domingo, agosto 30

Romualda...


Después de besarlo con la convicción más tierna, después de amarle con la pasión más renovada,
después de dibujarle un te quiero en la frente, después de tanto y tanto darse, Romualda se convenció que ese hombre no podía ser más que el mismo ángel con ojos de mentira y álma de villano.
Entonces, durante todo el trayecto de regreso a sus años, lloró con la sensación más lugubre y amarga, dibujó en el cielo un sinfin de reproches al mismo tiempo que un día le prestó un lienzo para jugar a creer en el amor.
Caminó despacio por un muelle que no le pertenecía, miró las olas de un mar que también lloraba sus desamores, contempló a la gente que iba y venía con sus corazones machacados y se volvió de aire. Se dejó llevar por el viento que le sacudía la despedida y en un breve soplo de aire salino se secó completa....
Hoy Romualda le llora al amor muerto...
ella misma lo ha matado.
cieloazzul.
Todos los Derechos Reservados
Copyright ©All rights reserverd

domingo, agosto 2

Lucrecia...

Para Tí amiga mía, T...
de letras y vida,
de cariños y batallas,
de siempre!
con toda mi admiración.
Cuando Lucrecia pudo descansar los ojos llenos de sueño sobre la almohada se sintió desvalida y abandonada.
Amar con los años encima no era precisamente lo más coloquial al cumplir los cincuenticinco, menos amar a un hombre que sin mucha perspicacia podría parecer cualquiera de sus hijos o en tal de las suertes, el nieto primero.
Por toda su vida de mujer común, se imaginó tener que sufrir por todo, menos por un amor que le rechinaba en sus dolencias y a la misma vez, le resucitaba lo más muerto de su cuerpo impávido.
Lo había conocido una tarde de quehaceres de dama abnegada, de esas tardes que sin mucho reclamo se le gana al tiempo entre los anaqueles de los cereales, los pasillos de los utensilios de cocina, entre los enfriadores de verduras y el mostrador de la carne.
De esas tardes en que por alguna razón biológica, los cabellos se rebelan a estar en su sitio, y una arruga nueva ha decidido hacerla de protagónico, de esas tardes que en los pies duelen los años y en el corazón el ayer.
Lucrecia había olvidado el arte de mirar de lado, el preciso instante de morderse un labio y sobre todo, el perfecto vaivén de las caderas que parecen decir entre su ulular, “ven, ven ven…”
A él la vida se le estrenaba imperiosa, debajo de sus jeans despintados y su camisa con rayones grises se adivinaba un cuerpo desierto, lleno de caricias ocasionales, uno que otro gemido de héroe y dos que tres rasguños sin importancia.
Que importa lo que a ambos les separaban los años y la experiencia vivida, dentro de un instante cualquiera, al universo se le ocurre una broma y el que la pille, la toma.
Para Lucrecia regresar al instante de aquella tarde, le servía para querer callar las tantas preguntas que se le amontonaban debajo de su camisón de mujer, ¿cuanto vale un segundo en la vida que sigue después de creerse viva?
Después de haberse tropezado en el pasillo de los lácteos, Lucrecia sintió una serpiente resbalarle por la espalda, cascabeleándole en la nuca haciéndola temblar al grado de soltar el queso bajo en grasas que sostenía en las manos, para verle rodar hasta los pies de plomo que le movieron el mundo y le cambiaron la vida.
Y él, con la agilidad de un lince, levantó y puso en sus manos con la más gorda de las sonrisas.
- Mil perdones, muchas gracias- Dijo ella con la voz de los años revueltos.
Y él con la voz de un guerrero en plena victoria, respondió con un cumplido.
- Para servirle My Darling, un placer-
Lucrecia no pudo más que soltar una media sonrisa de agrado y una mirada encendida del puro gusto de saber que aún quedaban hombres, no mayores, con exquisitas maneras.
Lo que sucedió después, no habría tenido importancia, de no ser porque al estar cubriendo la cuenta del supermercado, a Lucrecia en otro capricho del destino, se le cayó al suelo el monedero y una lluvia de monedas saltó por todo lo ancho y largo del pasillo, todas de un solo golpe rodaron en sentidos contrarios haciendo girar la vista de los presentes hasta cubrirla entera de miradas compasivas y una nube roja que la cubrió de los pies a la cabeza de vergüenza.
Nuevamente él, con la rapidez de un mago, se apresuró a juntar las monedas y ponerlas sobre la mano de Lucrecia que sonreía agradecida, como quien vuelve a encontrarse con un amigo de toda la vida.
-My Darling, otra vez un placer- Dijo él antes de que ella pudiera agradecer la gentileza, y ella en un arranque de maternidad genética, le estrecho en un abrazo y un beso con sabor a ternura, al tiempo que le susurraba muy cerca,
-Gracias, nuevamente gracias, no se que me pasa hoy que todo se me cae de las manos, la edad me está volviendo torpe-
-Yo diría que la edad la está volviendo más bella, supongo, lo digo porque lo que se ve, no se juzga- Dijo el respondiendo con un mohín que parecía sonrisa.
- Nuevamente gracias Joven, ha sido muy gentil- Dijo Lucrecia queriendo regresar el tiempo para recordar la más elemental de las seducciones.
-Mauricio Romero, a sus pies- Dijo aquel muchachito de cabello espeso y cuerpo de desierto.
-Lucrecia Belenguer, un placer- Y diciendo aquello, se volvió para arrastrar el carrito de sus prisas y caminar directo a su destino.
Pasó una semana en que Lucrecia no volvió al supermercado, una semana en la que entre quehacer y descanso, aparecía el rostro de aquel muchacho de ojos profundos y voz de guerrero para recorrerle por la espalda la misma serpiente cascabeleando hasta hacerla trastabillar.
El siguiente Lunes de obligados cumplidos, Lucrecia pasó sin hora fija a comprar lo necesario para la semana siguiente, y fue alzar los ojos en los lácteos que volvió a encontrarse con aquellos ojos profundos saltando de una marca de yogurt a otra como canturreándole a la suerte.
Por otra curiosa razón, Lucrecia parecía haber hecho un convenio con las trampas biológicas, y ese día, ni el cansancio en los pies ni el cabello rebelde se habían acordado de mostrarse, así que con la soltura de los ayeres lejanísimos se acercó y saludó con apenas un hilo de voz.
-Que suerte volverte a ver- Dijo con una timidez tan alegre, que seducía
-My Darling! -Soltó él con la frescura de un prado – suerte la mía que pensé que jamás volvería a verla-
-Oh! Que amable, tanto halago a mi edad, trastorna- Dijo ella con el pecho erguido y las curvas de su silueta ululando.
- Bendita edad la suya My Darling, que hace a las mujeres Diosas para amarlas y mujeres para bendecirlas- espetó no sólo con la voz, sino con ambas manos como dibujando letras.
- Oh Por Dios!, que exquisita juventud la tuya que te mantiene la mente fresca y la inspiración latiendo- Dijo Lucrecia queriendo patear los protocolos para soltarle una carcajada de vanidad austera.
- Y usted, vive por aquí cerca? O es que el destino me quiere poner un ángel con ojos de hada para que los lunes se me hagan más simpáticos y el yogurt sin fruta me sepa más dulce.- dijo él con la más efectiva de las sonrisas.
- Que va!, vivo al oeste, pero es aquí donde encuentro el queso sin grasa y la carne más fresca para cubrir los gustos y exigencia de los de casa. -Dijo ella sin apenas querer contar que tenía tres hijos casi de su misma edad y un marido que apenas le miraba de vez en cuando.
- Pues yo vivo justo al cruzar la calle, ahí, donde se ve la puerta abierta y mi fiel perro me espera sin perderme de vista- Dijo él, señalando en dirección exacta.
- Ya veo!, eso significa que es probable que cada lunes que venga a comprar lo propio tenga la suerte de encontrarte y saludarte- dijo Lucrecia apretándose el estómago con el borde del carrito del super.
-Pues es más probable que me encuentres, si un día, aunque no sea lunes, tocas a mi puerta- Dijo él con la familiaridad de los amigos de toda la vida.

Y Lucrecia tocó un día a esa puerta, no era lunes, tampoco era día festivo, era un día de esos, en que nuevamente el capricho biológico se vuelve un demonio interno, y se confabula con los pensamientos y entre ambos se encargan de atormentar las dudas, de barrer pretextos, de ahogar preguntas y bautizar las culpas, fue un día, en que la carne duele de tanto olvido, que los ojos arden de tanto no querer mirar, que las manos tiemblan por la ausencia de donde aferrarse y el corazón se convulsiona porque quiere seguir latiendo.

Fue un día tan especial, en que Lucrecia cerró los ojos para no sentir pena por su vientre olvidado, por las pecas en sus brazos, por la gravedad altanera de sus pechos y la aún redondez de su trasero, pero sobre todo, un día en que tuvo que cerrar los ojos, por creer que había olvidado como abandonar el cuerpo, flexionar las piernas, hacer la espalda un arco y gemir como si los años, apenas significaran haber vivido cincuenta años para comenzar de nuevo al lado de quien con la juventud entre las piernas, le restaba entre gemidos, los arrepentimientos.
cieloazzul.
Todos los Derechos Reservados
Copyright ©All rights reserverd.