martes, mayo 1

Magda...


Magda.

Le faltaron cuatro letras a su nombre, y le sobraron otras cuatro para vivir de forma majestuosa.
Cuando bebé, nadie notó que su nombre fuera cojo como sus ojos, que de vez en cuando, se entrecerraban de forma caprichosa hasta vivir en un constante guiño coqueto que enamoraba a cualquiera.
Cuando creció, creció por todos lados menos por su nombre, su rostro se alargó hasta parecer una ráfaga de aire caribeño, sus senos se desparramaron de forma elíptica hasta parecer montes desolados, su cintura, se encogió grandemente formando un inmenso lago donde habitaban cisnes hermafroditas, y sus caderas, se desparramaron de manera obscena sobre unas nalgas redondas como huevos de dinosaurio.Todo le creció como crecen las raíces en el agua, menos su nombre que siguió siendo enano e incompleto. Así que, decidió buscar afanosamente en todos los recovecos donde se pudieran haber quedado perdidas las cuatro letras que le faltaban…
Y ahí fue, primero buscando en las aulas donde estudiaban letras y algoritmos, en los cuales únicamente encontró la mitad de una oración y dos ecuaciones inertes sin resultado correcto, medio orgasmo apresurado y una nota en rojo que le reprobó el intento, se fue entonces con un vestido de fiesta a buscar entre los pasillos de un hospital de urgencias, donde encontró gasas empapadas de ardores, batas blancas con sexos contagiados, seis orgasmos agonizando.
Desistió; intentó conformarse con su nombre cojo, con su identidad a medias, con un significado mutilado como su mirada nocturna.
Pero no se sentía plena, a ella le faltaba la mitad de si misma y buscaría hasta encontrarse…
Así que después de buscar, entre sábanas clandestinas, ojos extraviados, manos huérfanas y arrimones fantoches, decidió cambiar la estrategia, iría buscando letra por letra, deducía que cuatro letras no había sido fácil y quizá de una en una encontraría su otra mitad…
Así, despertó una mañana, decidió buscar en una Panadería, donde el aroma a leña le estremeció el instinto, buscó, entre la harina espolvoreada, entre la mantequilla afrodisíaca, entre los huevos, los huevos que son huevos y cuando estaba a punto de darse por vencida le salió de entre las piernas una P alta como sus tacones dorados y envejecida como su afán, con cara de culta y buena vida, así que se la guardó en el sostén y salió sin pagar la cuenta de su atragante, contempló la noche entera el pedacito de su mitad y se durmió contenta del encuentro.
Al siguiente día decidió seguir buscando, caminó calles y avenidas, se secó de sed y soledades tardías, se le agrietaron los pies de indiferencia y cuando encontró un parquecito llenito de risas invisibles se dejó columpiar por una letra que le hacía señas infantiles desde una colina rodeada de besos, una U le calmaba los desvelos, le acariciaba la cola mientras se dejaba mojar por la brisa fresca de una búsqueda fructífera y suculenta.
Esa noche durmió acompañada, del lado derecho tuvo un pedazo de su alma y del izquierdo un ojo de su origen, soñó con ángeles que le tocaban un arpa.
Tres días caminó sin resultado, cansada de buscar y hambrienta de respuestas entró a una tiendita de abarrotes pequeñita, buscó entre sus harapos una moneda para comprar una goma de mascar sabor a Uva y sacó sorprendida de entre sus retazos una T que le extendía un crédito ilimitado y acciones en la bolsa de valores, comió hasta sentir que las ropas le estorbaban, hasta sentir la digestión atravesada en la garganta, hasta eructar satisfecha por el banquete degustado.
Con la idea de seguir buscando la ultima letra de su origen, se propuso revisar los antecedentes familiares y la historia de cada pariente lejano y consanguíneo que pudiera ayudarla a apresurar el encuentro, entonces, se pintó los labios de rojo encendido y caminó a las oficinas del registro civil, ahí se encontró con un escribano con cara de amante caducado y sonrisa fallecida, con los dedos chuecos de aporrearse las ganas y una A que le marcaba el entrecejo y le endurecía el sexo añejo.
Ahí llegó Magda, con sus cuatro letras asignadas desde que nació y tres letras encontradas sin tiempo ni hora exacta a encontrarse con la alegría inmensa de hallar al causante de su vida coja y su nombre enano.
Encontrarlo ahí tras una muralla de sinrespuestas y con aquella ultima letra faltante pegada en aquella frente de abandono y esa culpa envejecida en su cara de Amante olvidado,que se le iluminó la vida a Magda, que de tanta alegría saltó sobre el escribano y lo desnudó de prisa, le arrancó la ultima letra de su nombre a mordiscos y gemidos; y una vez que la tuvo entre sus dientes lo obligó a que escribiera en una nueva acta de nacimiento el nombre que la haría de ahora en adelante la mujer majestuosa con que siempre soñó ser…
El escribano, exhausto y renovado escribió con letras de oro y tremendo orgullo
el nombre que ya no era cojo ni enano, sino todo lo contrario:
MAGDAPUTA.
Y Magdaputa, le agradeció con besos y un desayuno de caricias diarias por haberle guardado la ultima letra de su origen, el ultimo episodio de su peregrinar mutilado, la extensión de su nombre y el reencuentro con ella misma.
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domingo, abril 1

Irene...


Irene
tiene 93 años, dice que cuando era joven fue alta y hace una seña con los brazos extendidos,
ahora es diminuta y enroscada,
tiene los ojos transparentes, su piel es del color del aire,
habla pausada pero sin parar,
de vez en vez, moja sus labios con un té que huele a hierbas y le perfuma el rostro,
mientras cuenta su secreto parece que va a llorar,
pero no,
mantiene una sonrisa trémula
que aún me persigue mientras rescato su secreto.
Para ti Irene.
Donde quiera que te encuentres.

Ella conocía el amor por que en sus sueños le habitaba, conocía la belleza por que en la mirada se le tatuaba, conocía además los deseos que el cuerpo guarda por que los recogió en su estómago desde niña y los disfrutó con ganas…

Creció entre risas y verdades a medias, porque una mujer pura no se entrega si no es con el hombre con quien ha de casarse aunque feliz no sea, en una vida que la hizo mustia por que su madre siempre tuvo el dedo listo para la sentencia:
“El Diablo siempre se desvela”.

Sin embargo ella, al mismo Diablo le tejía treguas.

De amores los tuvo todos, desde el galán del pueblo que bailaba con la mirada de lado, hasta el viejito verde que se sentía febril de mirarla con ese caminar de lado a lado.

Y los amores se le alargaban todos, los disfrutaba ardiente sin el pecado escrito, por que eso si, “virgen hasta el matrimonio”, aunque en tantas veces haya sentido orgasmos.

“Y es que la vida de antes, la que se vive ahora pero con más descaro, siempre ha sido la misma, la sentencia a cuestas y el deseo rondando, los valores pataleando y el pudor danzando, y el sexo, siempre atento y desflorando…”, dice con sus ojos color canela y su boca desentonando.

Por eso ella, vivió gozando, se enamoró mil veces y se entregó a destajo, pero eso si:
“sin bajarme los calzones, ni hacerlos a un lado. Porque bien de blanco que me casé aquel sábado, aunque por muchas noches nunca le miré ahí abajo…”

Ella tenía una trinchera de sucesos que la hacían deseada, un manojito de aires que la convertía en cortesana y un cuerpo de pecado diminuto que cualquier hombre con lo menos de dioptrías tenía entre sus deseos para condenarse.

Y ella repasa en sus recuerdos, mientras se mira en el reflejo de un espejo salpicado de tiempo, de vez en cuando se inquieta y cierra los ojos, contando:

“Yo, tenía besos que tenían su porque sí, de esos que vienen desde adentro y hablan solos, que no necesitan freno, que no necesitan tiempo, que sirven para un saludo o un hasta mañana, que aminoran trayectos y contagian deseos, pero no estallan en el estómago ni se desparraman por el cuello, esos besos de poca saliva, que se dan por respeto, por amor chiquito, por cortejo, pero que encienden flamitas y siembran cosquillas.

Besos que se me venían sin darme cuenta, que se te escapan cuando sonríes, cuando hablas, hasta cuando lloras, que no hacen ruido ni gastan el carmín, besos que se vuelven invisibles, que se adueñan del otro hasta que lo sientes tuyo, besos mustios, con la resonancia del silencio, que se platican entre lenguas y se succionan sin decencia, esos besos, que de no ser por que no embarazan, no pasan de ser condena, pero que dejan evidencia y también vergüenza, por que después hay que esperar con las piernas bien discretas y poco abiertas a que seque la saliva, que de mucha, hasta por abajo se desperdicia.

Besos que se mueren en el intento, que no llegan por estar ya muertos, que los sueñas una noche entera, los saboreas, los repites hasta gastarles el sabor a encuentro, pero llegado el momento, no los das, porque te acuerdas, que ya están muertos…

Besos que te quedan en la punta de los labios, que permanecen junto al recuerdo y al destino, que los usas para besar la pluma con que escribes un verso, su nuca tibia o la punta de sus dedos…

Pero los besos que ya no recuerdo, por que cerraba los ojos y no les medía el tiempo, son aquellos que de respirarse tanto se vuelven besos intensos, que gimen en la garganta, agonizando al miedo, que entumen las manos de tanto hurgar ahí, en el medio, que no sabes donde comienza él y sigue el sexo, besos que se baten en duelo por no traspasar los sueños y que de tan intensos, a veces, parecen copular, sin sexo. De esos besos, que ya no recuerdo, pero guardo uno, para antes de mi entierro.

Pero también tenía caricias, de esas, que aún me quedan, que las doy por puta o por santa ya ni sé, por que a veces ni me encuentro, pero que sin besar, ni nada, me vuelvo intensa, sin perder pureza.

Caricias que se extravían sin permiso, que se disculpan para volverlas sentencia, caricias que bajan y suben con frenéticos aleteos que mueren en el aire haciendo cualquier pirueta, caricias que hinchan las risas, que encienden pudores y que el padre nuestro lo vuelven más nuestro, caricias de fiesta y rumba que bailan por su espalda, eso si! encima de las ropas, no te pienses que la carne rozan, por que eso es de putas, y yo, no soy tan descarada.

También tenía rozones de piel caliente, para ocasiones especiales y si de reconciliaciones se trataba, por que eso si, yo que soy de hormona enjaulada, si algo no me ruborizaba, entonces me encabronaba, y para esos casos, nada mejor que tener a la mano una buena arrejuntada, donde te le pegas tanto que hasta los pezones le ensartas y sin mirar para abajo te sientes inmaculada, apretando el vientre y también las ganas.

Por que supe de muchas, que de la risa se despernancaban y entonces no sólo aquello les entraba, también se les iba la vida criando las carcajadas , a esas después de la deshonra, las casaban y les mataban a palos para siempre las ganas.

Pero de lo que más tuve, fueron miradas, por que las tuve todas y con ellas enterré a mis fantasmas, las vestí de fiesta si se me daba la gana, o de luto eterno pero con brillo en las pestañas, las usé de noche para esquivar heladas y las vestí de día para volverme santa, de esas me queda una, que la guardo para cuando lo encuentre, a él, que debe tener la cabeza aún llena de ganas.

Y así, ahora que ya estoy vieja, y que la vida me gana, me quedan recuerdos con unas poquitas de ansias, ya ves los ojos me tiemblan, la boca me engaña, si mi madre supiera, de todo lo que ahora te cuento, se muere de nuevo con las verdades repletas, que me casé virgen por que no abrí las piernas, pero que no fui tan santa y me moriré condenada, por que me pasé la vida con el Diablo en sus desveladas...

Pero volvería a ese entonces, con todas mis ganas, por que ahora tu has visto la de cosas que se hacen con los besos, las caricias y las miradas, ya no quedan arrimones, ni ganas de adivinarse el cuerpo, ahora con cosita de nada, te encueran y sacan las ganas, y eso de vivir de forma tan apresurada, a mi nadie me engaña, te seca el huerto y pudre las manzanas.”
Cieloazzul
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domingo, marzo 18

D´ella...

Gracias,
por permitirme capturar tus emociones ...
por compartirme éste destello de luz de tus ojos...
Por prestarme tu ilusión,
y el antojo por la vida.
Gracias D´ella.


Ella tuvo a manos llenas amor y lágrimas, vivió consagrada al matrimonio y al martirio secreto de amar profundamente a un amor difunto que ella misma enterró en su corazón a sabiendas que estaba más vivo que nunca.
El tiempo con sus inexplicables designios tuvo la idea de volverlos a poner frente a frente. 44 años después, cuando ella se aceptaba sin el que fuera su esposo durante 40 años y él, aguardando mansamente el instante de volverla a ver.
Ambos con más de 60 años, reviven un amor frenéticamente interrumpido.
Y ella, en sus secretas tardes, le ha escrito:


Amor:
Quiero que sepas lo feliz que me hace el volver a verte, lo agradecida que me siento con la vida por permitirme recobrar aquellos instantes que alguna vez me pertenecieron.
Llegas en el momento preciso a mi vida, cuando dejo mi cotidiana labor pensando que ya estaba cansada y sin aliento, llegas y me revuelves absolutamente todas aquellas emociones que alguna vez sentí y tenía mucho de haberlas olvidado.
¿Sabes?
Mi corazón se ha vuelto loco, me basta cerrar los ojos para sentirlo dar vuelcos de sólo imaginarte, se me estremece el alma de pensar en que las cosas han tenido que ser así, (que pinche destino!)
Cuando el invierno cerraba su ciclo de fríos y soledades escarchadas dando paso a la primavera con sus renovadas cosechas, llegas tu, arrebatándome la tristeza para sembrarme esperanzas y sonrisas.
¿Cuanto puede durar toda ésta revolución que siento en mi alma?, no lo sé, sólo espero que nos alcance para alargar nuestros momentos y conservar la razón de sentir.
Quiero agregar a estas líneas, un deshilvanado escrito que a ratos me nace escribir pensando en estos momentos que estoy viviendo gracias a ti.
¡Te advierto!, no critiques, no corrijas, sólo léelo y después destrúyelo, lo que realmente es importante para mi, es hacerte saber, que pienso en ti.
¿Que me pasa?
Algo inusitado, ¿me siento realmente ilusionada? No. Más bien creo que me estoy volviendo loca, ¡Dios mío!, no me dejes perder el piso y la cabeza, guíame a lo mejor, a lo correcto, que no haga el ridículo.
44 años después, encontrar algo perdido, cuyo dolor sufrí en plena juventud, negué mil veces querer saber si seguía existiendo, odié por mucho tiempo su traición, lloré a morir su ausencia y desamor y ¿Ahora que me pasa? Tan tarde encontrarlo y sentir que se me derrite el corazón de emoción…
¿Que me pasa?
¿Es posible revivir y recobrar a quien tanto amé?,¿ que hacer Dios mío?
Aceptar lo que de sobra sé, que el amor no solo llena y alienta la esperanza de vivir, sino también, duele y hace sufrir, sería una buena razón para dejar de sentir estas contradicciones que me asustan.
Dime Dios, que tengo derecho a soñar con un amor incondicional que me otorga paz interior y gratifica de manera maravillosa lo que por tantos años anhelé que fuera y no fue por azares del destino.
Pero, ¿por que llegó? Acaso tu me lo enviaste sabiendo que hoy más que nunca añoro un amor calmo y sereno? ¿Es mutua la necesidad de afecto y compañía?, ¿Es así como el destino tenía planteado que fuera?
Es ahora, cuando había aceptado la soledad como compañía, ahora que había guardado para siempre las ilusiones de volver a sentir el crepitar de mis ansias por vivir plenamente mi día a día, justo ahora, cuando en mi cuerpo únicamente quedaban aquellas remembranzas de lo que la vida me donó a manos llenas y me arrebató sin permiso, justo ahora, cuando mis noches largas y silenciosas me reclamaban más que nunca certezas y fuerza, es ahora, que llegas tu, con tus mismos ojos de siempre, con la misma sonrisa que me dejaste empeñada, con ese aire que me quedó como recuerdo de lagrimas y lamentaciones, llegas tu, con el tiempo en tus manos, como si hubieras preservado cada hora y cada minuto de ésta vida para devolverme aquello que alguna vez se quedó evaporándose en el tiempo, y con esa misma gracia con que alguna vez me pintaste un perfil enamorado, ahora me devuelves las tizas de recuerdos y los pedacitos de instantes a los que había renunciado.
Dime entonces tu amor, que hacer con todas estas emociones?
Por que ya no tengo más lágrimas, ni tiempo para miedos, dime tú, como vencer éstas frenéticas sensaciones por recuperar aquello que me despierta y me arrulla de esperanzas sin sentir que estoy caminando hacia abismos inmerecidos.
Sólo sé, que mi tiempo vuelve a sembrar ánimos en mi vida, sólo me quedan certezas de saber que lo que siento es legítimo y verdadero, y que a pesar de que los años se me revisten de ilusiones, tengo puesto mi corazón en tus manos y tu existencia.
Es ahora que los años me visten de abuela y tu presencia me devuelve la adolescencia extraviada.
Cuanto te quiero!
Y no tengo nada más que darte que mi espíritu renovado, que éste cuerpo lleno de tiempo y grietas desoladas, que éste sexo que se ha olvidado que existe y éste placer que me basta de sentirte, sin que la lujuria me arrebate y me desnude la cintura marchita que tiene sed de caricias de tu tiempo.
Por eso te escribo, por que antes que la memoria me termine haciendo una jugada traicionera, he decidido tomar tu mano y aventurarme a la vida, sabiendo que el cabrón destino, me tenía una deuda pendiente.
Y es momento de saldarla.

Tuya.
Cieloazzul
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miércoles, marzo 7

Dedicado
a todas ustedes,
queridas amigas mías...
feliz día hoy y siempre!
las quiero mucho!
Cristina.
Ella nació mujer y mujer creció…
Sin más que su carita de ángel caprichoso y sus lágrimas de sal dulce, transformó su mundo de debilidades en fortalezas de acero acaramelado.
Desde siempre, supo que su género la haría par de otro que habría de cobijarle la vida y prestarle fuerzas para seguir creciendo, ella simplemente se dejó ser mujer.
Y de ella se hicieron miles, tantas como emociones y vivencias entrelazadas sin punto geográfico exacto, lo que hizo que su ser mujer se multiplicara por el mundo en una misma emoción.

Así que ella, únicamente ella, sabe lo que la María siente cuando el hambre aprieta y no hay para dar de comer al rebaño de bocas que le llaman mamá…
Sabe lo que Úrsula siente cuando ha de dejar dormido al hijo sin padre para cerrar con doble llave el mundito de miedos que ni con todas las veces que habrá de abrir las piernas se convertirá en universo.

Conoce el terror clavado en el estómago de Marcela, cuando en vez de caricias es su rostro desfigurado por los golpes del más fuerte, que embriagado de cobardes pretextos, rompe día a día con las urgencias llamadas “respeto”.

Se mira en el alma de Teresa que busca albergar en su vientre al hijo que se le negará eternamente, hasta consumirse con ella junto al arrebato de sus lamentaciones estériles.

Se refleja en la novia ilusionada, que bajo su cauda blanca teje sueños que habrán de romperse cuando los besos dejen de llegarle a la hora de dormir y los amaneceres se le hagan esperas tardías.

Se consagra en aquella Adriana, que ve su vientre abultado y redondo, ilusionada y repleta de luz de vida.

Se derrumba junto a Amalia que a los 10 años fue violada por su padre hasta arruinarle la infancia y condenarla a un infierno perpetuo.

Se enamora como Patricia que deshila besos y caprichos a fuerza de ser suprema.

Se rebela con furia con aquella viuda que en la cima de los sueños se le derrumba el pilar de su templo, dejándole un vació oscuro de frenéticas soledades…

Se enciende con Raquel en aquellas noches de clandestino amor y pasiones voluptuosas, donde el ronco gemido le corona los placeres junto al amante estrenado…

Celebra con Andrea mientras escala triunfos profesionales y alcanza realidades…

Llora junto a Margarita las noches de obligaciones maritales, donde el silencio y la ausencia de caricias la desdibujan de su mundo de caramelo.

Se realiza con aquella que sabe encontrar el sentido de la vida, la fuerza necesaria para trascender e iluminar su alma…

Se inspira con la oportuna caricia hecha verso y la manera exacta de confabularse con el tiempo para robarse minutos de sonrisas y largar los miedos…

Se llena de orgullo de la que tiene voz para exigir derechos, para fundar emporios, para transformar la vida y aplacar tempestades de injusticias.
Se compromete aguerridamente con las que siguen en espera de ser reconocidas y valoradas como parte del género que la distingue.

Se suma con las fuerzas que le brotan desde la sonrisa para alzar los brazos y contener generación tras generación con la grandeza de su espíritu, se viste de bravura para formar una muralla de crepúsculos que frenen de una vez y para siempre la causa sublime de su llanto…

Se convierte, se reconstruye, se sana con la complicidad hecha género y especie, se proclama reina, diva, princesa y amante, se somete a los caprichos del amor y se vuelve cortesana de su propio cuerpo, en el que se hace una sola mujer que sabe vivir intensamente a través de los ojos de su género la vida misma.

Feliz día Internacional de la mujer.
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viernes, febrero 9

Gisela...



A Gisela los amores se le prohibieron, no se sabe si por capricho paterno o por traición planetaria, pero eso no impidió que ella amara profundamente con sus dos corazones.

A los 16 años tenía tantos amores como cabellos revueltos sobre su nuca de marfil y no le alcanzaba el tiempo para soñar y dejarse invadir por los amores que de ella nacían y con los que se casó mas de cinco veces para divorciarlos de su vida pasada la luna de miel.

No se le conoció hombre jamás, sin embargo, ella conocía todas las andanzas posibles que los hombres mantenían en sus carcelarias vidas, sabía el momento justo en que un hombre estaba listo para embestir con furia, conocía el semblante perfecto cuando habían de llorar, también reconocía los miedos y pesares con sólo olerlos y se regocijaba de saber que para un hombre no había placer más deseado que la faena de dejarse hacer.

Y en eso Gisela se hizo una Diva, sabía mover las caderas frente a los ojos febriles de quienes habían de desearla, sabía mover la lengua ante los antojos de quienes la dejaban hacer, sabía provocar temores ante quienes se paralizaban de sólo sentirla aparecer, sabía provocar las manos pintando urgencias en el aire para hacerlos enloquecer, pero los hombres no pasaban de admirarla, de sentirla y amarla a través de los aparadores inexistentes en que la vida la tenía cautiva en el amor.

Entre sus amores abundaban los silencios, los pretextos y los tiempos muertos, en los que ella solía enterrarse viva para resucitar cada ocasión que había de encender un cirio para reconocer el rostro de quien la hacía mujer y ella se hacía mujer cada vez que las hormonas se declaraban en huelga de emoción, así que pasaba de una muerte a la resurrección con inmediata resolución.

No fue hasta que conoció a Genaro Moreira, que sintió que los caprichos del sinamor le jugaban malas partidas, con él las provocaciones dejaron de ser escalofríos, las miradas perdieron bravura y las caricias en el aire la abandonaron por completo, hasta que abrió un hueco en los cristales gordos de su vitrina de murano y asomó la punta de su lengua para presentarse…

- Soy Gisela- Dijo con los ojos cerrados para no ver.

Y aquel hombre de antojos citadinos, la miró completa de arriba a bajo para responder con una sonrisa muda y una estela de invitaciones obscenas en un mohín de indecencia, cosa que a Gisela no le asustó en lo absoluto, ella era una sabia en los contrastes de los hombres y reconoció aquellos gestos como el miedo mas feroz que alcanza a los hombres.

Ella de miedos también sabía todo, los había acunado durante toda su vida y sabía encerrarlos tras la sonrisa más linda para despistar a los demonios que la azoraban de noche en noche recordándole su destino, sin embargo; ésta vez estaba dispuesta a morir para siempre con tal de ganarle la batalla a los planetas y tener donde acurrucar sus pecados abrazados aunque fuera entre miedos.

Así que ambos construyeron un amor sin preguntas ni respuestas, bastaba tocarse y sentirse para conocerse y disfrutarse, después, cada uno retomaba sus deberes, -cosas de la vida-, decía ella cuando estrenaba un liguero que Genaro había de quitarle sin prisas , desde entonces, dejaban que los miedos los tomaran por asalto, para correr a encontrase donde quiera que estuviesen y para así desvanecerlos en silencio, con la única lluvia de sensaciones que el tenerse les otorgaba, después, cuando había que volver al mundo desatornillado de urgencias, Gisela se vestía de soledad y enfrentaba las mañanas con la sentencia de los fríos…

Habrían pasado algunos años en que el amor se le había tatuado a Gisela entre las piernas, tiempo en el que ella fue descubriendo un código febril con el que Genaro se convertía en el más arrebatado de sus amantes, hasta que los planetas en su furia por la burla terrestre que el amor les profería condenaron el amor vivido a las desgracias constantes…

Fue una tarde de Abril cuando Genaro a velocidad extrema se hizo pedazos el alma junto con su espina dorsal, sobreviviendo apenas sus redondos ojos de lobo en celo en un cuerpo paralizado del cuello hasta los pies, su harley Davidson color dorado había quedado reducida a un negro calcinado como su futuro.
Como una burla socarrona de los planetas solterones, el sexo erecto le sobrevivió por encima de un esfínter moribundo, hecho que había de alargarle a Gisela la vida entre lamentaciones.

Ambos tomaron el reto, dejaron las mañanas para las terapias de supervivencia, las tardes para las visitas conmovidas y las noches, Ah! de esas noches en que no les alcanzaba el lamento de la luna para ablandar las ganas y aminorar los sufrimientos, Gisela se convirtió en una amazona de hierro, cabalgaba por horas y horas sobre aquel corcel de trapo enmudecido hasta sentir que de él brotaba el ultimo halo de vida para restarle a ella lagrimas de condolencias.
Las rutinas tomaron matices grises, los silencios cavaron profundas soledades, sin embargo el amor febril los mantenía unidos por deseos y pertenencias perpetuas…

Una noche de aquellas donde la luna pareciera enfurecida, Gisela cabalgó sin rumbo sobre Genaro hasta sentirse llegar a aquel precipicio que tanto ambos temían, apretó las piernas y tiro de las riendas flácidas que alguna vez le apretaron las caderas, cerró los ojos al tiempo que rezaba un réquiem inventado y saltó junto con su pura sangre hacia un abismo oscuro y enmohecido…
Abrió los ojos aterrada por el silencio, una luz apenas si iluminó el perfil de Genaro que tenía los ojos apretados y la boca entre abierta...

- ¿Mi amor?- Dijo ella bañada en sudor y lagrimas…

Aquel silencio como respuestas se le quedó para siempre, aún a pesar de los años siguientes, en que Gisela acude a dejarle flores donde yace inerte y con el sexo también muerto…

-No te moriste todo, aún me vives por dentro- le dice siempre al despedirse.
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jueves, enero 18

Cristina...


Decían, que cuando pequeña, ella tenía los ojos de querubín, que con los años aprendió a perderse en aquellos recuerdos infantiles que desembocaban en frenéticos riachuelos de sal y espuma…
Tenía un mundo inventado para soñar y un mundo prestado para vivir, y en ambos iba sorbiendo en dosis pequeñísimas alientos de esperanza para no rendirse en las batallas traicioneras…
De su nombre colgaban centelleantes luceros
que la iluminaban y de su apellido una estirpe de sangre de todos colores, de ahí, que a veces su cabello era tan dorado que se confundía con el brillo de las noches azabaches, de ahí, que de sus ojos de querubín se apreciara una corona de diamantes escurriéndosele por el flequillo de la niña de sus ojos, de ahí, que de su boca se podía escuchar una sentencia griega, una maldición gitana o una poesía caribeña.
Daba igual, a ella, le brillaba el mundo hasta cegarla y le lloraba el cielo hasta empaparla.
Hasta que el tiempo se le revolvió con los segundos y los segundos con los años y la edad se le multiplicaba en restas y el amor se le trastocó que se encontró dormida con los ojos abiertos, el sueño vestido de fiesta y el deseo dispuesto a un reto.
No hubo evidencia escrita de la ocasión en que ella se dejó arrebatar la purísima imagen que de su espejo matutino se llevaba de ella misma, tampoco decreto diocesano del momento exacto en que ella dejó de ser virtuosa para el resto de los mortales, ella sabía que el secreto que guardaba bajo la almohada que conservaba desde niña estaba a punto de vomitarle sentencias y cobrarle los silencios arrugados por tantas lagrimas crepitantes.
Fue hasta que en la soledad que prestan los días feriados se descubrió distraída, comenzó a confundir el rosa con el verde, el azul con el morado y el ayer con el mañana, fue hasta que de tanto guardar sus secretos olvidó donde los había guardado, fue que entonces no sabía si iba o venía, si llegaba o partía, si era su entierro o su nacimiento, si era beso o era herida, si era feliz o ni eso.
El caso es que de tanto martirio revuelto decidió hipnotizarse con el trino de un jilguero bohemio, encender una pequeña grabadora para atrapar los recuerdos y cerrar los ojos dispuesta a cruzar el laberinto de los olvidos con el único escudo de su vehemencia agotada.
Hubo toda una serie de acontecimientos que la llevaron justo a los instantes arrinconados, en los que pasó del llanto a la risa galopante, momentos en que los suspiros la ahogaron y el frío la estremeció, momentos en que se miró resbalar de la cima de aventuras clandestinas y se encontró jadeante ante el olvido más olvidado.
Fue entonces que descubrió mundos secretos que había moldeado con plastilinas de sus cotidianos, fue entonces que encontró lápices de colores brillantes con los que logró recuperar un poco de la memoria olvidada, fue que recordó el abecedario labrado de carne y sangre junto con la lengua fértil que sirvió para borrar los errores imperdonables, fue que recordó entre partículas matemáticas la ecuación perfecta para recuperar aquellos secretos ahogados en la almohada confidente.
Como relámpagos cantarines, llovieron sucesos que se hilvanaron con los olvidos, entonces, una vez recordados se diluían entre los adioses contentos, y entre tanta elocuencia relampagueante, ella no sabía si atraparlos entre las manos o patearlos por la nuca.
Se detuvo absorta entre los paisajes con aroma a vida, se reconoció entonces con los ojos extraviados con líneas extranjeras, sentimientos apareados, promesas disfrazadas y un cielo sin colores….
Despertó decidida a no depender nunca jamás del reloj que le apretaba el pulso, se reconcilió en cambio con su reloj biológico con quien firmó un contrato de respeto indecente, atemporal y sin caducidad de eventos, se dispuso a colorear su memoria vagabunda con un azzul que la vistiera eternamente, sonrió consagrada a la sentencia autoproclamada y espolvoreó su cieloazzul con los secretos para contar que hoy la sostienen y la rescatan del dragón que ruge en sus noches desoladas. Aprendió a sonreír para si misma sabiendo que del otro lado del aire siempre habría una sonrisa de reflejo, aprendió que los olvidos son para recordarlos, aprendió que la vida misma se nutre de la esencia compartida y de los milagros que respiran con nombre de gratitud y amor, aprendió que las lagrimas en compañía son menos amargas y que la alegría de encontrar mundos con sonrisas no son como los terrores nocturnos, esos mundos, nunca se olvidan.
Feliz primer aniversario
cieloazzul
y Secretos para contar.
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miércoles, enero 3

Olga…

Imágen: JuanCarlosRivera.

Con especial cariño y gratitud a Olga...

Gracias, por abrir tu corazón.

Olga fue mujer de un sólo amor...
Dotada de una inteligencia sobrenatural y una belleza provinciana, encontró sueños en el hombre 10 años mayor que ella, que de forastero tenía hasta la suela de los zapatos.
Fue a los mejores colegios, vestía de organdí y seda, sus cabellos dorados eran evidencia de buena cuna, mientras que Francisco, vestía ropa sencilla, con el único adorno de sus ojos azul caribe sobre su piel canela y un par de manos de porcelana.
Le bastaban 3 minutos para vivir día a día el amor no profesado a aquel hombre que cruzaba el largo de su casa, caminando con pasos cortos y la mirada extraviada.
La estrella mulata decidió que ese amor debía existir, burlando incluso la cárcel matriarcal.
Margarita fue la celestina bendita, que se encargó de filtrar la historia plasmada en pequeños trozos de papel opaco, pequeñas frases llenas de amor y pasión... en donde en cada frase se hacían el amor.
El destino torció los conjuros, cuando en un descuido, Olga olvidó un pequeño trozo de papel arrugado en el zapato , su madre, horrorizada de pensar en la intención maliciosa del forastero, la envió custodiada por dos sirvientes parcos y amargados hasta la casa de la Tía Inés, quien la recibió con la sonrisa fingida y la consigna anticipada; no hubo tiempo de prevenir nada, su estrella mulata se había olvidado de ella.
Pasaron tres años, en los que se creyó que la pasión del Diablo había buscado otra victima que no fuera ella.
Las cosas no eran de caramelo, cuando al volver renovada de amor y con mil planes heroicos para realizar ese amor dormido; Olga encontró al forastero ya no tan extranjero, se cruzó con el cuando visitaba la iglesia del pueblo en fiesta, era el mismo Francisco piel canela y ojos de mar caribe, sólo que ahora con una extensión en sus brazos de cuna, un pequeño bulto envuelto en lienzos azules y una sombra a su lado, que a Olga le pareció insignificante y simple, tanto que no tuvo tiempo de mirarla, se perdió en los ojos azules del forastero infame, que a evidencia de 150 papeles arrugados con su firma, le pertenecía.
No hubo luna que no recibiera los lamentos de Olga, ni sol que no estuviera a punto de extinguirse de entibiar tanta tristeza, no hubo sepultero que no esperara fabricar su ataúd color marfil en el que habían de amortajar a la novia olvidada.
Olga sobrevivió.
Nunca se casó, en cambio triunfó en Francia, volvió a su pueblo con el cuerpo tallado por hombres sin rostro, con la boca mordida por dientes sin aliento, con los orgasmos guardados para el amor extraviado.
Pasaron mas de 40 años de aquella ultima mirada en el parque de fiesta, pasaron modas y revoluciones de amor, Olga, calladamente, vivió esperando besar la boca de ese forastero y sentir sus manos de porcelana despeinarle los caireles.
La estrella mulata, apenada por sus descuidos, intervino indulgente. Él, marchitado de amargura, de infelicidad conyugal y de frustraciones cobardes, se enfrentó al designio y se paró frente a Olga una mañana de domingo caluroso, cruzaron frases cortas, apenas permitidas por el ritmo cardiaco de ambos y las miradas morbosas de las mujeres presentes, nada impidió que se encontraran.
Ambos, despertando a la tercera edad, pero con el deseo adolescente, se encontraron bajo las sábanas cálidas y perfumadas de un hotel antiguo, con la luz completamente dormida y el relámpago de luz de las miradas incendiadas; se hicieron el amor como dos recién casados, una sola vez, suficiente para amanecer enroscados entre los deseos.
Olga despertó 20 años mas joven, Francisco, despertó con el corazón 20 años mas viejo, comprendió que quedaban pocos encuentros en los cuales el podría resistir la pasión añejada y contenida. Sucedió.
La noche víspera a la cuaresma, Olga se baño de perfume, se untó en la entrepierna aceites afrodisíacos, encendió velas místicas y esperó a su Francisco acariciarla; se probaron el cuerpo sedientos, se mordieron las carnes hambrientos, Francisco, no respondía en virilidad, se contrariaba, se apenaba, se moría.
Recostó a su Olga rejuvenecida, le rindió un concierto de caricias, con esas manos de porcelana, dibujó girasoles en su espalda, escribió 10 poemas de amor sobre sus senos, dictó su testamento sobre su vientre y muslos, plasmó su ultimo deseo hurgando en la entrepierna de Olga, quien cerró los ojos inundados en lágrimas y rezó la magnífica por ese amor; 10 orgasmos hincharon los dedos de Francisco, 10 oleadas lo llenaron de sal, 10 veces 10.
Ambos lloraron, ambos gozaron, ambos murieron.
Nunca más se volvieron a encontrar.
Tampoco se olvidaron.

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domingo, diciembre 24

Romina


Ya había pasado la Noche Buena,
los regalos, los abrazos y los mordiscos traperos
de los que nunca faltan en las reuniones de familia.


ROMINA...
La Tía Romina, como una buena solterona sin remilgos,
había estrenado un traje del color de sus postergaciones,
tan gris como una tarde sin sol y tan negro como la oscuridad que recuerda a ojos cerrados.
Debajo de la lana opaca no llevaba mas accesorio que el deseo robado 38 navidades atrás, cuando Ríspido Morán, forastero de paso le había despertado la víspera navideña entre castañas y piñones...
Nadie lo supo, excepto la santísima Virgen del pórtico que había fingido muerte terrenal momentánea durante el asalto de inocencia, como un signo de complicidad divina.
Las navidades significaban un revoltijo de recuerdos secretos, nunca pedía deseos, ni los añoraba...
hacía mucho que para ella la ocasión no ameritaba mas que la tradición de una historia de estrella y portalito con personajes que repartían esperanza y amor. No permitía que se le diera regalo alguno ni sermones de buenos deseos...
Para la tía Romina la ilusión de esperar un deseo se había perdido junto con la estrella de los cinco picos que una sola Navidad en su vida miró a escasos 5 centímetros y la sintió picarle un ojo en la tercera embestida.
-Habiendo pasado la noche buena, los deseos no cumplidos quedan esparcidos en la noche, bailando danzas de olvidos...ahora ya es Navidad....- nos decía mientras caminaba hacia su habitación, dando por cumplida su participación en tan ineludible celebración.
Pero esa misma noche, de su ya navidad, la tía se miró al espejo con una víspera estancada, con una nostalgia que se revelaba a dormir y un sofoco que le producía agruras y flatulencias, intentó remedios con una pizca de carbonato en la punta de la lengua, tres gotas de limón dulce, dos sorbos de leche tibia y media cucharadita de linaza en granos, pero nada, el revoltijo la tenía con la garganta hirviendo y la entrepierna indigestada...
Hurgó entre las hierbas hinojo y anís; se preparó una infusión para casos de emergencia, volvió a su habitación con el remedio en una mano y en la otra un candelabro que le alumbraba los tropiezos, justo al cerrar la puerta de su habitación para aplicarse las compresas, vio una sombra que se dibujaba en su pared.
- ¡Santas animas del purgatorio!, ¿quien eres?- dijo soltando un grito ahogado.
- No grites! No grites!!- Dijo aquella voz que de tanto apretar los dientes apenas si parecía de un vivo.
- Ave María purísima, pero quien eres!- volvió a decir la Tía Romina estirando el candelabro y preparándose para morir degollada...
- Ríspido... Ríspido Morán... me recuerdas?- Dijo entonces la voz fantasma
- Hijo de tu madre!, con que derecho te metes en mi casa, en mi habitación , en mi No navidad y de paso casi me matas de un susto?...largo! ahora vienes 40 años después? - dijo la Tía a punto de romper en gritos....
- 38 que no le aumentes, 38 y pido perdón por no avisar mi visita pero apenas me soltaron, justamente por ser navidad-
- Te soltaron los demonios mal nacido, largo de mi casa que si no te largas ahora mismo te voy a dar tu navidad ...-
apenas dijo la tía para caminar en dirección a la sombra parlante...
- Me apresaron los de izquierda, la misma noche de la navidad que fuiste mía y no pude avisarte nada, apenas si sobreviví sepa Dios donde y esta mañana me soltaron, así que aquí me tienes, como aquella navidad si mas que mi estrella de cinco picos y mi hambre de tenerte...-
- No tienes perdón alguno, Ríspido, no lo tienes....-
Dijo la tía mojando un paño de infusión de anís y colocándoselo en la entrepierna...
- No vengo por perdón alguno Romina, vengo por pagar mi deuda contigo, que de cargarla en vilo me ha dejado la espalda en añicos...-
- Tu no me debes nada, ni yo te debo un palmo, Ríspido, la navidad no existe, ni existe la estrella de cinco picos, ni tus promesas forasteras,...yo no tengo mas navidad que la que te llevaste cuando te fuiste...asi que vuelvete a tu muerte y dejame en paz-
- A eso he venido, tonta, a devolverte tu navidad, a devolverte el deseo que me diste y que me cargué cuando me llevaron... a traerte la estrella de los cinco picos para que te adornes la frente.. y también a....-
- No quiero de ti nada, largo!, he dicho que no quiero nada...que ya la navidad pasó y ahora ya estoy vieja para calmar tus hambres... largo..-
dijo la tía cambiando la compresa para ponérsela en el pecho...y secarse las lagrimas..
La sombra caminó por el filo de las paredes hasta perderse en la oscuridad que la vela consumía, se dejó rozar por las ansias de la tía que temblaba de la gastritis y las flatulencias agolpadas, se dejó sentir por las ansias postergadas y con magistral astucia paseó por aquel cuerpo que se permitió recorrer como quien recibe a un habitante eterno...cual remedio milagroso, ungió el cuerpo tibio y consagrado de la Tía Romina y se evaporó a la tercera embestida, justo al tiempo de picarle el ojo derecho e hincarle un diente en el pezón contrario...
Dejándola sumida en un placentero sueño sanador...
A la mañana siguiente, justo del 25 de diciembre, la Tia Romina despertó al tercer canto del gallo morocho, se enfundó en un traje color malva y nos recibió en su tradicional recalentado con un abrazo con aroma a anís e hinojo y un cuento de Navidad extraño, como sobremesa.
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viernes, diciembre 8

Matiana...

Botero

Matiana era redonda por todos lados, tenía un mundo de carnes cubriendo su esqueleto y una cabellera ensortijada enmarcando su rostro solar.

Pasaba largas horas sentada en el pórtico de su casa acompañada únicamente de una veintena de jaulas con canarios amarillos, un telar que siempre estaba en la misma línea y un montón de recuerdos que se comía en silencio, mientras hacía que tejía, hacía que miraba, hacía que vivía, pero a Matiana se le había ido la vida comiéndosela a puños, dejándose en el vientre los recuerdos sin digerir y dejando el postre para el ultimo día de su vida.

Para cada día, Matiana tenía un bocadillo que masticar y en el silencio de las tardes que eran sólo de ella, se hartaba de probar por pedacitos cada recuerdo vivido hasta encontrar el que mejor se acoplara a su ánimo, entonces, se llenaba de gula, se acomodaba el telar sobre el vientre y se abandonaba absorta a degustar sus manjares…

Rómulo Pizarro, le había escrito una vida entera, siendo ella ya redonda, le había dedicado su monumental figura para deleite de sus antojos, así que, siempre en cada bocado estaba él escondidito, con su bigote fantoche, mirándola desde el infierno y sonriéndole con caprichos.

También tenía de bocado a Sócrates Peña, que por tener nombre de artista se sentía de alcurnia, pero no, Matiana sabía que lo único que él hacía con arte, era desabrocharle las ropas sin rozarle las carnes, para después sembrarle palabras cursis por toda ella hasta quedarse dormido sin consumar poesía alguna, por lo que a Matiana se le desparramaban las risas y a Sócrates le fallecía el apellido.
De tarde en tarde recurría a Silvano Barrientos, que de dos bocados se lo devoraba en un acto de soberbia y vergüenza, por que a Silvano las manos grandes no le servían de nada más que no fuera soplarse los calores y las ganas, mientras que del resto del cuerpo apenas si había un resoplo de lo que se le llama sexo.

Para los domingos estaba Diógenes Vera, por el que Matiana dejó de apagar las luces cuando se desnudaba y con quien aprendió que la lengua no sólo sirve para el helado de limón, con él aprendió también a amarse redonda y a darse entera sin pudor prestado.

Pocas veces probaba los recuerdos de Erasmo Roca, y es que con él la vida se le fue en dos días, suficientes para sentirse nacer uno para el otro y morir uno encima del otro con un adiós solemne y un gracias, que la hizo sentir la puta mejor pagada de sus tiempos redondos, sin embargo, siempre supo que el descuido de Erasmo de dejar el bombín de fieltro sobre el sofá, era una herencia que había de valuarse en los tiempos de hambre.

Y así, Matiana pasaba de tarde en tarde dejándose crecer las carnes con tanto recuerdo, a veces llorando un poco para tragar bocado y otras con sonrisa larga para disimular hastío, lo cierto es que cuando sentía urgencia por algo dulce, se repetía a si misma que no era momento para abandonarse a la muerte y cambiaba de antojo para alargarse redonda.

Fue una tarde con olor a jengibre que Matiana supo que sería la última, se sentó en su mecedora de mimbre a hilar en su telar de siempre y recurrió a sus redondas ansias mientras rezaba maldiciones, masticó despacio los aperitivos calientes y guardó el postre para su redonda muerte.

- Pero si una puta tarde como esta he de morirme redonda, con las carnes desparramadas como los amores probados, tú, Rómulo Pizarro que te he guardado hasta éste día, dónde es que dejaste escondido el aceite que me ponías, por el que resbalaba tu carne por donde la mía y después te hundías, para perderte en mis acogidas,¿Dónde es que el jengibre me ponías?, que de ardores y risas la noche nos consumía, ¿dónde es que estás hijo de tu madre ahora sin vida?, que no me quiero morir, sin antes volver a envolver tu risa con la carne mía y a sentir tu aliento, donde el jengibre ardía.-

Un solo suspiro Matiana tuvo para cerrar los ojos, tragándose los recuerdos todos al mismo tiempo, golosa de su postre por el que esperó un pedazo de vida, se relamió satisfecha hasta quedar redonda sobre si misma. Dicen los que la vieron ese ultimo día que Matiana tenía el semblante de niña, el vientre desinflado y una sonrisa inmensamente
redonda, como su vida.
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viernes, noviembre 17

Celeste...


Debajo de aquellos esquemas sociales que la vida supone, Celeste sorteaba cada embiste de lo cotidiano con malévola inocencia…
Irradiando siempre una dulzura diabólica, una ternura eléctrica y la mirada siniestramente diamantada, iba sorteando de sonrisa en sonrisa embrujos y amores…
Poco le importaba el tiempo habitado en cada conquista, bebía de su amante lo esencialmente nutritivo y cuando éste se quedaba enclenque de tanto darse, daba certeros finiquitos y se esfumaba tras las gotas del coco channel que cargaba siempre en su bolso y las medias de seda negra que usaba únicamente en las despedidas dejándolas como única herencia al amante abandonado como un recuerdo consabido del amor fugazmente vivido.
No había más duelo que la noche siguiente, en el que por respeto al amor difunto Celeste lloraba sin descanso entregando todo aquello que hubiese quedado pendiente… se revolcaba entre las sábanas blanquísimas de su estrecho lecho compartido y se masturbaba con el recuerdo del adiós mortífero, esperando el amanecer hinchada de sosiego y repleta de placeres húmedos…
Llevaba todo un tiempo que vivía en aquella doble vida que nadie imaginaba, puesto que Celeste no tenía más vida que la que los ojos de sus cercanos conocían…
Dama intachable, madre abnegada, esposa obediente y mujer a medias…
Vestida de elegancia se transformaba en los atardeceres de urgencia, sin que los ojos cercanos la reconocieran ni extrañaran… sus ausencias eran tan efímeras que era imposible imaginar que le bastaran segundos de cualquier día para cederse en una eternidad majestuosa y eterna…dejando en cada amor una anemia crónica de deseos y llevándose ella todo el candor y proteínas necesarias para su radiante figura.
Por las noches, mientras el amor en turno mantuviera vida, ella se dejaba arrullar por el aroma inconfundible de las entregas clandestinas, se condenaba entre sueños al infierno de sus ligerezas y se proponía indulgencias de servicio marital para no tener los pecados en serie…
Su esposo, la veneraba por santa, por sabia en las artes del amor y entre muchas proezas más, por que no había nada más sensual que el aroma que de vez en cuando dejaba Celeste sobre las sábanas después de los encuentros que los esposos tienen de aquel coco channel que él mismo le había regalado en la noche de bodas y que ella usaba sólo en ocasiones especiales.
Para Celeste el pecado no era amar en clandestinos instantes, ni siquiera frotarse con lavanda y gotas de limón dulce la entre pierna después de haber enterrado a un amor amante, su pecado era, no guardar luto riguroso a los besos y a las caricias.
Así Celeste cumplió los 40 años, radiante como una quinceañera, alegre como una adolescente, exquisita como una anciana cortesana y contrariada como una mujer contemporánea…
Hasta que llegó aquel viernes en que ella debía despedirse del amante de otoño, y no por que le hubiera agotado todas las reservas de vida, sino por que Celeste estaba comenzando a experimentar una dependencia mezquina y una irremediable necesidad de permanecer a su lado pasados los segundos estrictamente conferidos a su dedicada vocación.
Así que antes del ritual conocido, lloró durante dos noches antes del adiós, se masturbó pero sin recuerdos, más bien con aquellos instantes aún no vividos, despertó hinchada pero sin regocijos ni placeres…. Se bañó 15 minutos más de lo habitual, eligió un atuendo sencillo y color tristeza, se maquillo únicamente las pestañas y se deslizó las medias de seda con temblores y torpeza, se perfumó el cuello con tres gotas de coco channel que resbalaron por sus hombros y sus senos como lagrimas lloronas… y recogió su largo cabello castaño con un cinto de flores como único disfraz a su luto.
Alistó su mañana de deberes con absoluta abnegación, besó a los niños antes de ir a la escuela con un candor diferente, acompañó al marido al auto y le regaló una sonrisa de noche de bodas, se fumó un cigarro con un café amargo y dio mordiscos a un trozo de pan añejo que se le atoraba en la garganta….

Se repitió una y más veces aquellas consignas que la mantenían tan inmaculada y se convenció sin más remilgos a decir adiós y vivir el luto reglamentado.
Tomó la ruta que los últimos 275 días había hecho para saciar sus hambres y no levantó la vista hasta estar frente al número 6 de la única casa dónde se había sentido realmente terrenal.
Tocó tres veces a la puerta y apretó los puños en señal de valor.
La puerta se abrió y el ambiente se transformó en primavera, aquel amante distinto a saber por qué, la recibió sorprendido, no era miércoles por la mañana, ni jueves por la tarde, ni sábado por el medio día, ni día feriado, era viernes, y los viernes son para otras sorpresas…
Celeste atravesó la pequeña sala y se dejó abrazar en silencio y con sonrisas, dio un saludo lúgubre para quitarse los zapatos y dejarse caer en el sillón preferido….
El amante entonces, la llenó de palabras cotidianas, de absurdos divertidos, de caricias espontáneas y simplezas que relajan, la besó arrebatadamente y le quitó la ropa rozándola con tibieza….Celeste se dejó querer sin pronunciar palabra alguna, fue escribiendo un testamento de gemidos y fue sellando la despedida con lagrimas en la entrepierna…
- cuanto tiempo nos queda?- interrumpió el amante en el retozo…
- poco, casi nada- dijo Celeste sin abrir los ojos…
- me gusta tenerte en viernes- dijo el besándole los ojos…
- a mi me gustaría tenerte siempre…- dijo ella abriendo los ojos…

Volvieron a darse entre besos y caricias…
Volvieron a amarse entre susurros y prisas….

- Es hora, debo irme- dijo Celeste rompiendo las reglas de las no despedidas…
- Cuando vuelves?- dijo él ayudándola a vestir…
- No sé, quizá el jueves- dijo ella mirándole ya viuda…
- Mejor mañana- dijo él deslizándole las medias…
- Las medias no….- dijo ella estrujándolas en el puño…
- Me las quedo yo?- bromeó descuidado…
- Quédatelas tu- dijo Celeste lista para enterrarlo vivo…

Le dio el último beso en los labios y salió de la casa temblando de reproches mustios…

Por la noche Celeste cumplió su penitencia, se dio al esposo entera, dejando sobre las sábanas blanquísimas el aroma de las despedidas que a ella le alargaban la vida y al esposo junto con aquellos amantes eternos, les consumía…..

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miércoles, octubre 18

Carmela...


Comenzó a dormir siestas largas que se prolongaban hasta el otro día y comía cada vez que sentía hambre sin importarle el oficio familiar.
Cuando Carmela se dio cuenta que su matrimonio estaba por desmoronarse se vistió de luto y dejó de usar perfume, abandono sus tardes de café con las amigas de toda la vida y cambió sus clases de deshilado por la hora santa de cada jueves, se aprendió el rosario, el misal, todos los salmos cantados y el catálogo de penitencias primarias.

Comenzó a despedazarse los recuerdos, considerando que sería más fácil prepararse lúcida y no tragarse lo inevitable a fuerzas para sufrir igual, repasaba antes de cada siesta, los instantes mas lindos vividos en pareja.

La primera vez que se besaron a escondidas, la ocasión en que Rogelio la hizo suya por primera vez con dos dedos de su mano derecha, las tres veces que llegó a su casa sin calzones, los mordiscos en la entrepierna, los moretes en los senos, las risas largas por cualquier simpleza, el primer retraso menstrual, las noches abrazados, las lagrimas compartidas, los paseos en silencio, los ayeres completitos…

Pero cada vez que ella buscaba recuerdos de entrega ninguno le parecía suficiente como para llorarle al muerto, todas y cada una de las ocasiones íntimas habían estado llenas de pudores y arrepentimientos.

Una tarde en que la hora santa se prolongó hasta la noche, Carmela caminó despacio hasta su casa, repasando en la mente aquellos antojos dormidos que no cumpliría jamás y riéndose por primera vez de si misma por no atreverse nunca a disfrutarse mujer…

Entró al bar que siempre había estado en la misma esquina, dónde la luz tenue parecía una invitación al reposo y al abandono, el olor a humedad, a tabaco y lamentos le revolvieron el estómago y el duelo apaciguado se arremolinó en ráfagas de ironías…

Tomó la mesa que estaba junto a una pequeña barra desvencijada, tan añeja como sus postergaciones y tan olvidada como sus inercias, pidió una cerveza helada y la tomó como si de una purga se tratara, con los ojos cerrados y los dientes destemplados…

Pidió otra y le supo mejor, la disfrutó con calma y disfrutó la amarga levadura inflarle los intestinos, después, perdió la cuenta de las cervezas cuando los ojos se le ponían verdes y la boca carmesí…

Un hombre la miraba en el reflejo del ventanal salpicado de secretos, la disfrutaba en esa transformación obscena que le daba cierto aire de fatalidad y glamour, la desvistió con los ojos y le sonrío invitándole la siguiente cerveza…Carmela que entonces se comenzaba a sentir contenta, aceptó la compañía y se bebió la cerveza dejándose coquetear…

Era un hombre de maneras torpes, manos curtidas y mirada de anciano, viudo igual que el marido de Carmela, con una cama compartida a deshoras y un sexo agonizante…

Las cervezas fueron el pretexto perfecto, el ambiente la celestina oportuna, la soltura del deseo se dejó aparear con cada mirada indecente y fue la lengua de Carmela quien abrió la puerta de lo que sería su festín…

No hubo preámbulo de besos, ni caricias largas que prepararan los cuerpos, tampoco hubo música suave ni una cama lívida y limpia para reposar los arrepentimientos…Fue un baúl desvencijado repleto de polilla y los instintos natos los que detuvieron el tiempo e indultaron las excusas…

Él apenas entró al oscuro recoveco esquinado del mismo sitio, que tomó a Carmela por el pelo, le arrancó el cinto que lucía en su cabellera y le ató las manos hacia atrás mientras le respiraba la nuca, Carmela confundida por los instantes y la levadura haciéndole burbujas en la vejiga se mantuvo quieta concentrada en no orinarse.

- Y si llega alguien?- dijo Carmela intentando ser cortés.
- Abre las piernas- le respondió él apretando los dientes.
- Y si mejor después?- replico Carmela.
- Y si mejor ahora?- dijo él trabucándola en el baúl que rechinaba.

No hubo tiempo de más dialogo pues a Carmela se le atragantó el espasmo en el esfínter… Antonio en cuestión de 10 minutos la embistió por la espalda y la cabalgó hasta llenarle las entrañas… Carmela lloraba, pero no de espanto, sino de haberse orinado encima de sus zapatos de la hora santa.

Él se levanto en silencio, la ayudó a ponerse de pié y le devolvió el cordón a su cabello alisándole el cabello con la yema de los dedos, entonces fue que le beso la boca y le mordió las preguntas…

Carmela salió del lugar con las piernas temblorosas y el reflejo del orgasmo aún sacudiéndole las penitencias futuras…

Llegó a casa con un solo arrepentimiento.
No haberse quitado los zapatos.
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miércoles, septiembre 13

Felícitas...


Conocía a todos los hombres del pueblo, y todos decían conocerla más, desde el carpintero que le hacía cama de aserrín, hasta el doctor que la acariciaba con su bata almidonada, de amores tenía un almacén, un puesto en el mercado, una botica con olor a alcanfor, un kiosco con nieves de frutas, una escuelita con un asta para arriar la bandera y dos repartidores de leche con horarios distintos , tenía un armario donde guardaba sensaciones estibadas de acuerdo a la ocasión y remedios prestos para cualquier malestar, no había noche que no usara el cuerpo para remediar males ajenos ni mañanas que no despertara con la urgencia de sanar.

Felicitas Cantero tenía la cara de virgen nómada, las manos largas y la lengua de gata siamés.
Desnuda se parecía a la luna, vestida también.

Pero no era ese candor lo que le daba la gracia, sino la cintura estrecha en la que reposaban dos cumbres redondas y alineadas, de la que nacía una cadera cilíndrica y cantarina, ella lo sabía, ellos también, que eran los que más recurrían a imaginar su silueta en las noches de deseos viudos.

Hasta entonces, Felicitas llevaba la sanación en su cuerpo, no tenía más que desnudarse despacio, soltarse el cabello y agitarlo en remolinos, pasearse con su lengua de gata por las dolencias y extirparles el mal con sudores y calambres hasta dejar al enfermo agonizando en saludable resurrección.

Hasta que llegó el forastero, que se instaló en la casa de los anturios blancos y no dio señales de enfermarse ni siquiera de aburrimiento.

Pasaron los días y Felicitas preparaba a diario un remedio para aquel desconocido, no quería que la tomara por sorpresa el mal inevitable y tuviera que improvisar con sales del mar muerto una cura ficticia, pero ese día no llegó y Felicitas comenzó a enfermarse de espera, su convicción de santa puta no podía estar completa, así que envuelta en dolores se dormía y amanecía peor, con los remedios volteados y la entrepierna seca de preocupación.

Calixto Perea, era un mediocre sabio, tenía una boca de pajarito y los ojos redondos casi uno encima del otro, su mentón estaba partido por una línea de barba despeinada y sus manos parecían tener un color de querubín.

Felicitas, era la única en el pueblo que sabía curar los males viriles, la única que las otras mujeres respetaban por ser bendita, por devolverles al marido sanado, al amante experimentado, al adolescente hecho hombre y a los ancianos con los aceites de la indulgencia para una muerte serena, se le quería en secreto, prohibidamente, se le respetaba por que sí, y si alguna mujer se llenaba de celos, Felicitas simplemente no volvía a sanar al marido o amante y éste irremediablemente moría de sinrazón.

Pero Calixto, nunca se enfermó, y a Felicitas se le acababa la espera, se le agotaban los remedios, se le consumía el arte de improvisar conjuros y comenzó a secarse como una uva verde, los senos que antes eran redondísimos se le volvieron alargados y caídos, las caderas se le escurrieron hacia abajo y la lengua se le encogió.

Una tarde, se presentó en casa de Calixto Perea con todos sus remedios en frascos de colores, pensaba que quizá él no sabía de sus artes y por eso no la había solicitado antes, segura de que alguna dolencia debía tener y dispuesta entonces a sanarlo como sólo ella sabía hacerlo.

Calixto la recibió con una elegancia siniestra, la miró entera sin siquiera mover los ojos, y la hizo pasar a la salita de bambú que tenía en el amplio corredor, se sentó frente a ella y no pronunció palabra alguna, simplemente la miró, Felicitas que tenía un ritual aprendido para sus maneras preguntó:

- ¿Que le duele al señor?-

Y Calixto quedó en silencio, mirándola como un sordo y acariciándola como un ciego…

Ella volvió a preguntar
- Donde es que le duele al Señor?-

Y al no recibir respuesta nuevamente, se apresuró a desnudarse entera para identificar dónde se erguía la dolencia y dónde había que sanar…

Pero no, a Calixto Perea no le dolió la querencia, tampoco se le anunció malestar alguno, siguió impávido mirando el cuerpo escurrido de Felicitas que palidecía de un dolor prestado.

- Es a ti a la que le duele algo – Dijo Calixto poniendo su mano caliente en el cuello de Felicitas para zarandearla como felpudo de hospital. Despeinada y desorbitada sintió como las dolencias de tanto mal ajeno se le venían de un solo golpe hacia el esternón, provocándole un absceso de quejumbres y aromas rancios que la obligaron a eructar.

Paso seguido y con la lengua aún trabada comenzó a llorar, Mientras Calixto la ponía sobre sus piernas como si de una niña malcriada se tratara y comenzó a darle nalgadas alternadas que le pusieron las mejillas rojas y los ojos al revés. Del trasero ni se diga, parecían dunas del Sahara a media tarde de un invierno inexistente.

A cada nalgada, Felicitas sentía una caricia distinta, un hormigueo africano recorrerle la espina dorsal y mordiscos de serpiente silvestre en la entrepierna curandera. Con cada caricia estruendosa sentía sanarse de males arrendados, sentía librarse de auto maldiciones, sentía recuperar la salud alquilada de cada enfermo casual y honorario.

Sin apenas recuperarse, Calixto la puso de pie, le secó las lágrimas y sin siquiera tomarla en cuenta la recetó.

- Ponga compresas de agua con sal. Venga mañana, su mal es mortal,habrá que lavarle las tripas, enderezarle los senos, desinfectarle el corazón....

Felicitas salió de casa de Calixto Perea con sus frasquitos de colores sin usar, las caderas redondas en el mismo sitio que cuando tenía veinte años y el sexo moribundo intacto.

Se enfermó todos los días a partir de entonces. Olvidándose de sus remedios para siempre, de los enfermos casuales de cada noche, de la querencia ajena y de su vocación de a mentiras.

Se jubiló de Puta y se estrenó de amante.

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domingo, julio 30

Perpleja...

Imagen:Francisco Laso.

Perpleja Ruiz nació una tarde de otoño lastimero, entre la oscuridad azul del cuarto destartalado, donde su madre escondida de todas sus culpas se puso en cuclillas para pujar sin respiro y expulsar de una sola vez todos sus pecados…
Había de ser así, con el único resoplo de candor con que había recibido la noticia de su embarazo clandestino, durante el cual apenas los senos hicieron el anuncio de la naturaleza, mientras que, el vientre le creció hacía el corazón…y las nauseas hacia el esfínter…

Perpleja Ruiz no debía ser más bella que la madre, apenas un destello del brillo de sus pequeños ojos, apenas un halo de su sonrisa de zorra dorada, apenas un poco más de su cadera danzarina… y un ombligo redondo y profundo que no tenía historia en los antepasados de nadie…

A Cástula Ruiz no le alcanzaba el recuerdo para desgranar de dos en dos las sentencias de aquellos ojos de vampiro desplumado del hombre que con prisa y torpeza le había sembrado en el vientre la semilla de la descendencia… todas las noches que aquellos senos se desparramaban por sus extremos, ella maldecía la mala hora en que abrió de par en par las puertas de su intimidad y lujuria, para después, con lagrimas abundantes acunar en la punta de su lengua todas las nanas inéditas que el mundo nunca habría de escuchar...

- Te has de pudrir en los antojos, cabrón- Decía antes del amén.

Sabia hasta las pestañas y simple hasta las uñas, a Cástula se le iba la vida en guardar un centavo diario de los que ganaba lavando las ropas de las mujeres de alcurnia, donde había que restregar con celestial confidencia, los algodones sangrantes, los flujos pestilentes, los residuos de noches obligadas y el agrio sabor de la complacencia marital, con el único fin claro de hacer de su pequeña Perpleja una mujer casi idéntica a la mismísima Virgen del Socorro…con todo y sus milagros.

Todas las mañanas, Cástula enrollaba tras su espalda a su pequeña hija, dejando únicamente al viento los pequeños ojos saltones que desde entonces establecieron una intima amistad con el cielo y sus resplandores… mientras su madre fregaba las culpas y los excesos, Perpleja crecía en un cajón de madera apolillada, forrado de retazos de lienzos blanquísimos y perfumados con hojas de albahaca, fue creciendo y fue rompiendo el cajón en el que sus carnes fueron excesivas, durante el tiempo tal , Cástula mientras fregaba, narraba historias de amor a su pequeña y malograba finales con lágrimas rastreras.

Perpleja de tanto oír, aprendió a hablar y de tanto hablar aprendió a llorar y de tanto llorar, aprendió a sentir.

Cuando cruzó la infancia, una mañana de un mismo otoño lánguido y tristón, Perpleja despertó con los senos desbordados, el pubis regordete y ensortijado, los ojos de hiena triste y la libido de un águila en pleno vuelo perfumándole los respiros.

Nunca había imaginado los despertares solitarios añorando apretones, nunca había sentido siquiera cosquillas en los dientes, sino hasta aquella mañana febril en que su madre, ya encorvada y muda de recuerdos, alistó su jabón de hierbas dulces para la obligada tanda de refriego pestilente, ella, seguía acompañándola en sus costumbres, ahora, ayudándola en casi todo, mientras Perpleja tallaba hasta sangrarse los dedos, Cástula revisaba con ojo de cuervo que no quedara un solo rayón de indecencia, seguían su tránsito de casa en casa, hasta el atardecer…
Esa misma mañana, Perpleja talló los algodones con una sensación distinta, los senos se le escurrían por entre las mantas, se golpeaban uno al otro con danzas indecentes, los pezones se le encendían y le mordían los antojos, el pubis se le hinchaba y una punzada se le clavaba en el ombligo hasta hacerla detenerse y recuperarse.

Talló como nunca en su vida, esperando aquella punzada brotarle del centro de su cuerpo para sentir una estela de vapor cocinarle las costillas.

Los días siguientes, fueron peores, era inclinar el cuerpo, y comenzar a sentir aquel hormigueo salirle de las orejas, clavársele en la mandíbula, la lengua, los dientes, la garganta, el cuello, los senos, pasarse derecho hasta el pubis, morderle los muslos, las rodillas, los tobillos llegar a la punta de los pies y dispararse directo al perfecto ombligo que se le hinchaba para explotar.

Cástula comenzó a empeorar, su artritis mortal la estaba consumiendo, apenas si tenía fuerzas para bajarse los calzones, así que Perpleja, dueña de una herencia lúdica, tomó a cargo las responsabilidades de la madre con todo y el centavo diario para el futuro de ella misma.

Una mañana primaveral, Perpleja asumió por una buena vez, la potestad del futuro, dejó a su madre recostada entre algodones y partió con el jabón de hierbas dulces al recorrido de años, contenta, por que el pago mas irrevocable a esas tareas de asco y vomito, lo daba el mordisco que de su ombligo soltaba dejándole una sensación de carnaval propio.

Una mañana tempranera de abril sediento, llegó a casa de Modesta Núñez, tomó del estanque las dos cubetas de agua de manantial que habría de ocupar para sus labores, y fue inclinar el cuerpo que inició la condena que había de turbarle los sentidos. Frente a ella, estaba un hombre que olía a sándalo, con ojos de lince y el sexo por delante, la miraba, como se miran los capullos apunto de abrirse, como se mira un arco iris que nace y se esfuma, como se mira al sol con los ojos retadores. Perpleja mantuvo la mirada en alto, la sonrisa oculta y los senos dispuestos, apenas si logró recuperar uno de los baldes de agua que no se desparramaron del susto, sin bajar la mirada, volvió a llenar el cubo de agua y se abrió camino, pasando junto al animal en acecho que le lanzó una ráfaga de deseo perdulario.

Talló, de forma distinta, con aquellos ojos de lince escudriñándole el trasero, con el ombligo ausente y los deseos arrebolados gastándose como el jabón, talló con descuido y sin fuerzas, con la prisa de la cortesana por el anuncio de la mañana, con el hambre del jornalero y la sed del pecador… talló sin que le sangraran los dedos, sin que los senos se le despertaran, sin que el pubis se le hinchara.

Cuando hubo juntado los lienzos tallados, apenas si con un blanco de a mentiras, Perpleja caminó hacia el traspatio, donde entre los maizales, había de poner al sol a terminar de blanquear lo que sus fuerzas le habían negado…
Apenas si alcanzó a ponerse de puntas para alcanzar el alambre, cuando sintió atravesarle la espalda la voz de un Dios sin honra.

Se le acercó tanto, que aquellos senos que se desbordaban libertinos se redujeron a un solo montoncillo de carne arrugada, le habló tan cerca, que su ombligo se escondió atrás de sus rodillas, la turbó tanto, que se dejó atrapar por aquellas manos que le dibujaron un cuerpo nuevo y cerró los ojos para buscarse los años.
Con un magistral movimiento la puso de bruces, le alzó el faldón de algodón liso y le tapó la boca con una mano que olía a tabaco de vainilla, mientras le cantaba al oído con voz de Tenor tísico y a capela…

- morena mía, morena mía, ábrete de piernas que yo soy tu jabón…

Perpleja tal cual se quedó, hipnotizada por aquel aroma a tabaco somnífero y encontrando a su ombligo canturreándole con acento infantil.
Cerró un ojo para no ver y dejó abierto el otro para no perderse en el camino, abrió las piernas y se masticó la lengua.
El Tenor tísico siguió cantando…

- Talla, talla, morena mía, tállate las ganas, abre más las piernas, y mueve el cucu mientras te lavas con mi jabón….

Perpleja tomó la punta de su falda y comenzó a tallar con las fuerzas que había guardado, al tiempo que sus senos se desparramaron haciéndose uno, el sexo le despertó contento, su ombligo se sacudió a carcajadas y sus caderas se hacían remolino y huracán.

Mientras Lauro Melquíades, seguía improvisando sus cantos herejes, Perpleja fue entonando un coro celestial sin resoplos…

- Así morena mía, así….deja que mi manantial de agua te refresque las cavernas- cantaba él.

Y ella respondía en los breves silencios con un ronco y rítmico…
- Ah, ah, aaaayyyy, aahh, aaahh, aaaayyyy-…

Se dejó tallar como ella lo hace con los algodones indecentes y se dejó secar tendida al sol con las piernas abiertas y la garganta cansada.

Volvió todos los días a casa de los Núñez, dejándose frotar hasta sangrarse, hasta el último invierno en que su madre respiró y a ella le comenzaron a crecer los senos hasta la garganta, el vientre hacia el corazón y la sentencia de repetir la historia tallando algodones indecentes y ajenos, con la diferencia de que Lauro Melquíades, contribuyó al centavo diario y a tener listo el jabón de carnes dulces para lavarla y tallarla de bruces y cantarle.
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martes, junio 20

Lía...

Tu eres la mujer que más amo en mi vida...
Había dicho él....


Y en esa frase se envolvieron
todos aquellos años de amor clandestino
para volar ...
y quizá..
nunca más retornar...


Cuando Lía se miró a si misma recubierta de añejos deseos y besos postergados comprendió que el amor no tenía mas habitación en su corazón...bajo un manto de añoranzas revueltas reconoció una vida que tras aquel espejo se despabilaba con frenesí y pasión... una vida calladita que vertía entre sábanas alquiladas un mundo conquistado por caricias sobre besos, con nombre y reino propio...

Fue un lunes cualquiera cuando siguiendo un ritual cotidiano se topó con aquella voz que le cambió el mundo, que le abrió un libro en blanco y le prestó la punta de su lengua para escribir en idioma gutural una historia para ser contada....

De sobre todos los hubiera el mas llevado fue el atreverse...el reto constante de batirse en duelo contra las normas sublimes que dictan las buenas costumbres, los principios sin caducar y el pecado implícito en cada mirada, cada roce, cada beso.... cada entrega....

Y no habría sido un tiempo con horario establecido, de no ser por que el día sólo tiene 24 horas, la semana siete días, el mes según su capricho 28, 30 y 31 mañanas con sus noches y el año 365 días, para encontrarse....y también para despedirse....

De no haber sido porque aquella voz tenía un cuerpo, con una boca que besaba con maestría, unos ojos que recitaban poesía, una espalda que parecía un lienzo de Da Vinci, una manos que se hacían cuna, y unas piernas para enroscarse en ellas con temperatura automática, que seguramente el protocolo de las buenas costumbres no habría dado como dardo en la virtuosa vida que Lía estructuraba entre remansos y obligaciones...dignificándose.

Pudo haber sido cualquiera el que rompiera con esa paz añeja y simple, pero no cualquiera el que se colara más allá de lo que el corazón sabio permite en cuestión de afectos, no cualquiera habría podido saltar aquella muralla de compromisos y estigmas.. no cualquiera... tenía que ser él.

Y a él, la vida le sonreía con coqueteo indecente, con aquella libertad que se compra en cada esquina y con aquella sonrisa capaz de sobornar cualquier infracción...

Los besos vinieron solos, por asalto y en trifulca...a veces por instinto, a veces por deseo... a veces por que si.. en cambio las caricias, siempre pedían audiencia, esperaban inquietas que se abriera la puerta del permiso para salir en fuga tras de si como una ráfaga de insultos a la moral... las miradas siempre fueron menos protocolarias, se anunciaban arrogantes para pedir y exigir ser correspondidas, atendidas y comprometidas... y por no saber mentir, esas, las miradas fueron el perdón y la sentencia.

Pero los cuerpos, aquellos castillos con territorios fértiles, se entregaban sin tregua y sin remilgo, se enredaban con insulto y con desdén, se reconocían y desconocían según su antojo y se pertenecían sin decirlo....por pura y simple humanidad. y fueron los mismos cuerpos que se habitaron por deseo, por arrojo de amarse a través de los indebidos, por el hambre de saciarse, por el miedo a los arrepentimientos, por el gusto de probarse, por la consigna del destino, por que se reconocieron y no... y por que una noche se sintieron tan propios y tan suyos, que se bautizaron mutuos para confundirse uno con el otro...

Y fue el tiempo el que arrastró la aventura... un año siguió al otro, de dos en dos, hasta llegar a seis y seis también fueron las despedidas de utilería, seguidos de reconciliaciones furtivas, también seis las ocasiones de olvidos y seis los meses que abundaron las lagrimas, seis otra vez los orgasmos obligados y nuevamente seis los últimos minutos que duró el adiós....seis veces seis.

Y cuando no hubo más tiempo para robarle a los principios perdones, y cuando no hubo mas pretexto que las ganas, y cuando no hubo más amor que vestir de estreno, se vino encima de ambos cuerpos el mar de reclamos y antojos agrios, los besos ausentes y las caricias torpes, las miradas aprendidas de mentiras, los encuentros obligados sin lengua ni pincel...y los 365 días multiplicados por nuevamente seis, cayeron de un solo golpe sobre ellos...sin matarlos, pero si dejándolos mal heridos...

Nuevamente el hubiera se recostó sobre ellos, nuevamente el atreverse lo único que cuenta, nuevamente un Lunes el que los sentencia... para un Adiós...

Y se dieron vuelta dejando atrás la última página en blanco de aquel libro que anunciaba un réquiem...y tras de ellos... un hubiera temblando.... y un Te amo, agonizando.



Te amo hasta que se acaben los Lunes...
Había dicho ella.
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