se pronunciaba en aquel amor que sólo en los trayectos del autobús le pertenecía y en el otro que la despertaba con obligadas querencias cotidianas. Loca enloquecida transitaba por la vida con todo y sus decretos, loca y sentenciada se consumía en aquella vida que la repartía. Loca y disfrazada se confundía con ella misma y sus amores desvariados.

Amaba a su marido como se ama el recuerdo de la primera sonrisa, pero amaba también a ese hombre del autobús sin nombre como se ama al futuro que se dibuja de presentes.

Decidió entonces quedarse loca con sus dos vidas, amando los ojos de aquel en las manos de éste, besando la boca de éste pensando en el sexo de aquel, llamando al primero con besos y al segundo también, entregándose a su suerte con decretos y demonios de dos en dos, desnudándose en las noches de aquellos ojos sonrientes de amor inventado para vestirse de un cuerpo que se le enroscaba añejo en cada embestida de su otro amor.

Yolanda loca despierta,
decreta y sentencia sin razón,
Yolanda tiene dos vidas,
Y en las dos, sufre de amor.
cieloazzul.
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sábado, septiembre 1

Mónica...


Mónica nació con sentencias gloriosas, con un cuerpo poseído por demonios angelicales y un catálogo de palabras extranjeras que le llenaban el pecho de antojos ancestrales…

Y allá iba ella por sus andares despotricando encantos que habrían de ir condenando al nuevo pueblo que estrenaría su infierno.

No fue difícil acomodar por colonias a cada nuevo conquistado, había de todo para formar a su nuevo gremio, y sin recato alguno, Mónica daba a cada nuevo habitante un condominio recién amueblado para su futura vida muerta.

Estaban en el Sur, los amantes recatados, los que vestían de mustios y se lavaban las manos antes de desnudarse, pedían permiso para embestirla y una vez poseídos por su encanto, se volvían demonios pequeñitos, con espasmos de arrepentimiento y convulsiones de excusas, eso si, amantes apenas vigorosos y con aroma a desidia.

Los del Norte eran menos risueños, usaban gafas de intelectuales y generalmente traían un libro bajo el pantalón, fumaban puro con olor a vainilla y usaban zapatos gastados de inventos. Amantes quietos y didácticos, con tiza de yeso y mapamundi caduco, repletos de complejos y manuales de cortejo, con apenas las ganas de estirar el cuerpo y sin mucho dulce para empalagar el cuerpo, esos, amantes proverbios, morían largamente entre lamentos.

Para el Este había que poblar la fiesta, aquellos amantes que se antojan siempre, que saben de tantra, de cuentos eróticos, de Dioses exiliados y se despachan las artes de amar en secreto, esos amantes perfectos, que regalan flores y escriben versos, que son caricia en el sexo y se prolongan en besos, que te embisten sin quitar las ropas y arrinconan el cuerpo en pasadizos secretos.
Que huelen a lavanda y dejan rastro perfumado, amantes escasos, sin nombre ni tiempo, que hacen del sexo pecado contento, que por ser tan pocos con tres, Mónica poblaría su infierno.

Para el Oeste tenía que estar el verdadero tiento, el pecado indecente, el secreto funesto, el habitante eterno, el intruso suculento, un solo habitante tendría que poblarle entero, no faltaría más, con un hombre de esos, Mónica tendría un infierno perfecto, buscó, buscó entre los miles de amantes con ojos certeros, encontró de todo pero ninguno completo, al que no le faltaba el beso, le sobraba el rabo contento, al que le sobraba el euro y le faltaba el imperio, al que le rebosaba el verso y se le enredaba el cerebro, el que acariciaba soberbio y se le moría el cuerpo en el primer intento, el que pensaba que la corbata sólo servía para adornarle el supuesto y el que la cama le parecía un tentador reposo para después del gesto.

Mónica se desvaneció en su intento, su infierno no podría estar completo, no habría sueño cumplido ni embrujo perfecto, decidió entonces, postergar su intento, aguardar serena al habitante perfecto, se consagraría de monja, de esposa in-satisfecha, de madre abnegada, de amiga secreta, de puta católica y hechicera perpetua.
cieloazzul.
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jueves, agosto 16

Greis...



Para tí,hermana mía.

Te quiero mucho.

Cuando ella supo que estaba embarazada no le importó más la ausencia del amor, resignada a una búsqueda perpetua , pasó su vida con la aventura como amiga y el silencio como amante…
No volvió a desnudarse ni siquiera para dormir y cuidó de su cuerpo como nunca antes lo previno, dormía con la soltura del antojo y el insomnio de ladrón…
Tuvo tiempo suficiente para guardarse entera, para construirse una vida nueva y borrar minuto a minuto toda señal de un pasado sentenciado al exilio y la ausencia…
Se consagró a un santo sin nombre y dedicó cada madrugada a borrar de atrás para adelante la ocasión de su ahora.
Había mucho que levantar de entre los escombros de sus pesares, mucho que incinerar y mucho más que descubrir, así que sin el menor temor se enfrentó a todo aquel mundo que le había cobrado facturas sin disfrute.
Comenzó por el lunes, los lunes tenían aquel sórdido lamento del desvelo, mañanas perezosas y tardes extemporáneas, noches prematuras y pocas sonrisas, pero también tenían besos nuevos, caricias inéditas y un orgasmo de onomástico.
Los martes eran de sentencias, de duelos, de entierros, los martes llovía, y también sus madrugadas eran inclementes, la luna se olvidaba de salir a tiempo y por más que buscó entre sus escombros no encontró más que aquel gorrión que nació ese día como festejo.
Los miércoles eran la mitad de sus recuerdos, como igual era la mitad de su día, de su vida y sus miserias, el miércoles tenía sonrisa de medio lado, mañanas cálidas y tardes frías, mitad de alegrías, mitad pesadillas, Miércoles tenía tantas letras como pesares y tantos pesares como esperanzas… un guiño de pergamino, una manzana jugosa, un despertar perfumado y un hasta mañana sin cumplir, pero la balanza le favorecía, era el miércoles la mitad de su recuento.
Los jueves le hacían tributo a la pereza, les había tomado cierto desprecio por tener un nombre tan simple, los jueves tienen el entrecejo fruncido, los zapatos sucios, las uñas llenas de piel rasgada, gripa crónica y tos tísica, ansias por dormir y poco dinero en los bolsillos, hambre de delito y besos delincuentes, un solo jueves se guarda para ella misma, y fue el día que supo que en su vientre nacería una semana entera de besos y vida nueva, así que reconsideró su apatía y le colgó al jueves el sol más guapo, las estrellas más sonrientes y una luna con vestido de princesa.
El viernes tenía sonrisa de niño, pantalones cortos y una mochila con tesoros en su espalda, caminos largos sin destino ni morada y un pasaporte de inmunidad diplomática, para los viernes había madrugadas breves, tardes de tequila, nieve de sabores y poesía analfabeta. Dos caricias virginales, cincos dedos para cada seno, dos lenguas en cortejo indecente y sudor perfumado a primavera exiliada. Viernes tenía los ojos pardos, la aventura en el sexo y el festín en sus zapatos de charol.
Sábado le era confidente, no había sábado idéntico, no conocía el color de su piel, ni su fecha de cumpleaños, pero le tenía especial cariño por tener un nombre tan feo.
A Sábado le contaba de sus tardes, le dedicaba sus mañanas, le cantaba canciones y le cepillaba los rizos con recuerdos inventados… Sábado tenía lugar en su cama, en su armario, en la receta del caldo de pollo y en el álbum de fotografías vacío, sábado estaba en el botón de su abrigo, en el bostezo de media tarde, en su ombligo y en el beso que le abrió las ganas que son sus piernas, le cerró la boca que es su corazón, le deslumbró los ojos que es su ánimo y le bautizó con aire, que es su anhelo.
Domingo se le escondió completo, tuvo que cerrar los ojos para recordar su tamaño, a veces era tan pequeñito que se podía medir con lo que dura la misa, a veces tan alto que se podía confundir con la araucaria que le crecía por dentro, a veces tan guapo que podía vestirse de corbata de seda y otras tan insípido que podía dormirse entre los trastos con un pijama sin color ni felpa.
Domingo tenía la cartera vacía, los zapatos sin suela, el desvelo en los ojos y las ganas trasquiladas, de vez en cuando domingo secuestraba uno que otro sueño y se dejaba consentir con arrogantes promesas, Domingo tenía nombre de verso, humor paternal, paseos inventados y un apellido que había que honrar con visitas corteses. Domingo escondía entre sus secretos, despedidas que navegaban sobre sueños marineros, adioses montados en carrocería brillante, orgasmos inolvidables, alquileres breves, dudas y decisiones, tres amores para sortear, desvelos compartidos y una piedra enmohecida de regalo.
Cuando ella terminó de demoler y reconstruir sus recuerdos , un escalofrío le recorrió completa, el vientre se le volvió aquella piedra, y por entre las piernas le resbaló el ultimo río de lágrimas y sinrazón, un sudor le mojó los ojos y un dolor intenso vuelto tornado se llevó de un soplo toda deuda pendiente, tomó el ultimo respiro que Domingo le debía y soplo al recuerdo para recibir el presente….
Un llanto agudo le trajo un Lunes nuevo,
unos ojos claros martes para estrenar,
una sonrisa sin dientes, miércoles sin mitad,
unas mejillas rosadas, jueves para querer,
olor a milagro, viernes para conquistar,
un cuerpecito perfecto, sábados para arrullar,
y una niña color de rosa, domingos para consagrar.

cieloazzul.
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miércoles, agosto 1

Micaela...




A Micaela el amor se le cedió completo…
Sabia entre las sabias aprendió de sus manos las caricias más infames y de su lengua el alivio más certero…
Y no por ser soltera entre las vírgenes se detuvo a llorarse entera, porque para Micaela el amor no era tener otro en la cama, ni en la silla de enfrente, ni tampoco con quien pelear el gasto de la casa, ni el permiso para el beso… para ella, el amor se guardaba entre el pecho y la entrepierna, para donarlo con sosiego al necesitado…
Y allá iba ella con su maletita de ungüentos a sanar al enfermo y a resucitar al muerto , con sus piernas agrias y sus caderas de fuego, abriéndose paso entre los mercaderes del pueblo que al verla corrían para no ser demonios de su huerto…
En uno de esos caminos cotidianos, se encontró con el Abuelo Agustín, que se había muerto tres años antes por puro capricho de anciano puberto, y encerrado entre lamentos y oscuros reclamos, el abuelo se dejaba crecer las barbas, las uñas y el sexo, mientras las moscas le zumbaban y el olor a muerte se moría de ocio…
Micaela entonces, llegaba con su aroma de virgen y su conjuro de puta a rematar al Viejo sin retoque ni mortaja.

Se sentaba al pie de la cama y abriendo un poco las piernas comenzaba con su alivio…

-Hoy vengo a contarte del huerto de las espigas, donde hay un nido de pajaritos que ya ni pían…donde el arroyo se ha secado y apesta a caca de humano…donde las piedras tienen flores y las flores piedras encima, donde mataron al Patrón por andarse cogiendo a las sirvientas y por donde los rufianes beben hasta matarse entre ellos…Vengo a contarte de la huerta de las espigas, donde una vez te encontré desnudo, con tu pilín bien duro y tus ojos de cabrón arrepentido, donde te perdoné tres veces, las mismas que me engañaste, y las mismas que no te dejé que me miraras desnuda… por eso le lloro al arroyo seco y a las piedras sin flores, por que cuando allá te encontré desnudo me tapé con el agua y me hice un vestido de piedras, y los pajaritos cantaban mientras tu gemías, y las flores se me metían a los ojos y tu me las ponías de sombrero y después con ellas te adornaba tu pilin chiquito y tu te reías como un relámpago furioso…-


Y mientras Micaela contaba su remedio, el Abuelo Agustín abría los ojos y las manos, balbuceaba ahogado en rabia y se empapaba en sudor que mojaba sus ojos…

Micaela entre respingo y respingo pronunciaba un ave maría incompleto… y llamaba a la muerte con su voz de meretriz resignada para que acudiera miserable a darle el último retoque al fallecido.

-Espera Agustín, aún no es hora, no te sueltes de la baranda que te aferras, por que aún no sabes que la huerta de las espigas no fue tu única cama conmigo, por que antes que te largues a morir completo tengo que contarte, que en el arroyo que me tapaba desnuda y en las piedras que me vestían mientras tu te vaciabas en mis entrañas, se ahogó el amor que una vez te di completo, enterré al hijo que nunca quisiste y me morí tres veces, las mismas que me engañaste y las mismas que nunca dejé que me miraras desnuda…por eso ahora que te he visto morir las mismas veces, es que vengo a darte mis ungüentos, mientras te resucito con mieles y te mueres de arrepentimientos, mientras me cobro un poquito de tu malsano adviento, mientras te espera el infierno y a mi el perdón eterno… mientras te mueres y muero… de una vez completa y entonces si…
Pondremos nuestra casa en el huerto,
el arroyo nos mojará los cuerpos,
Tendremos a nuestro hijo muerto,
Y no habrá tres veces en que me claves tu puñal certero…
Ni agonía más triste, que éste...
Tu último entierro.-



cieloazzul.
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jueves, julio 5

Consuelo...



Para Consuelo el amor se disfrazaba de noche y día, no había en el horario terrenal una hora precisa para dejarse invadir por los deseos puritanos que siempre terminan en obscenas manifestaciones escandalosas, para ella, el mismo placer que le daba rascarse la punta de la nariz entre segundo y segundo se lo daba el frotar sus piernas una con otra mientras viajaba en el autobús repleto de olores…
Toda ella era un suceso de desenfreno, hablaba con los ojos, miraba con la boca, escuchaba con la entrepierna y se entregaba con los oídos, así y sin el menor recato, Consuelo se repartía entre cuadra y cuadra a merced de sus antojos…
No había catálogo de caricias mejor cotizado que el que ella ofrecía gratuitamente a cualquier cristiano y hereje, ella; por el simple hecho de sentir sus placeres era capaz de volverse tormenta y sosiego, confidente y verdugo, sentencia y perdón.
Y se repartía en milésimas partículas que se le desprendían cada día que había que gastarse las ganas, se borraba un pedacito de ella misma cada ocasión que sus caricias se restaban de su piel para sumarse a las de aquellos pellejos de ganas que se le frotaban por su templada carne…
Consuelo habitaba en cada barra de cantina solitaria, en cada sábana de lecho clandestino, en aquel lamento del jazz de madrugada, en la espuma de la cerveza tibia de tanta espera, en las lagrimas del muerto e incluso se le veía rubia y despampanante en los altares con santos, Consuelo siempre estaba oportunamente en cada deseo y en cada pecado con su vértigo cortesano y su liguero de puta.
Todos los atardeceres le pertenecían, todas las madrugadas tenían su nombre y cada funeral de un vivo se presentaba de negro sensual para repartir deseos desenfrenados y hormigueos en las extremidades, solo por ser ella, Consuelo.
Pero la sentencia de su bautizo le cobraba cada día un deseo nuevo, no bastaba ser ella compañera de cada desasosiego, para ella no había más de lo que ella misma era, por más que se abrazara con fuerzas, por mas que se besara a través de los reflejos de su vitrina carcelaria, ella era para todos pero nunca para ella misma…
Y así se le fue borrando la vida, se fue desmoronando de beso en beso, de caricia en caricia, de orgasmo en orgasmo, hasta quedarse sin ella misma, sin sus ojos que hablaban, sin su boca que miraba, sin su entrepierna comprensiva y sus oídos prostitutos...
Toda ella se quedo sin nombre, sin deseos que saciar, sin pecado que perdonar…
Hasta que un buen día que no quedó más nadie que necesitara de su perfume y cercanía se envolvió entre hilazas, se hilvanó en puntadas largas, se confeccionó un ataúd repleto de flores y se murió de muerte…
Para re-encontrarse….


cieloazzul
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jueves, junio 14

Renata

Imagen: Mi dulce rosa.John Waterhouse
Renata...
De aquella vida que le había tocado nada resultaba tan suficiente como para resistir...
Desde niña la instrucción por servir en cuerpo y alma a quien resultara su señor, le habían sido inculcadas aún en ayunos y tempestades...
No era cuestión de santidad, sino de vivir el género en toda su extensión.
De no haber sido por aquel pecado que la mantuvo viva, no habría soportado cada noche de uso cotidiano, la respiración robándole el ultimo hilo de aire y el peso sobrio de aquel cuerpo que a embestidas rítmicas firmaba con gotas sudorosas el honor del apellido.
Para después, con obstinación escrupulosa, guardar entre su febril urgencia aquel amasijo de odios y añoranzas recorriéndole las entrañas...
Del pecado se sabe apenas nada...sólo lo que aquel rosal guarda entre sus espinas...
Lo cierto es que a cada encuentro clandestino, ella enjuagaba sus culpas sobre los fluidos cristalinos que le eran concedidos...por cada goce, una semilla era sembrada en el muro aquel que le sostenía el gemido.
Para cuando fue suficiente y la luna les volteo la espalda, aquel portador de rosas en semillas no apareció jamás... lo único que por compasión crecía, era recurrir, después de cada servicio obligado, a morder el aroma de cada recuerdo, sangrar el alma con la espina de aquellos placeres y volver a su palacio de diamantes falsos, con las piernas temblando y un pequeño río de lagrimas escurriéndole por la entrepierna....

cieloazzul
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viernes, junio 1

Margarita


imagen:Claus Wickrauh.
MARGARITA...

Margarita tenía las caderas de fuego, un rostro angelical y los cabellos como cascada en furia, inteligente y casta, vivió esperando encontrar su destino al lado de un hombre que no sólo fuera guapo, sino con suficiente soporte económico y una carrera en ascenso.
Encontró su sueño justo cuando conoció a David, el mayor de 5 hermanos y primogénito de una de las familias de mas abolengo en el sur.
Se casaron como Dios manda, ella en su manto albo y blanco; él con un sobrio frac antiguo.La noche de bodas fue protocolaria, debido a la ingenua potestad que ella sugería a su ahora marido, 10 años mayor que ella y con una vida anterior sin reservas.
Margarita, pronto quedó en cinta, feliz como toda mujer realizada, vivió la transformación de ese cuerpo de porcelana y disfrutó ver crecer su anatomía empapada de la cursilería maternal, mientras tanto, David, disfrutaba de la perfección hogareña, siempre todo en orden; con la perfumada presencia de su mujer, no se preocupó nunca por cerciorarse si el bebe en camino era producto de una noche apasionada con orgasmos jocosos, o un hasta mañana legítimo de todo recién casado.
Durante los siguientes 5 años, Margarita vio su cuerpo transformarse, por aquí su vientre se contraía, que al paso de unos meses comenzaba nuevamente a elevarse, entregada hasta el cuello a la maternidad, a la monotonía de los biberones y los lienzos, Margarita creyó que el matrimonio tenía al sexo como ingrediente inminente para formar la familia.
Por su parte, David no perdió experiencia, no le faltó una caricia clandestina, un carmín sobre los labios, una excusa laboral perfecta para despertar en madrugadas ajenas.
Margarita cumplió los 30 años envuelta en una soledad abismal y contradictoria, con cuatro almas rodeando su tiempo y un esposo perfecto que respetaba el cansancio con singular honor, se limitó a verse tras el reflejo del espejo y realizarse pasmadamente bajo la sentencia del deseo añorado.No quedaba tiempo para un descanso, desde que Margarita despertaba para besar tímidamente los labios de su esposo, ya había obligaciones retrasadas, el desayuno a tiempo, la correspondencia en orden, la casa en funciones, el promotorado de la iglesia, la visita a los ancianos, recoger a los niños del colegio y servir la comida con parsimonia y paciencia, esperar a su esposo a comer y contemplarlo mientras él hablaba sin respiro de los nuevos proyectos políticos, por la tarde, apenas el reloj daba 4 campanadas, Margarita corría de un lado a otro, clases de violín, clases de gimnasia, la doctrina, el pan recién hecho a las 15 menos 7, la cena, las pijamas, la oración del ángel de la guarda, el cuento de la " vieja maga", el té para el sueño placentero de David, y una rosca de azúcar para ella, que mordía con calma, con tiempo, sola , sobre la mesa desordenada.
Cualquier mañana podía ser la misma, Margarita apenas disponía de 15 minutos para enfundarse en sus atuendos de algodón colorido, torcerse las pestañas con la misma cuchara con que endulzaba el té de su esposo, y perfumarse el cuello con la impaciencia del caldo para la comida.
Una mañana de tantas, Margarita se encontró con la despensa incompleta, requería de orégano y azafrán para el menú inventado, sin quitarse el pequeño delantal, se dirigió al almacén mas próximo; entró en él, tomó una canasta maltrecha y se sirvió de tantas especias como consideró.
Llegó al pequeño mostrador en una esquina, aguardó unos segundos pues no había nadie que le pesara la compra, al no obtener respuesta, golpeó la madera con el puño impaciente al tiempo que decía con voz firme..
- ¿ hay alguien aquí?-Apareció Ramiro, joven de cabello color canela, ojos risueños, mordiendo nueces con los dientes.
Margarita se sintió avergonzada por su actitud prepotente y se disculpó con un
-!hola!- sonriente.
Ramiro, saludó con simpatía, tomó la mercancía encimada en la canasta, con delicada calma, pesó, uno por uno los ingredientes seleccionados; Margarita experimentaba al paso, una sensación conmovedora, mirar la ternura con que ese hombre tomaba en un puño cada frágil hoja perfumada, la acomodaba con caricias inmediatas para volverlas a poner sobre una pequeña bolsa de papel ruidosa, la tenían absorta, no pudo evitar sentir sus ojos llenarse de lágrimas.
Durante los siguientes días, Margarita no recurrió a la despensa prevista, inventó todo tipo de comidas con diferentes especias, sin siquiera tener los caldos listos, se alisaba el cabello y después de dejar a los niños en el colegio, pasaba al almacén para surtirse repetidas veces de los mismos aromas.
Justo cuando metía sus manos en el costal del anís en polvo, Margarita sintió la presencia de Ramiro por detrás, un tanto inquieta se apresuró a servirse dos puños mas, Ramiro, puso su mano sobre la de ella, en movimientos de compás, pusieron en el canasto 10 puños, pasaron a las ciruelas pasas, con la mano de Ramiro sobre la suya, 5 puños, sobre la canela, 3 rollitos, la mano de ese hombre la tenía alegóricamente atada, a pesar de que en cualquier momento podría entrar alguien al almacén, Margarita se dejó cubrir la mano por una piel mercenaria, la espalda por una respiración serena, el cuello por un silbido húmedo cortante.
Pasaron a la trastienda, Margarita con los cabellos revueltos y la canasta en medio de las manos, Ramiro, con la respiración perfumada y las manos ágiles, bajó una cortina, le besó el cuello, le desabotonó la blusa, le comió los pechos, la desvistió completa.
Margarita, no soltó la canasta, cerro los ojos; se adormeció el olfato con la mezcla de olores, se mordió los labios rezando un ave maría.
La recostó sobre los sacos ásperos de especias frescas, le ató las manos hacia unas pequeñas argollas que colgaban oxidadas, le mojó el cuerpo con saliva tibia, le mordió los pezones hasta ponerlos encendidos; les espolvoreó anís hasta adormecerlos; hizo dos surcos con su lengua por su vientre, los cubrió de orégano haciendo zig zag, le separó las piernas con besos, humedeció su sexo con su lengua, la recorrió con la yema de los dedos e introdujo en su sexo, una a una las ciruelas pasas; hasta que Margarita comenzó a sentir el sabor dulce por su garganta, flexionó sus piernas hasta trabarlas con dos cintas de algodón púrpura, al tiempo de besarle la entre pierna fue espolvoreando canela por su zurco; Margarita contenía la respiración por temor a delatarse, no sabía si había gente esperando por el tendero, temía que el deseo se frenara por un mal respingo, comenzaba a gozar.
Ramiro se tomó el tiempo justo, para tallar aquí, probar allá, sentir mas allá; Margarita mantenía los ojos cerrados; el rosario comenzado y el placer a punto de hervor, cuando sintió los dedos de Ramiro abrirle la boca con deseo, jugándole la lengua; tocándole la garganta, hasta hacerla arquear; abrió los ojos para encontrarse con el sexo de Ramiro entrando en su boca, Margarita entonces sintió todo el pudor sacudirle la indecencia, sin jamás una experiencia de tales dimensiones, intentó confundir las nauseas y no parecer ridícula, el instinto la ayudó, comenzó a lamer como cuando niña lo hacía a la cazuela del caldo, a rodear con su lengua como cuando al turrón de almendras, a morder como a la panela de las mieles, a sentir la mezcla de las especias sazonarle el cuerpo añejo, comenzó a sentir hervir sus deseos al compás del desenfreno desconocido, dos, tres contracciones, tres sacudidas, 5 gotas de sudor golpeándole los ojos, una oleada de sabores hirviendo, atravesándole la garganta.
60 minutos después, Margarita probaba el menú del día, un nuevo invento de su ya costumbre improvisada, pollo en salsa de ciruelas pasas, torrejas con jarabe de anís a la canela y vino de sus jugos.


cieloazzul
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